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CUARTO DE HOTEL (POEMA INÉDITO)

Entré un momento al baño

para decirle algo, no recuerdo, cualquier cosa…

Quizá si le apetecía tal o cual sitio

para almorzar comida mexicana.

Algo así, en la habitación de un hotel de Bogotá,

y me encontré a mi precioso Soto duchándose.

El agua caía dulce aplastando

su pelo, cortado a lo motilón, ala de cuervo;

el agua que volvía bruno oro la suavidad de su piel,

el agua que acariciaba mansa –en el hotel-

esos primorosos glúteos de seda;

y Sotito nada se sorprendió al verme

-estábamos juntos-

y me dijo, húmedo, sonriente, que sí

que estaba muy chévere la idea del lugar mexicano,

y ya veía yo la copa del “margarita” entre sus fuertes dedos largos,

diciéndome adentro que era hermoso, profundamente

hermoso, y que pasados sus veinte años apenas

era más que un regalo para los muchos míos,

y que algunos caprichos excesivos,

algunas tardes vacías, romas,

algunos excesos, varias noches negadas, absurdas,

o que el futuro que no o que sí, como el presente;

que todo bien valía la pena, sólo,

únicamente, por aquel momento del desnudo lustral

bajo la ducha de un hotel, en el que la hermosura,

la belleza, la dicha, el buen sentido del mundo,

todo se regalaba, fulgente,

en la mirada, en el brillo, en la sed y la confianza

de aquel muchacho perfecto, exacto,

cálido, tan real y tan irreal

que allí, aquella mañana, me sonreía luminoso,

Me sonreía, sí, exactamente.


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