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Heliogábalo, el adolescente coronado.

(Este texto se publica en el número de octubre de la revista La aventura de la Historia).

Los historiadores antiguos lo suelen llamar Antonino Heliogábalo o por su nombre real Vario Avito Bassiano o por su nombre oficial como emperador de Roma –como figura en la numismática- Marco Aurelio Antonino Augusto. Pero lo cierto es que este emperador adolescente (fue asesinado con18 años) ha pasado turbiamente a la posteridad con el nombre del dios solar al que adoraba y del que fue sumo sacerdote en su natal Siria: Heliogábalo en griego y Elagábalo o El- Gabal en siríaco…

Todas las historias sobre Heliogábalo empiezan con tintes calamitosos: muchacho loco, degenerado, pervertido, que pudo igualar o superar a césares como Calígula o Nerón.  Es famosa la frase de Gibbon: “se abandonó a los más groseros placeres con furia incontenida”. Para agregar después: “y deshonró los principales cargos del Imperio distribuyéndolos entre sus numerosos amantes, uno de los cuales fue investido públicamente con el título y autoridad de emperador o, como más adecuadamente lo denominó él mismo, esposo de la emperatriz”.  Digamos que no es mal comienzo  y que (como ya avisé) se parece a las fuentes antiguas, que son Herodiano, Dión Casio y Aelio Lampridio, uno de los autores de “Historia Augusta”, semblanzas de emperadores anteriores a Constantino y en buena medida (en el caso de Heliogábalo es evidente) destinadas a que las leyera el primer emperador cristiano, aunque no se suele decir que Constantino se convirtió ya mayor. ¿Puede, pues, estar exagerada la historia de Heliogábalo? Casi con toda seguridad lo está           –como probablemente la del propio Nerón- pero la evidente exageración de todo no puede llevarnos a su casi entera negacióncomo pretende el libro reciente de un norteamericano de origen español, Leonardo de Arrizabalaga y Prado en su libro “The Emperor Elagabalus. Fact  or Fiction?” , editado por la Universidad de Cambridge  en 2010.

Naturalmente (como muchos otros reinados de emperadores de Roma) el de Heliogábalo estuvo plagado de intrigas y conjuras palaciegas, muchas gestadas o dirigidas por parientes próximos, por lo que quien desacreditaba al emperador sabía lo que hacía, pero no es creíble que empezara de cero. De hecho el jovencísimo Vario Avito accedió al trono imperial por una de esas conjuras, diseñada por mujeres de su familia (de la dinastía Severa) especialmente su abuela Julia Mesa, hermana de Julia Domna, cuñada de Septimio Severo. Fue Julia Mesa –mujer trascendental en el reinado de su nieto, y por ello admitida contra toda ley en el Senado- la que preparó que, a la muerte del acosado Macrino, su nieto fuera emperador. Y lo consiguió.

Vario Avito Bassiano, hijo de Julia Soemia (o Symiamira) y emparentado con la familia imperial, nació en Emesa –Siria- el año 203 de la era cristiana. Allí había una particular advocación del dios Sol  -a veces confundible con Júpiter- en la forma de una gran piedra negra troncocónica, un meteorito probablemente, que emblematizaba al dios Sol o Heliogábalo. El niño Vario –apenas iniciada la adolescencia- era ya el sumo sacerdote de esta deidad, para él prácticamente única. En junio del 218 (muy poco después de la derrota de Macrino) Vario fue proclamado emperador. Tenía 14 años.  Teniendo esto en cuenta, es fácil deducir sin grandes luces, que Heliogábalo (nombre que sólo usó la posteridad, en vida del césar ese era el nombre de su dios) fue fácilmente gobernado y manejado, especialmente por su madre y aún más por su abuela. Ellas actuaban pero él era el Augusto, y de alguna manera, su reinado es el juego omnipotente de un muchacho en plena pubertad y plena efervescencia de sus deseos, que se supo libre para llevarlos a la práctica. De alguna manera Marco Aurelio Antonino Augusto no gobernó ( otros lo hicieron por él) limitándose sólo a poner en práctica sus  caprichos o ansias –según la mayoría de los historiadores- “sus depravaciones” y dedicándose a dar relevancia a ese dios sirio en quien creía. Por supuesto, la gran piedranegra de Emesa fue trasladada a Roma donde hizo una entrada triunfal bajo la atenta mirada del muchacho-emperador.  Lo que primero alarmó a los romanos, a los équites y a los senadores, fue  que hizo admitir en el Senado (contra toda costumbre) a su madre y a su abuela y que después, acaso a causa de las protestas, creara un Senado paralelo enteramente mujeril.  Además hizo edificar con urgencia en el monte Palatino (junto al palacio imperial) un templo a Heliogábalo, pensando trasladar allí –diríamos que como acompañantes de su dios- a Cibeles y aVesta, dos de las grandes deidades para los romanos.  Allí estaría también el “Paladion” de Palas Atenea o Minerva y allí se celebrarían, siempre bajo la tutela del dios solar (que lo abarcaba todo) los cultos de cualesquiera otras religiones. Júpiter –en tanto no identificado con Heliogábalo- quedaba postergado.  Ya digo que estas cosas sólo podían irritar y amedrentar a las clases altas de Roma. Pero todo ello se vio notablemente aumentado por lo que se decía o sabía de su vida personal, campo evidentemente más propicio a las exageraciones. En realidad su reinado (siguiendo a Lampridio, por ejemplo) no sería sino un asombrado u horrorizado  recorrido por ellas. El emperador –no olvidemos, 15 años- pasaba el invierno en Nicomedia y allí (dice Lampridio) “se dedicó a realizar toda clase de porquerías, hasta el coito homosexual con varones actuando él de súcubo.”  (Uso la traducción pulcra, pero acaso algo anticuada, de Balbino García, en el tomo “Biógrafos y panegiristas latinos”,  Aguilar, Madrid, 1969). Según Lampridio –aunque todavía era algo pronto- este comportamiento del césar es el que comenzó a predisponer a los soldados en su contra y a favor de su primo Alejandro Severo. Pero, como digo, aún quedaba mucho. Aunque el libro de Antonin Artaud , “Heliogábalo o el anarquista coronado” –concluido, sin terminar, hacia 1948- da algunas ideas sugestivas, como la del propio título, el conjunto es demasiado fragmental o amorfo y, muy difícilmente, podría ser usado por la Historia. Si nos vamos al Heliogábalo que exaltó, como uno de los príncipes de la decadencia, el “fin de siècle” europeo, desde Rubén Darío a Stefan George, pasando por pintores como Alma-Tadema o Simeon Solomon, lo que nos encontrados es con la imagen ya hecha, construida, se pudiera decir que lexicalizada, del muchacho emperador y decadente máximo, por lo que sólo nos queda volver a las fuentes antiguas aunque las sepamos (con harta seguridad) más bien contrarias al muy joven  Vario o Bassiano. Pero –insisto- ¿habrían los historiadores construido una historia lujuriosa y falta de escrúpulos, si el césar Aurelio Antonino hubiese sido tan solo un pío y reservado sacerdote?

Sigue Lampridio: “En Roma, su única ocupación era enviar emisarios que indagasen y localizaran a los bien dotados sexualmente, y se los trajesen al palacio, donde él pudiera disfrutar de sus condiciones.” (…) “Además, en su casa, representaba la fábula de Paris, tomando él el papel de Venus, de pronto sus vestidos caían a sus pies y él permanecía desnudo y arrodillado, con una mano en el pecho y otra en sus partes de modo que la turgencia de sus nalgas quedara hacia atrás delante del íncubo.” Según esto podríamos hacernos la imagen de un joven homosexual enloquecido por el deseo ( y es algo de lo que se nos quiere decir) pero hay bastante más, pues el muchacho se casó cinco veces, cuatro con mujeres (pero una de ellas era una vestal, Aquilia Severa, lo que era un grave pecado en Roma) y otra  con un joven  llamado Zótico, con quien llevó “vida marital”.  Aquí suele haber una discrepancia entre los historiadores, pues aunque todos admiten que, entre multitud de amores masculinos, tuvo dos preferidos uno de los cuales fue su “esposo”, unos atribuyen ese honor a Zótico –Lampridio, por ejemplo- mientras que la mayoría lo hacen recaer en otro mozo (uno no anula al otro) llamado Hierocles.  Pero vamos más lejos: el emperador muchacho –imaginemos que tiene 16 años- se prostituye desnudo a la puerta de su habitación de palacio, cualquier funcionario que pase por allí ylo deseé –y lo pague- puede hacerlo suyo. Tan amante era del lujo y las voluptuosidades que se dice que fue el primer emperador que usó vestidos enteramente confeccionados en seda, entonces hilo muy exquisito venido pocas veces de China, y que solía usarse mezclado con otros. Desde luego no fue el primer emperador  que vendió honores y dignidades, pero sí uno de los primeros en poner en tales cargos a esclavos o aurigas bien parecidos o bien dotados.  Agrega aquí el historiador de la “Historia Augusta” : “Tanto amó a Hierocles, por ejemplo” –da a entender que era un auriga- “que le llegó a besar sus órganos en el estadio, afirmando que celebraba las fiestas de Flora, cosa que resultaba desvergonzada.” ¿Haría falta más para hacernos una imagen de este adolescente, se decía que bien parecido y depravado por el uso genital del poder, más que por el poder mismo? Lo tenemos. Dión Casio asegura que “ofreció también sacrificios humanos a Heliogábalo”      –en Roma sólo se sacrificaban animales, incluso toros, jamás personas-  “eligiendo para ello niños hermosos y nobles que tuviesen padre y madre, supongo que para que el dolor fuese mayor en los progenitores.” Hacía que leones y leopardos, a los que había hecho arrancar uñas y dientes, se pasearan entre sus comensales, para asustarlos gratuitamente. Por supuesto hizo matar  (aunque aquí sí podrían tener mano la madre o la abuela) a cuantos, poco a poco, trataban de acercarse a Alejandro Severo con la intención de acabar con Vario.  “Comía siempre  el pescado en guisos con color verdemar, como si estuvieran cocinados con la misma agua del mar.”  “Nunca usó dos veces el mismo calzado ni llevó dos vecesel mismo anillo.” ¿No parece todo este catálogo de vicios y extravagancias de esteta, pensando para un Des Esseintes, el héroe de la novela “A Rebours” de J. K. Huysmans? Otro detalle aún: “Puso en el cargo de prefecto del pretorio a un danzarín  hermoso que había actuando en comedias en Roma y en el de prefecto de la guardia de bomberos al auriga Cordio”.  Conste que se puede seguir con los detalles lúbricos y disparatados, pero poco se puede decir de su gobierno, que evidentemente estaba en otras manos.

Cuando los senadores y el pueblo se cansaron de todo esto, lograron que los pretorianos proclamaran César a Alejandro Severo, quedando Heliogábalo como Augusto, pero este (a quien se le intentaba prohibir su antigua vida)  asesorado por su madre y abuela, urdió el asesinato de Alejandro, su primo, pero fracasó.  Alertados los pretorianos, acabaron con los conjurados contra  Alejandro y luego mataron al propio Heliogábalo que –se dice- se había refugiado en una letrina.  Quisieron arrojar su cadáver por una cloaca, perocomo no cabía, “se le lastró  y fue arrojado al Tiber desde el puente Emilio” (Lampridio).  “Heliogábalo fue el último de los Antoninos”. (En realidad fue el último de los Severos, Lampridio tiene un lapsus por el nombre oficial del césar). Era el 11 de marzo del 222 de esta era. El muy joven y excéntrico emperador  tenía apenas 18 años.  Creo  -otra vez- que ese punto no debe olvidarse.  Fue un reinado de grandes intrigas femeninas, en el que se dio fin a las imponentes termas de Caracalla y donde creció (pese a todo) el culto al “Deus Sol Invictus” que llegaría a tener tanta importancia.  Alejandro Severo fue el siguiente emperador. Y sólo nos resta volver a preguntar: ¿Fueverdad todo lo que se dice de Heliógabalo? Sin duda Lampridio, Herodiano y Dión Casio  exageron la degeneración , pero ¿por qué lo hicieron con el jovencito Vario Avito y no con otros?  Puede que surjan novedades que hoy desconocemos y lleguemos a conocer mejor la figura  de Marco Aurelio Antonino Augusto, después Heliogábalo, pero hoy por hoy el césar Heliogábalo sigue siendo un prototipo o cliché de la “decadencia” romana y consiguientemente un icono para los decadentistas. Aunque sin duda se hayan exagerado las tropelías de su joven héroe ambiguo. Sin duda alguna.  


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