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“EL CRISTO DE VELÁZQUEZ” de MIGUEL DE UNAMUNO

Creo que  de cuando en cuando (cuando  uno ama y  quiere conocer  mejor  la literatura, poesía en este caso)  viene bien leer o releer libros que te    quedaron lejos o pensabas no te pertenecían, aunque  su  calidad fuera  indudable. Eso ha  pasado -en parte a mí también- con la poesía de  Unamuno (1864-1936) que  durante tiempo se  ha  tenido por “dura”,  porqué él era un gran escritor acaso roqueño, al que  no gustó en exceso  el “trinar” modernista -menos que a Antonio Machado- y como prosista e intelectual se sentía llamado a  un nuevo modo   de lírica, aunque    el simbolismo/modernista hubiera sido muy nuevo  también. El ante todo -dicen- ensayista y narrador Unamuno, publicó   su primer libro de versos, “Poesías” en 1907. Le  gustaba el verso tradicional (romance, soneto) pero asimismo un verso  mal llamado “libre”, sin rima  habitual, pero que busca sonoridades y  ritmos diferentes. Eso ocurre en su ambicioso libro  -un largo poema en cuatro  partes- titulado “El Cristo de Velázquez”, publicado por primera vez en 1920 pero en el que  Unamuno llevaba unos diez  años trabajando, como queda claro en  una carta de 1915   a  Juan Ramón o el  hecho  de   haber leído ya  fragmentos  notorios  (“Melena”) en el Ateneo madrileño en enero de  1914. Se trata de  un espléndido poema  que partiendo del famoso  cuadro de Diego Velázquez, hoy en el Prado, y  pintado hacia 1632, pasa por ser   uno de  los crucificados más bellos, trágicos y serenos. El  tema le ofrece a Miguel de Unamuno un asidero para pensar el sentimiento y sentir el pensamiento, entorno a la  grandeza, duda y  singularidad del cristianismo, que para Unamuno será  siempre duda e íntimo combate o lucha (“agonía”). El largo poema no es complaciente y es hondo, sobre ese Cristo que es Dios, Hombre y Palabra. Un poema formalmente complejo y  nuevo  para  ese momento histórico de cambios  estilísticos y  rítmicos, partiendo  de una formidable pintura, clásica, y  superior a otros  notables Cristos que no le desagradaban  a Unamuno como “El Cristo de la sangre” (1911) de Ignacio Zuloaga. El poema es de sobria hermosura honda, siguiendo los caminos crísticos de Luis  de  León,pero para terminar en su  ensayo “La agonía del cristianismo” de 1931. Ya sabemos que el gran Unamuno -muy lejos de mi  estilo personal-  murió  en Salamanca, abatido, triste y en  liza con unos  y otros de  la malhadada guerra civil, el  31 de diciembre de 1936 con 72 años, bien gastados.  He releído  este gran poema en la edición especial del Ayuntamiento de Madrid en diciembre de  2008. Un estuche de clásicos -lo   hicieron unos años, no sé si tristemente de nuevo  se trata de  una noble costumbre abandonada- con un estudio aparte  del hispanista norteamericano Christopher Maurer (“El Cristo de Velázquez. Creación y creencia”) profesor en la Universidad de Boston.    


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