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EL CONDE TOLSTÓI, NOVELISTA Y HUMANISTA

Leyendo casi por azar un sencillo y muy bien hecho librito de biografías atribuido a Chesterton, aunque colaboran otros autores, “Carlyle, Stevenson y Tolstói. Biografías ilustradas”, que aquí ha publicado Renacimiento, me vuelvo a encontrar entre otros autores notables, con el gran Lev (o León) Tolstói. Las ilustraciones son fotos de la época. Y en la sucinta pero bien hecha semblanza biográfico-literaria del conde ruso, el ingenioso Gilbert K. Chesterton colabora con un escritor erudito y notable en la época, Edward Garnett.  Aunque no dice la fecha el libro se debió publicar hacia 1906 en Londres. Obviamente Carlyle y Stevenson ya habían muerto, pero leyendo comprendemos que Tolstói vivía aún.

Tenido con razón como uno de los grandes novelistas mundiales del siglo XIX (lo que no es poco decir) Lev Tolstói nació en Moscú en 1828 y murió en la estación ferroviaria de Astapovo -huía de su casa campestre-  en noviembre de 1910, con 82 años cumplidos.  Lev Tostói, conde de igual título desde la muerte de su padre, militar, cuando él era joven- no fue sólo un escritor muy notable (novelas y relatos) sino un hombre lleno de inquietudes sociales, humanas, religiosas -sin religión concreta- y culturales, que quiso llevar a la práctica, sobre todo en su finca familiar de Yásnaia Poliana, donde debajo de un gran árbol escuchaba paciente los problemas de los campesinos, vivía con sencillez y muchas veces, además de jugar al tenis, araba la tierra como un campesino más…

En su juventud, no mal parecido, fue militar como su padre y llevó una cierta vida disipada, viajó por Europa y regresó a Rusia a casarse (tuvo muchos hijos, aunque no todos vivieron) y a escribir en grandes cuadernos que su mujer o su hija mayor ponían en limpio, aunque a veces Tolstói volvía a corregir.  Sus primeros relatos aluden a su estancia en Sebastopol como militar, así “Relatos de Sebastopol” de 1855, que luego traslada con más ficción -es quizá su primera novela notable- a “Los cosacos” de 1863. Claro que antes Tolstói se había inaugurado con una novela biográfica que es “Infancia y juventud”, editada en 1856.  Tolstói (como Dostoyevski, pero muy distinto) traza caracteres con hondura, grandes panoramas, historias de amor o muerte y se permite notables disquisiciones de cualquier especie y brillantez. Para unos su gran novela será “Guerra y paz”, historia de una familia de la aristocracia rusa durante la guerra napoleónica, editada en 1869, aunque la mayoría consideran su obra maestra esa cuidada e ingente novela que es “Anna Karénina” de 1877, en la que conocemos que Tolstói se esmeró muy especialmente. Más conflictivas o menos unánimes, pero grandes textos, serán después “La sonata a Kreutzer” (1889), “La muerte de Iván Ilich” (1886) y la ya tardía “Resurrección” de 1899.  Y digo tardía porque para esa época, el conde Tolstói que quería renunciar a todo -su esposa Sofía trataba de contenerlo- se dedicaba ya a escribir obras espirituales o didácticas en su muy personal vía hacia el cambio de la condición del hombre. Los títulos lo dicen todo: “El Evangelio en breve”, “Qué debemos hacer”, “El Reino de Dios está en vosotros” o, entre otras, “¿Qué es el arte?”.  Vestido de mujik muy limpio, con gran cinturón de cuero y luenga barba pronto blanca, Tolstói (de aire a la vez rudo y gentil, imponente) vive su inquietud espiritual con júbilo o angustia. Era vegetariano y había dejado de fumar. En una de esas crisis en busca desesperada de acción y salvación, el viejo Tolstói murió de neumonía en una estación de tren. Cuando sus familiares llegaron ya había fallecido. Era un titán de la vida, de la gran literatura y de cierto misticismo humanista, pues dedicó sus últimos tiempos a ayudar a los demás. Aunque hacía mucho que no salía de Rusia, tenía discípulos en todo el mundo y recibía una ingente correspondencia. Un conde excéntrico para quienes no lo querían, para la mayoría era un escritor espléndido y un ser humano excepcional, dotado de una singular fuerza interior. Encontrarse con Tolstói debe ser, de cuando en cuando, una necesidad.  Para Chesterton, Tolstói es al siglo XIX lo que Voltaire fue al siglo XVIII. No es poco. Aunque la atmósfera fuera muy otra, evidentemente.


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