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EMIGRANTES

(Este artículo se ha publicado en los periódicos del grupo Promecal)

Huyen de Siria, Irak, Afganistán o Somalia. Son gente a quienes la guerra ha destruido hogar, trabajo y vida. Huyen del loco fanatismo religioso del llamado Estado Islámico: matones furibundos de un dios loco. Quizás ellos aún no comprendan porque Occidente se ha tomado tan a la ligera el fanatismo islamista, que destruye monumentos y cultura milenaria, mata a gente brutalmente y destruye vidas, todo en nombre de un primitivo dios “clemente y misericordioso”. Los ves en la televisión  o la prensa a esta pobre gente que busca salvarse en una vida mejor y que dan ya por muerto su país de origen, y sólo puedes sentir, intuir, el desastre que deben vivir en sus almas.  Europa no los trata bien, dice que hay que hacer algo, pero apenas hace. Y el gobierno húngaro de ultraderecha resulta pavoroso. El flujo migratorio más grave desde la 2ª Guerra Mundial. Desarma ver a esas gentes, muertas en playas desconocidas, apretados en trenes que apenas saben dónde van, retenidos en plazas y fronteras… ¡Espantoso! ¿Qué hacer?   Como dijo Mateo Renzi “ya no conmoverse sino moverse”, obvio. Pero hay dos problemas: uno humanitario  de solución inmediata. El otro –la acogida- más difícil.

Por de pronto –solidaridad humana- esta gente debe ser atendida en cualquier país europeo al que llegue y recibir los primeros auxilios, agua, alimento esencial y hasta la posibilidad de lavarse. Eso lo debe hacer cualquier país, incluso la cerrada Gran Bretaña de Cameron. Otra cosa es (pues depende de la economía de cada país, de lo que puede gastarse en acoger refugiados, sin que el remedio sea peor que la enfermedad) y ahí surgen de verdad las dificultades y diferencias. Obviamente Alemania puede acoger a más gente que Portugal, por ejemplo. Por eso todos gritan como victoria y deseo: “Germany, Germany!” Pero suponiendo que cada país europeo acoja de veras al número de refugiados que pueda, ni Alemania ni toda la Unión junta podrán con todos los miles que a diario arriba. Muchos estarán terriblemente condenados a campos de refugiados (como los que hay ya en Turquía, junto a Siria) en una vida de nuevo bajo mínimos y falta de muchas cosas, tristemente mendicante… Aunque Europa fuese muy generosa (no siempre lo es) ciertamente no puede con tantos desahuciados como llegan. Puede lavarles y sanarles las primeras heridas –debe hacerlo- pero el luego, el después, es una pregunta carente de solución para muchos. Demasiados están ya condenados a la pobreza y a la incertidumbre; una minoría rehará su vida en un país muy remoto al suyo, pero eso no importa, el origen se ha desvanecido para la mayoría. Terrible problema del hoy quemante: ¿Qué hacer con tantísimos emigrantes? Atacar de frente al espantoso Estado Islámico acaso sea el principio de una solución duradera.


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