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FRANCIA, FRENTE NACIONAL

Este artículo se ha publicado en El Norte de Castilla.

Hay todavía mucha gente que identifica Francia, sin más, con el país de todas las libertades y todas las acogidas. Hay o hubo mucho de verdad en ello, porque Francia vivió del prestigio de su Revolución de 1789  (no exenta a la postre de errores, pero tan trascendental) y porque aún hace suyo aquel admirable lema de “Egalité, Liberté, Fraternité” que todos hemos soñado o sentido alguna vez… “Libertad, Igualdad,Fraternidad”. Lo curioso es que si mañana en Francia ganara las presidenciales la extrema derecha de los Le Pen (el tosco Jean-Marie, tan similar a Trump, o la más suave pero no menos terrible Marine) Francia seguiría cantando La Marsellesa –un himno plenamente revolucionario- seguiría usando la bandera tricolor, que instauró aquella Revolución y seguiría ostentando como lema patrio: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Cierto que por algún rincón asomaría Juana de Arco, “la doncella de Orlèans”, pero sería otro signo más de la nación, que nunca derrocaría a los posteriores…  ¿Quiere esto decir algo?  Temo que, desgraciadamente, sí.  Que hasta los signos que parecen más indelebles se desgastan también. Y que si ni la cruz de Cristo significa lo que significó, y la estrella roja de los bolcheviques  está muy manchada –demasiado- , los lemas sacros de la Revolución Francesa    (la mejor) bien pueden quedar asimilados a una extrema derecha que los juzgue, no más, un girón eterno de la patria… No es motivo escaso de reflexión.

Sí, Francia era (a principios del siglo XX, digamos) uno de los países más libres de Europa y donde hallaban acogida todos los exilados –aunque se portara mal, de inicio, con los republicanos españoles- pero todo eso se ha ido diluyendo, sin estrépito pero eficazmente. Desde los grandes éxitos del general De Gaulle, nuestro vecino país ha sido más gobernado por la derecha o por el centro-derecha que por la izquierda, si izquierda se puede llamar a alguien tan poco brillante pero tan moderado como François Hollande.  La mayoría ignora –fuera de Francia- que desde el famoso “caso Dreyfus” a comienzos del siglo XX, que prácticamente rompió a la nación en dos, la extrema derecha ha tenido mucho poder en Francia, real e intelectual. Pensemos en Barrès, en Maurras o en gente como Drieu la Rochelle o Céline, por no hablar de frívolos e inteligentes derechistas como Jean Cocteau o serios escritores de espléndida pluma como Montherlant… No, la derecha –incluso extrema- no es en absoluto desconocida en Francia, aunque todo hay que decirlo, hasta hoy ostentaba colores más suaves que en España. Muchas veces al borde del triunfo, al fin, la extrema derecha no ganaba. Por vergüenza o por miedo. Caso aparte fue la Francia nacional-católica de Vichy, casi calcada de la España de Franco. Pero hoy Francia padece (como los demás) el derrumbe europeo de la cultura liberal y humanista, y todo puede pasar. ¿Marie Le Pen, presidenta de la República? No es imposible, dados los errores y corruptelas de la derecha tradicional.  ¿Y entonces? Todo y nada. Francia sería Francia, menos libre, menos amable y mucho menos solidaria y acogedora. Pero el problema mestizo e islámico perduraría, pues aunque se controlara la emigración y hasta se expulsara a muchos sin papeles, Francia está llena de chicos de origen magrebí (los “beurs”, despectivamente) que llenan barriadas marginales, pero que a todos los efectos son tan franceses como la Tour Eiffel misma…


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