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ENORME GALDÓS

A pocos días del centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós en Madrid (el 4 de enero de 1920) se abre un año galdosiano, que siempre es bueno -y más en la actual preterición política de toda cultura- aunque no sea estrictamente «necesario» porque, de un modo o de otro, Galdós siempre ha estado presente en nuestras letras.  Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, de padres canarios ambos, y el padre militar además, es cierto que a Galdós se le vincula poco con las islas, porque vivió casi toda su vida en Madrid, y en el mundo de las clases medias de la capital y en ciertos barrios (lo que se llama «el Madrid galdosiano») halló no sólo inspiración sino modo y aliento para bastantes de sus mejores novelas. Novelista muy prolífico, de un realismo plural y psicologista, es nuestro gran autor del realismo -un titán del estilo de Balzac- además de un autor de teatro notable y polémico. Quienes lo conocieron, afirman que Galdós fue un hombre tranquilo e incluso tímido, con ideas anticlericales y socialistas, pero siempre en tono moderado. La prueba estaría en que tuvo buena amistad con personajes -como Marcelino Menéndez y Pelayo- del todo opuesto a sus ideas. Menéndez Pelayo fue uno de los que firmó la candidatura de Galdós a la Real Academia, en la que entró en 1897. Fue buen amigo de Leopoldo Alas, «Clarín» y siempre alabado por algún novelista nuevo como Ramón Pérez de Ayala, amén de por otros ilustres, como Emilia Pardo Bazán, con la que tuvo un romance erótico, a juzgar por la correspondencia que mantuvieron al respecto, sin pelos en la lengua. Pero el gigantesco Galdós (que pasaba los veranos en Santander) tuvo muchos enemigos, bien ideológicos o literarios, ya que los más refinados juzgaban que su estilo era demasiado de andar por casa, pese a su buen hacer sencillo, directo y a su mucha hondura en los análisis en muchas ocasiones. Le llamaron «don Benito el garbancero», aludiendo a su supuesta vulgaridad, y lo que es más grave, parece que alguno de esos enemigos poderosos, maniobraron cerca de la Academia Sueca, para que no le dieran el premio Nobel, para el que sonaba con mucha fuerza en 1912.

Cuando yo estudiaba bachillerato, creo que en el año final, era obligatorio leer uno de los «Episodios Nacionales» (46 tomos), el gran monumento de Galdós sobre la convulsa historia de España en el siglo XIX. Diría que leí entonces «Trafalgar», el primero de esos episodios, publicado en 1873. Divididos en cuatro series, Galdós fue publicando esos volúmenes desde 1873 hasta 1907. El tema abarca (con diversos enfoques) desde la Guerra de Independencia hasta el derrocamiento de Isabel II en 1868.  Curiosamente el discurso de Galdós al entrar en la Real Academia se titulaba «La sociedad presente como materia novelable».  Don Benito fue un par de veces diputado a Cortes, siempre con un papel muy discreto, porque él mismo decía -a los amigos que le invitaban a la cosa pública- que «no se sentía político.»

La primera novela de Galdós se editó en 1867, «La Fontana de Oro» y no dejó de escribir hasta el fin de su vida, pues ya tenía serios problemas de visión y además         -hombre gastador y que se endeudó con frecuencia- como a tantos escritores españoles, incluso de esa envergadura, no le faltaron problemas económicos. Galdós fue muy traducido en la Europa de su tiempo, especialmente al inglés. En una visita a París a principios de 1900, en un café, Oscar Wilde, entonces pobre y proscrito, se acercó a saludar al maestro español. Es muy notable el retrato que le hizo Sorolla. Si debiéramos elegir cinco obras notables de Galdós (lo que no es fácil, incluso dejando fuera los «Episodios Nacionales») yo diría «Doña Perfecta» de 1876. «Fortunata y Jacinta» de 1887, «Misericordia» de 1897, la obra de teatro «Electra» (1901), de tumultuoso estreno, y como amena curiosidad sus «Memorias de un desmemoriado» de 1915.  Galdós fue un genio de la novela -aunque haya otras formas de novelar, por supuesto- y sólo un país tan mal gobernado y tan cicatero como el nuestro, pudo poner trabas a ese Galdós inmenso. (En Las Palmas hay un Museo Galdós, en su casa natal, pero que curiosamente guarda las cosas de su última casa madrileña.)


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