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HACIA CÉSAR VALLEJO

El poeta peruano César Vallejo  (1892-1938) pasa no sólo por uno de los grandes poetas de nuestra América en el siglo XX, sino de modo singular por un diestro y hondo poeta de lo inmediato místico, que hizo que gentes tan singulares como nuestro Juan Larrea, se fascinaran por él -lo miró como a una suerte de vidente, de profeta- y en la Universidad de Córdoba, en Argentina, le dedicará los no pocos e irregulares cronológicamente números de la revista «Aula Vallejo». Medio indio medio criollo, Vallejo fue pronto a Lima, desde su pueblo Santiago de Chuco, donde produjo ya dos grandes libros: «Los heraldos negros» (1918), aún con algo de modernismo, pero ya Vallejo de cuerpo entero en poemas como «Espergesia»  («Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo…») y singularmente «Trilce» (1922), que es uno de los grandes libros de la vanguardia en español. Vallejo quería ser un poeta humano y muy humano, cálido, pero se le escapaba un lenguaje propio, con el que hacía -o le hacían- maravillas… Después Vallejo se fue a París -en 1923- donde después del deslumbramiento inicial, halló sobre todo miseria y dificultades, aunque muchos creían en ese hombre taciturno y singular. Viajó a España (pero en Madrid no halló el eco editorial que esperaba) y también a la Unión Soviética, porque su corazón era socialista, pero no tan duro como la aún mal creída dictadura bolchevique… Regresó a París donde escribió -prosa también, un libro sobre Rusia- pero siempre entre muchas dificultades. Aunque halló, casi por azar a la que sería la mujer de su vida y una viuda guardiana, Georgette de Vallejo. En París escribiría los «Poemas en prosa» (1929), los espléndidos «Poemas humanos» (1937, donde está el famoso soneto blanco «Piedra negra sobre piedra blanca», «Me moriré en París con aguacero…») y finalmente -inacabado- su «España, aparta de mi este cáliz» (1938), sobre la tragedia de nuestra guerra civil infausta, que lo desgarró. Por ejemplo el poema «Himno a los voluntarios de la República»…  Vallejo murió en un hospital parisino, en abril de 1938, con altísima fiebre, pero ningún médico le diagnosticó de qué enfermedad. Preguntado un doctor por Georgette, el médico respondió: «Veo que este hombre se muere, pero no sé de qué.»

Poeta de las metáforas y los quiebros del lenguaje, pero siempre en calidez de cercanía, Vallejo se convirtió para muchos en un mito. Picasso lo retrató poco antes de morir. Profeta, vidente o no, Vallejo fue sin duda un poeta excepcional, aunque su fama -no es raro- creció mucho más tras su muerte. Nórdica Libros acaba de publicar (según viene haciendo con otros autores) una muy ilustrada antología de César Vallejo, buena aunque no amplia ni bien estructurada. No importa, probablemente. Estos libros vistosos y de tapa dura -bien editados- quieren, me parece, que un público amplio se acerque a los poetas. No es pues una antología para quienes ya conocen o algo saben del singular peruano, es una antología -vistosa por los dibujos de Sara Morante- para quienes apenas sepan nada de Vallejo. Si la apuesta antológica sale bien, el lector sólo puede querer conocer mejor y con más orden y estructura al siempre singular, vidente o mago del verbo, César Vallejo: «Es para eso , que morimos tanto?/ ¿Para sólo morir,/ tenemos que morir a cada instante?»  (Poemas humanos) Siempre merece la pena.  


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