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FERNANDO SAVATER, EN LA DESOLACIÓN

Conozco a Savater (San Sebastián, 1947) desde hace muchos años. Fuimos al mismo colegio en Madrid -y hemos hablado de ello- pero entonces la edad separaba más. La amistad verdadera nació a fines de los pasados años 70, cuando el era todavía pareja (se había separado de su primera mujer) de Lourdes Ortiz, la novelista. Fuimos y somos muy amigos pero entonces nos veíamos más que ahora. Desde principios de los 80 sabíamos, los cercanos, que Savater tenía -no sé si llamarlo un flirt- con una alumna de San Sebastián, llamada Sara. Una mujer inteligente, fuerte, decidida, con convicciones. Había sido en su primera juventud, muy brevemente, proetarra, pero enseguida se percató del error y Sara, que era la libertad misma (y que hablaba euskera) se volvió totalmente antinacionalista. Como Savater. Cuando Fernando   -lentamente- terminó su relación anterior y unos superficiales devaneos gays, fruto del puro desamor anterior, y en los que me pidió inicialmente que le hiciera de cicerone, fue entonces, rotas las antiguas amarras, cuando Savater se entregó a Sara plenamente y ella a él. Relación no sin tormentas pero siempre plena de cariño, de guiños cómplices, de unión absoluta; Sara fue -bastantes años- el gran amor de la vida de Savater. Hasta que le descubren un tumor cerebral grave -y ella es valiente- pero por más que intentan atajarlo no pueden. Una foto del inicio de la enfermedad, la muestra a ella sonriente y a él, que le pasa el brazo por el hombro, ya con una evidente sonrisilla forzada y mucha tristeza. Sara muere a principios de 2015. Y Savater cae en la desolación absoluta. Promete no escribir, porque ha perdido la alegría, que es estímulo y vida, y no lo hace salvo algún breve texto de lucha política. Ahora en Ariel, ha sacado Savater un nuevo libro, «La peor parte. Memorias de amor», donde narra todo lo que vengo de bosquejar. Insiste en que no volverá a escribir, porque ya no siente estímulo, pero que este libro -cuatro años ha tardado en hacerlo, para su ritmo anterior, mucho- se lo debía a Sara, pues si él no contaba lo que fue ese inmenso amor, nadie más podría hacerlo. Es posible -como afirma el dicho- que «los amores reñidos son los amores queridos», pero sobre ello, que existió, Sara tenía genio, queda la enorme cercanía de dos personas que se han compenetrado al máximo, siendo de alguna manera una sólo: Savater y Sara. Eso cuenta este libro singular, sencillo, directo, muchas veces hasta coloquial (Fernando,fuera de la estricta filosofía, propende a ese tono) pero un magnífica y singular y generoso testimonio de amor, de un hombre -72 años hoy- que sigue sintiéndose desolado. Sin alegría de vivir.

Creo (se lo he dicho a él) que de muchas maneras, aunque muy diferentes modos, «La peor parte» ha supuesto para Savater lo que para mí supuso escribir «Mamá». Sara murió apenas mes y medio antes que mi madre. Diría que, libros muy distintos, se complementan. Un enorme testimonio de amor. ¿Se repone uno? En verdad no es nada fácil.


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