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En la muerte de Luis García Berlanga

Conocí a un Luis García Berlanga ya mayor, pero hombre inteligente y cordialísimo. Creo que mis primeros contactos personales con Berlanga vinieron en actos sociales y tenían el fondo de mi buena relación con uno de sus hijos, el tristemente desaparecido Carlitos Berlanga, al que ví y traté muy a menudo en las noches de Madrid de los 80 y 90 pasados. Una de mis conversaciones más cálidas con Luis G. Berlanga ocurrió, tras una llamada suya de teléfono, cuando me agradeció de modo muy entrañable lo que yo escribí a raiz de la muerte de Carlitos. Pero antes, Luis G. Berlanga, en su faceta de conocido erotólogo, formaba parte del jurado que en 1999 otorgó a mi libro “El mal mundo” el premio La Sonrisa Vertical. Cuando me lo entregaron en Barcelona también pasé un buen rato hablando con él. Y así en otras no pocas ocasiones. Pero lo principal no es mi circunstancial trato personal con este maestro del cine, sino que mi infancia estuvo llena de sus películas y que luego he admirado muchas de sus obras, siempre “berlanguianas”, como dice Borau, desde “La vaquilla”, una obra esencial sobre nuestra guerra civil, antes “Grandeur nature”, la película que rodó en Francia contra la censura franquista o la divertida trilogía de “La escopeta nacional”, hasta su final “París-Tombuctú” que terminaba con un plano en el que se leía en una pancarta “Tengo miedo” Gran director en tiempos difíciles para el cine español, Berlanga será muy recordado por su arte y por su estilo. Además los que le conocimos sabemos que fue un hombre entrañable y con un finísimo sentido del humor. Estas líneas son sólo la manifestación del sentimiento de una pérdida, aunque ya llevara años retirado. Pero el final siempre es el final. Aunque quede la obra cuando la Fama (con mayúscula) es de las buenas. Sit tibi terra levis. Como en la antigua Roma: “Que la tierra te sea ligera”.


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