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DIVINOS GATOS SOÑADORES

Los gatos han sido siempre animales con leyenda. Pese al simpático “Gato con botas” que leímos de niños, la Iglesia vieja y la gente común los ha tenido por animales extraños y satánicos también, amigos de hechiceros y brujas. Es bien posible que, por ello, los escritores más peculiares sean gatófilos, mientras que los sanos y campechanos resulten obviamente perrunos. Uno, por ejemplo, se imagina al gato de Baudelaire (dándole al láudano) pero sólo puede imaginarse al bonachón perro de Stevenson… T. S. Eliot, uno de los grandes padres de la modernidad poética, escribió un simpático libro menor sobre su afición a los gatos: “Libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya de T. S. Eliot”, editado en 1939. Por cierto que este librito delicioso ya salió en español hace unos años con el título “El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum”, sin entrar en polémicas de traducción, no voy a ello, lo cierto es que el título primero en traducción de Juan Bonilla (El Gaviero) reproduce mejor las rimas y el tono lúdico, seminfantil, del original eliotiano, aunque no sea (como el anterior) edición bilingüe. Los divertidos gatos de Eliot (como Morgan o el perfectamente gatuno Rum Tum Tugger) nos seres a la par cotidianos y excepcionales, raros pero divertidos: “Dale faisán, te pedirá gallina./ Si estás en casa quiere irse a un hotel./ Si va al hotel añora a las vecinas…”(La zarigüeya, nombre que se da Eliot a si mismo, es un pequeño mamífero nocturno, del tamaño de una rata. Indudablemente lo ve como pobre pariente del gato.)

Pero si sorprende un Eliot gatuno, más lo hace que el ultramaldito y duro yonqui  William S. Burroughs escribiera en sus últimos tiempos (el librito salió en inglés en 1986) otro texto de prosas breves sobre amor a los gatos: “Gato encerrado”, que ha publicado El Aleph en traducción de Bruno Menéndez. Naturalmente los gatos de Burroughs son menos simpáticos que los de Eliot y  misteriosos de otro modo. También son cotidianos, pero ahora rozan a menudo lo mágico y casi lo extraterrestre. Dice Burroughs que su gato Ruski (y otros) son como criaturas que habitan entre dos dimensiones. Seres por tanto cotidianos, pero en permanente recuerdo de otra realidad que se nos escapa. Imaginamos a Burroughs, agarrado al gato, rumbo a la galaxia Andrómeda. Ambos son libros deliciosos y cortos que dejan al gatófilo que soy con sed de más. Le he preguntado a mi gata Rubí si se reconocía en lo que le leía en voz alta, de noche y a la luz de un candelabro, y me ha respondido: “El gato no ofrece ningún servicio, el gato se ofrece a si mismo”. Y luego ha añadido: ¿Te llevarías mi sillón a Hawai?

Recuerdo que alguien sabio dijo: El gato es el único animal que ha logrado domesticar al hombre. Y es verdad, a Eliot, a Burroughs y a mi mismo (perdonen la inmodestia) sólo nos aquietan los gatos. Yo charlo con Rubí –siamesa de grandes uñas- todas las madrugadas y ella me dice pestes de los obispos carcas, sus naturales enemigos. Muchos poetas hemos cantado a los gatos. Hace poco ha salido en Logroño una “Antología perruna” (Buscarini) título no muy logrado, aunque haya grandes poetas; ahora Jesús Munárriz –que me lo prometió en un tren- no tiene ya más remedio que hacer la antología gatuna. Su título podría ser: “Caseros y volanderos” o mejor “Los gatos: bondadosos y sinvergüenzas”. Todo gato es un lujo.


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