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Conversación con Thomas Bernhard. “Le gusta ser malvado?”

(Este artículo se publicó el viernes en El Cultural)

Thomas Bernhard y Peter Hamm. Trad. Miguel Sáenz. Alianza Editorial. Madrid, 2013. 99 págs.

Quienes lo conocieron, tenían al austríaco Thomas Bernhard (1931-1989) por un personaje un tanto difícil, que se empeñaba en vivir en Austria, en el pueblo de Ohlsdorf –donde su casa es hoy museo- pese a que decía detestar el país y su nacionalismo. Bernhard tuvo, sin embargo, buena amistad con un crítico alemán (hoy vicepresidente de la Academia de la lengua alemana) Peter Hamm, porque en 1957 fue el primero en ensalzar un libro de poesía de Thomas –Bernhard empezó como poeta para dejarlo poco después- que los demás críticos minimizaban. Esa amistad, y la idea de una conversación entre ambos que debía prefaciar una recopilación de artículos del austríaco, está en el origen de esta cordial conversación, ocurrida en el invierno de 1977 en la casa de Bernhard en Ohlsdorf, después de una cena con bebida y risas informales que en su actual  “Advertencia preliminar”, Hamm nos dice que debemos tener en cuenta antes de leer lo que sigue.

¿Por qué no se publicó esta charla entre dos amigos, con la presencia muda de la compañera de Hamm? Porque este dice haberla medio olvidado unos meses, y cuando al fin la mecanografía y en julio se la envía a Bernhard, recibe de este una carta, negando la publicación.  “En pocas palabras todo el texto (…) de nuestro único experimento resulta totalmente inservible y no se debe aprovechar ni una línea de él.” Ahí termina el asunto hasta que, en 2011 –fecha de la edición alemana- la editorial  Suhrkamp se interesa en él – Bernhard es ya un clásico, aunque en España parece haber decrecido su presencia, que fue importante-  y con el permiso del hermano del escritor,  se publica. Digamos de entrada (no podría ser de otra manera dadas sus circunstancias originales) que se trata  de una conversación cordial, distendida, en la que Bernhard pasa revista a parte de su historia. A lo mejor no le gustaron esos anticipos a quien estaba escribiendo una autobiografía.  Bernhard comenta que le gusta tener pocos libros en su casa, que nació en Holanda , aunque “me hice mayor en Viena”. Habla de su familia, de su pasión por su abuelo, de su gusto por viajar de tanto en tanto fuera de la claustral Austria (Portugal fue uno de sus países favoritos), de su formación musical y actoral en el Mozarteum de Salzburgo –cosas, a su decir, fundamentales, para un escritor- y luego de uno de sus narradores  preferidos, el norteamericano Thomas Wolfe, autor de una gran novela de culto, “El ángel que nos mira”. Están también el internado y el hospital, esas experiencias traumáticas y creativas para el joven Bernhard y sus inicios en la poesía.  “Había escrito  cientos de poemas o lo que se llama así, porque rima o no o porque tiene coherencia o ninguna.” Y Hamm se extraña de que, dadas las habitualmente difíciles relaciones de Bernhard con sus editores, aquel libro lo llevara personalmente a Otto  Müller, en Salzburgo (quien editó a Trakl) y este aceptara al nuevo. A partir de la mitad de la charla va saliendo el lado más difícil de Bernhard: su odio a los políticos,  su gusto por ponerse “del lado del acusado”, desde niño. Su pasión por Artaud en el teatro , contra  el aburrido Brecht (“un hijo de la gran burguesía al que le atraían los obreros”) y siempre la música y su posibilidad de ser libre en todo.  Y algunas frases bien bernhdianas: “La realidad es una construcción frágil. Miserable y casi siempre conmovedora, ¿no?” (Bernhard repite muy a menudo ese latiguillo final, “¿no?”). O:  “Pero en mi pensamiento soy muy malvado, creo. Malvado, sí. Como un concepto paterno, ¿no?” Bernhard se va acercando a lo que para el lector será un abismo, no para él. Y por ello, algo antes de terminar una conversación que suena a cordial, espontánea y sincera, Hamm ha de preguntar: “El malvado vive solo. (Rousseau)  ¿Le gusta ser malvado?”  Contestación: “Creo que hasta cierto punto sí.” Buena charla.


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