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Invierno islámico.

(Este artículo se publica el viernes 21 en todos los periódicos del grupo Promecal.)

Los occidentales fuimos por lo general no sé si optimistas o ingenuos, cuando saludamos alborozados los disturbios que se produjeron contra las viejas dictaduras de Egipto y del Magreb como “la primavera árabe”. No quiero decir, obviamente, que la gente no tuviera razón al alzarse contra dictadores que usurpaban el poder (como Gadhafi, un megalómano) desde hacía más de 40 años. Eran (como tantas) dictaduras crueles e inicuas.  Pero, ¿pensamos qué era lo que vendría después? Y lo que digo vale también para la hoy atormentada Siria.

Aquellas perversas dictaduras eran malos recuerdos de la colonización occidental, y aunque a veces no lo aparentaran, los dictadores aquellos querían vivir ( y vivían) como poderosos y ricos magnates occidentales. Pero la gente que los echó, con justicia, sabe poco –salvo una minoría ilustrada- de las verdaderas democracias occidentales. Y además quieren lo suyo, sus raíces, que identifican –contra Occidente- con el Islam. Pero esa religión (que ha pasado etapas muy diferentes) ahora vive en la Edad Media en que su evolución ideológica se quedó, y acosada por extremistas “moderados”, los “Hermanos musulmanes” y por extremistas reales, como los salafistas, los grupos cercanos a Al-Quaeda y todos cuantos desean que se aplique en el Estado la Sharía, una ley coránica medieval, que para Occidente no puede ser tenida hoy sino como bárbara. Es decir “la primavera árabe” se ha marchitado. Los “Hermanos musulmanes” gobiernan en todas partes, bajo la atenta mirada de los salafistas, y buscan leyes y constituciones coránicas. Adiós a toda libertad individual, y pena de muerte para quienes creen que Estado y religión deben andar caminos distintos. Tras el optimismo inagural, hoy Siria se debate en una cruenta guerra civil, Egipto tiene manifestaciones diarias a favor y en contra del presidente Morsi, musulmán practicante desde la jefatura del Estado. Túnez no anda mejor. Libia no ha salido del desorden, Argelia permanece en el viejo sistema (¿hasta cuándo?) y Marruecos, aparentemente el mejor parado, tiene la corriente por dentro que hoy aún frena la figura de su rey, pero tampoco parece perdurable… Más males: países que vivían mayoritariamente del turismo (como Egipto o Túnez) deben, al perderlo, estar inmersos en fortísimas crísis económicas. Lugares inseguros, turbulentos, a un paso de implantar leyes arcaicas, feroces y retrógradas, me dan mucha pena sus gentes. Derrocaron una fea dictadura política para instaurar, como sin querer, peores dictaduras religiosas. Como dije: la primavera árabe se ha convertido en un crudo invierno islámico.


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