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EL MUSEO SOROLLA

(Artículo publicado en la revista Bonart)

Ahora (como casi todos los museos valiosos de Europa) tiene colas para visitarlo. Curioso fenómeno este de las colas en las pinacotecas cuando la gente es cada vez más inculta, pero ese es otro tema y no poco enjundioso. Hace años el Museo Sorolla –la última casa en Madrid del muy célebre pintor valenciano- tenía muchas menos visitas. Es curioso que en España sea menos fuerte la tradición de hacer un museo de la casa de un pintor notable, como es frecuente en Francia. Soy socio en París de Musée Gustave Moreau –y obras aparte- aseguro que el de Sorolla es mucho mejor. Está esta casa-museo tan cerca de mi propia casa que aunque lo visité mucho de jovencito con mi madre, luego tuvo que llamarme la atención su reforma (hace unos años) para volver. Es un chalet o casi palacete “belle-époque” con un magnífico jardín y columnas en la entrada, tras la escalinata. En uno de sus grandes momentos de éxito, Joaquín Sorolla y Bastida  (1863-1923) se lo encargó al arquitecto Enrique María Repullés en 1910. Un año después la familia vivía ya en esa zona norte y renovada de Madrid, hoy barrio de Chamberí, exactamente Martínez Campos 37.   El jardín se adornó con estatuas romanas y arte andalusí, con una fuente que recuerda el Generalife. Es un buen jardín tupido…

Dentro de la casa (además del gran estudio del pintor y no pocas obras suyas) hay cuadros de Ribera, de Sargent, de Aureliano de Beruete o de Mariano Fortuny. Además esculturas de Rodin, Pedro de Mena o Mariano Benlliure. Ya eso  valdría una visita, pero en las casas, el visitante busca rastros de vida familiar, obras sin terminar, bocetos, esbozos, todo lo que encierra la paleta con tubos de óleo ya secos. Sorolla nació y estudió en Valencia, pero luego fue a Roma y a París antes de instalarse en Madrid de nuevo. Impresionista renovador (como tantos pintores del momento, su amigo Boldini) se le llama “el pintor de la luz” por sus paisajes mediterráneos y el fulgor y transparencia de cuerpos, playas o blancas sombrillas… La luz se palpa y fulgura y por ello se habla de su “luminismo”.  Aunque el Prado guarda algunos de las mejores piezas de esta época (“Niños en el mar” de 1909) en su casa está el hermoso  “Paseo por la playa” del mismo año. El cuarzo translucido de la piel y los blancos vestidos de las damas…

Menos recuerdan que Sorolla empezó como un pintor potente de temática social (ganó el Premio Internacional de París de 1900) con cuadros como “¡Y aún dicen que el pescado es caro!” de 1894. Temas de mar nórdico muy distintos al niño que juega con su barco en un mar calmo (“El balandrito”, 1909). Sus grandes murales  -catorce- para la Hispanic Society of America (1913-1919), aparte de espectaculares, son un canto a la diversidad española. Debo añadir a su rica obra su poder como retratista no ya en encargos, sino en la finura de los escritores que retrató  desde Galdós o Machado a su paisano Blasco Ibáñez. En 1920 estaba retratando a la mujer del novelista Pérez de Ayala, cuando le dio una hemiplejía. Sorolla no volvió a pintar. Murió tres años después en su casa veraniega de Cercedilla, al norte de la provincia de Madrid. Pintor fulgurante en su diversidad, su dominio técnico y  gran sentido de la plástica, tuvo la suerte de que su mujer, Clotilde García del Castillo, donó al Estado en 1925 la casa del pintor para que fuera un museo. Este se inauguró en 1932 y su primer director fue un hijo del pintor, Joaquín Sorolla García.  Museo casi desapercibido un tiempo, en una zona hoy muy céntrica y notable de la ciudad, el Museo Sorolla bien merece la visita si se logra ir en horas de menos afluencia…  (Las visitas masivas y excesivas, pueden llegar a destruirlo. Al fin, fue una casa familiar. Deben limitar el número de visitas. Las colas en los museos, en toda Europa, distan mucho de ser el bien que parecen.)


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