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GATOS: “ESMERALDICA”

“Esmeraldica” era el nombre, algo esteticista (como conviene) de mi gata siamesa, que tuve casi dieciocho años. Desde niño he adorado a los gatos. Adoro a los gatos. Y tengo miedo a los perros, acaso injustamente, porque cuando yo tenía dos añitos, en un jardín cercano al chalet de mis abuelos maternos, se me tiró un tremendo y muy hosco pastor alemán, que los dueños tenían sin atar… No ocurrió sino rasguños y un susto tan enorme, que un psiquiatra me dijo años después, que aquello me había producido un tremendo trauma. No se me ha olvidado. Mi amigo Fernando Delgado, que ama los perros, sabe de lo que hablo, porque lo vio en su casa valenciana de Faura. La gata “Esmeráldica” murió con una dulce eutanasia, que presencié emocionado. Dedico ahora este poema de gatos a mi amiga Amelina Correa, que los quiere mucho, como yo. Sí, gateros, gatos. ¡Benditos sean los gatos! (Está en “Proyecto para excavar una villa romana en el páramo” (Visor, 2012)

ESMERALDICA

Era viejecita, pero hermosa.

Un gato es muy viejo a los casi dieciocho años.

Centenaria.

Mantenía con todo la belleza de los ojos,

el aire superior y liviano de un ser de lujo.

Pero el dolor no le dejaba,

le hacía cuesta arriba la vida.

¿La inyección final?

Quise estar a su lado.

Que en la clínica, tumbada,

viera lo de siempre: Alguien familiar.

Tomé su patita mientras le inyectaban.

Lentamente (dijo la veterinaria) quedará dormida.

Acaricié las oscuras almohadillas silenciosas.

Noté sus uñas, tan poderosas, retraídas.

Y ví, con misericordia y caridad infinitas,

cómo  sus ojos azules me miraban calmos

y se iban alejando lentamente

hasta cerrarse con suavidad…

Un ser maravilloso como la mejor vida.

Hermes,

dame el mismo final a mí, te ruego.

Sea cuando sea, cuando no pueda más.

Cuando más no deba.

 


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