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En la muerte de Lou Reed (1942-2013)

(Este artículo se publica el lunes en El Mundo).

Supongo que supe de Lou Reed hacia fines de 1971. Yo era un adolescente al que le fascinaba la contracultura. Y Lou (travestido, pintado o maquillado) empezaba a ser un icono. Yo en ese momento no sabía que Lou Reed, neoyorquino, y del verdadero subterráneo cultural que aspiraba al “glamour”, acababa de dejar una banda marginal de rock que llegaría a ser muy prestigiosa, la “Velvet Underground”. El nombre aún suena mejor en español: “Terciopelo subterráneo”. Todos eran amigos de Andy Warhol en la “Factory” y de aquellos chicos guapos que rondaban el lugar como Joe D’Alessandro (“little Joe”) bajito y hermoso. Eran parientes lejanos de Bowie –por lo menos entonces- y cercanos a Patti Smith y al jovenMapplethorpe que jugaban muy seriamente a la androginia. Uno no era “homo” ni “hetero” (malditas etiquetas) era todo a la vez, todo lo que viniera junto, para abrir fronteras de la mente, del sexo y de donde fuera. Sí, “sexo, drogas y rock’nd roll”, pero mucho mejor la canción del disco de Lou “Transformer”, de 1972, “Take a walk on the wild side” . Un paseo por el camino peligroso. De eso se trataba. Hacia 1974 yo iba todas las noches a una discoteca ambigua de Madrid (y pequeña, como eran entonces) donde todas las noches pinchaban esa canción, con su punzante estribillo, y uno se ponía internamente firme, con 22 años, porque esa canción era un himno generacional. El himno de los “modernos”, el himno de los que íbamos más lejos que los “progres” y sus atuendos de pana.

Cuando conocí a Eduardo Haro Ibars, el gran moderno, en 1975, en primavera, y surgió una amistad literaria y fervorosa, a mí nada me podía extrañar que hubiera escrito un libro pionero “Gay rock” (también había mucho del “glam”) y que adorara a Lou Reed. “Transformer”, “Berlín”, “Rock and roll Animal” era para nosotros  discos sagrados, porque también te emocionaba “Just a perfect day” (Un día perfecto) que casi puede parecer una dulce balada sentimental. ¿Dónde estaban los límites? ¿Quién hablaba de eso? Chicos, chicas, todo estaba permitido, como Lou con sus uñas pintadas de negro y sus ojos saturados de rímel o khol…

Creo que fue en 1976 (muerto el dictador, claro) cuando Lou Reed, el verdadero, dio el primero de los dos conciertos que por entonces daría en Madrid, en la hoy desaparecida ciudad deportiva del Real, Castellana arriba. Como Eduardito tenía carnet de periodista (su padre era el director de “Triunfo”) y como en verdad quería hacerle una entrevista a Lou, además de tocar al ídolo, él y yo entramos por aquellas bambalinas llenas de telas colgantes que separaban espacio, entre gente muy nerviosa. Queríamos llegar al camerino de Reed y quedar después del concierto a al día siguiente… Extrañamente, abrimos una puerta y nos encontramos a Lou, medio pirado, listo para el concierto, a punto de meterse un chute de heroína  en el brazo. Creo que apenas se dio cuenta de nuestra presencia y a nosotros nos dejó tan tocados –en todos los sentidos- que corrimos al patio a ver la actuación. Nos gustó. Pero muchos decían que Lou estaba demasiado “enganchado” y que se notaba. Al salir del concierto (camino a algún antro) recuerdo la llovizna entre la música de Reed, los caballos de los “grises” y a gente que corría, como el poeta Sarrión, caído en un barrizal…Podrían haberse roto muchos sueños, pero aún no se habían roto. Aún resplandecía la Libertad Futura que mataron Reagan, la Thatcher, el papa polaco y el sida… Pero no, no todavía. Lou Reed y Warhol y Morrissey y D’Alessandro y tantos chaperitos de lujo, habían sido un Nueva York de música, poesía y libertad sexual como nunca volvería a existir. La ciudad de la transgresión (lo que quiso heredar “la movida”), la ciudad del todo se puede, seas chico, chica o travestí.

No mucho después de aquellos conciertos (en algún sentido “terminales”) Lou Reed se eclipsó bastantes años. Decían, oías, que estaba muy mal, muriéndose o, por el contrario –y parece que era verdad- sometido a fuertes tratamientos de desintoxicación, muy caros. Al final –supongo que acabando los 80- volvió como resucitado, tranquilo, poeta del “underground” sí, pero salmodiando más que cantando letras que ya no excitaban. Lou Reed siguió muchos años más (ha muerto con 71) pero para los fieles de antaño, ya no existía. El chico bueno nos gustaba poco. Queríamos al icono de “Take a walk on the wid side” –hermosísima canción, himno de una entera juventud- pero aquello había terminado. Quedaba la cocaína de Capote y Warhol en “Studio 54”, pero eso (que ponía) era otra cosa. Igual hasta el principio de la derrota, sin habernos percatado de que llegaban los federales…   Lou Reed era el travestido, el maquillado, el admirador de toda ambigüedad sexual y de la “extraña fruta” de Billie Holyday, la “Lady Day” de su gran canción. Lou Reed debió morir como pedía la máxima  atribuida a James Dean: “Vive deprisa, muere joven y dejarás un hermoso cadáver.” Sí, eso debió ser. Sus muchos años finales pertenecen a otro. Eduardo Haro murió de sida con 40 años, ha hecho ya veinticinco. Si no, hoy estaría llorando a lágrima viva. Lo hago yo por él, mirando el fanzine que Juan Ángel, su novio, dibujó de la canción- himno, recordando  noches y amaneceres calientes de todo, ufanos, pletóricos, místicos, devotos de aquel Lou Reed (amigo del gran perturbado Demore Schwartz) que no murió en los 80. Gran músico, gran letrista, gran “vedette”, pero sobre todo, imagen de aquella generación nuestra que más que tantas, creyó que el placer no tiene precio y que el puñetero mundo de verdad, cambiaría.  Pero no. Adiós, Lou. Te mando rímel.


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