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ESPAÑA Y BANDERAS

No, no voy a hablar de las autonomías. Voy a referirme a esas dos (o tres) Españas que chocaron brutalmente en la horrible guerra civil de 1936 -aún no nos hemos curado plenamente de ella- y que el Gobierno del presidente Sánchez y mucha parte de la oposición han recuperado y recuperan casi a diario, equivocándose mucho a mi entender. La Transición postfranquista -menos buena de lo que en su momento pareció- trató de que esas “dos Españas” se acercaran, limaran aristas y hasta se reconciliaran. En algún momento parece que se consiguió, hoy con este Gobierno y esta oposición, la reconciliación queda lejos. Y tienen la culpa los políticos -una vez más- y no los gobernados. La “primera España” se quiere heredera del Imperio y de una tradición de ortodoxia católica, que aunque se ha moderado en muchas cosas, hoy se adscribe (no siempre con razón) a la “derecha”. La “segunda España” se busca heredera de la Constitución de Cádiz de 1812, y del parlamentarismo, la pluralidad  y el laicismo. Se supone -tampoco es siempre verdad- la izquierda. Es una España esta, obviamente más moderna, pero su error -el error de ambas- estuvo y está en la falta de mutua tolerancia, en la falta de convivencia y pactos y en ese terrible decir: O estás conmigo o estás contra mí.  Lo cierto es (abreviando muchísimo) que por el camino del enfrentamiento sólo se va a los bestiales garrotazos, que pintó Goya. La “tercera España” -que de facto no ha existido nunca- es el deseo de muchos españoles, me cuento entre ellos, de una España armónica y concorde, abierta y plural en todos los sentidos… Una España que respete el catolicismo plenamente, pero que no rija su vivir por las normas de la muy arcaica Conferencia Episcopal, por ejemplo. Una España laica, que pueda festejar la Semana Santa, a la que se acude o no. Esa “tercera España” se hace manifiesta en muchos exilados de la guerra civil (de Juan Ramón Jiménez a Cernuda o Rosa Chacel) que detestan el fascismo nacionalcatólico, pero que no desean una República soviética ni la hegemonía de un Partido Comunista, asimismo prohibicionista y dictatorial. En la elegía que Cernuda escribió a la muerte de Lorca (y que se publicó en la republicana “Hora de España”) los censores del Partido quitaron las alusiones explícitas a la homosexualidad de Federico… El tema de la necesaria “tercera España” y de los orígenes y vigencia de las otras dos, permanentemente enfrentadas, me ha hecho escribir un librito que debe salir en septiembre: “Añoranza, necesidad y breve sinopsis de la Tercera España”.

Ahora, quisiera sólo fijarme en un detalle (uno más) que no es secundario: Las dos Españas tuvieron al inicio la misma bandera, pero desde la II República de 1931, han tenido dos, cada una la suya. De algún modo no es difícil que al ver dos banderas se piense en dos países distintos, y ello no es bueno. A mi ver debe haber una única bandera -los mismos colores- aunque cambien, ello sí, los signos y símbolos que figuran en ella. Tal sucede en Italia, por ejemplo. Francia tuvo una vieja bandera monárquica y borbónica (blanca y con muchas flores de lis) que desapareció con la Revolución de 1789. Las banderas en el siglo XVIII aún se vinculaban menos al país, que a la casa que reinaba en él. Por eso Carlos III, para evitar lises diversos, instituyó para los barcos de nuestra Armada, la que es hoy la bandera oficial de España. Pero en Francia desde 1789 nadie ha cambiado la bandera que es igual para la extrema derecha de Le Pen o para los comunistas. En la España áurea de la expansión y del Imperio se mezclaron enseñas más que banderas que iban desde el águila imperial (que reutilizó Franco) hasta la famosa Cruz de San Andrés o Aspa de Borgoña, que aunque de origen borgoñón, se convirtió en la bandera por excelencia de la España imperial, sobre todo en las guerras. Luego (muy erróneamente) se la han querido apropiar carlistas y requetés.

La bandera constitucional española (desde 1812) es la que tenemos hoy, con breves variaciones puntuales en el escudo. Es más, cuando se proclama la efímera Primera República  -febrero de 1873, fines de diciembre de 1874- se tiene el acierto, a mi ver, de no mudar de bandera. Siguió siendo la roja y gualda pero, claro es, sin símbolos monárquicos. La Restauración borbónica volvió a la bandera tradicional, que sólo alteró en símbolos (pero la alteró mucho) el franquismo, y la Segunda República que tuvo el desacierto -no dudo que bien intencionado- de cambiar una de las franjas rojas por otra morada oscura, dicen que proveniente o inspirada en el pendón de los Comuneros. Que en España choquen dos banderas no es bueno, porque (insisto) crea la ficción de dos países, sin embargo sí es bueno y necesario mudar los símbolos que figuren en la bandera. Quede como un apunte reflexivo para mentes conciliadoras y opuestas a los eternos garrotazos de unos españoles contra otros. Una sólo bandera lleve la corona o las torres republicanas. Concordia, talento, moderación, cosas que busca la “Tercera España”. Sin olvidar que (aunque con poca diferencia) fue el Partido Comunista de Carrillo el primero en aceptar la actual bandera constitucional, poco antes que el PSOE de Felipe González. Libertad y pluralidad en todo y para todos.


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