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«COMUNISTAS DE SALÓN»

La primera vez (me parece) que oí la expresión, que se está haciendo muy frecuente, de «comunistas de salón» fue en los años últimos de la Universidad, para referirse a personas que se declaraban comunistas, pero que «no hacían nada», o sea, no iban a manifestaciones, no formaban parte del entramado del Partido, y en consecuencia no corrían ningún riesgo. Recuerdo a amigos que se decían comunistas, pero no tenían ningún compromiso y a otros (como el director de cine, Agustín Díaz Yanes, hoy desengañado) que se comprometió, militó con riesgo y llegó a pasar tiempo en la cárcel. Unos eran «comunistas de salón» y otros comunistas de veras. Pero en aquellos tiempos el PCE -hoy prácticamente muerto, sumido en el pozo de Podemos- era un partido muy respetado, con Carrillo a la cabeza, por su militancia antifranquista y por intentar democratizar el comunismo (renunciando al absurdo de la «dictadura del proletariado») con el italiano Berlinguer. Recordemos que el hoy también desaparecido PCI, era el partido comunista más poderoso de la Europa Occidental. El «prestigio» del partido impedía las críticas al sistema comunista. Aunque los «comunistas de salón» no fueran ya sólo quienes no se arriesgaban, sino que empezaba a saberse que en los países comunistas, donde la gente vivía mal, reprimida y con muchas necesidades, algunos miembros famosos del partido podían vivir con lujo o al menos sin carencia alguna. El comunista de salón se alejaba y contradecía al comunista pobre de pie de calle. En 1993 viajé por vez primera a Cuba y vi un mundo desolador: La Habana medio en ruinas, y la gente mendigando ayudas por la calle, lo que fuera. Una amiga le dio a una señora una barra de carmín usada (advirtiéndoselo) y a la señora no le importó porque no tenía nada. Si ibas a ver a algún escritor notable, debías llevar una botella de ron (comprada con dólares en las tiendas para turistas) porque el escritor, caso del notable poeta Eliseo Diego, no tenía nada. El agua del grifo. Por eso el hombre, harto de miserias, marchó poco después a México y murió allá. Él no era un comunista de salón. Pero si entre tanta penuria y carencia, veías una casa arreglada y donde prácticamente no faltaba nada, esa era la casa de alguien del partido o que servía de escaparate al partido, como vi con el, por otro lado encantador, Pablo Armando Fernández. El comunista de salón era, ahí, el que se arrimaba al todopoderoso y único Partido y cuanto más mejor, porque mejor viviría.  Igual sucedía (menos-más) en todos los países con regímenes comunistas, que terminaron resultando un enorme fracaso. En países no comunistas -España, Chile, pongo meros ejemplos- había notorios comunistas de salón, ya entrados en edad, artístas o creadores notables a quienes la Internacional Comunista de entonces, hacía que no les faltara de nada. Posiblemente Rafael Alberti y María Teresa León, dos comunistas históricos, no vivieron con lujo (algo es algo) pero no tuvieron privaciones. En Chile, el gran poeta -y premio Nobel- Pablo Neruda corrió sus riesgos, pero desde su madurez hasta su embajada en París, vivió a un nivel alto -nada popular- incluida su hoy visitable casa en Isla Negra. Eran grandes poetas o escritores pero comunistas de salón -al menos una parte de su vida- como el alto novelista cubano Alejo Carpentier.

Hoy la gente llama -con enfado- «comunistas de salón» a políticos, intelectuales o artistas que viven con lujo, a veces gran lujo, pero se dicen comunistas y apoyan manifestaciones y causas radicales, sin cambiar su vida lujosa. Eso sí, cuando acuden a un acto de masas, se visten de proletarios. En España -aunque no es un fenómeno local- gente como Javier Bardem, que vive en una zona exclusiva de Los Ángeles (EEUU), lo menos comunista del mundo, acá viene a predicar las barricadas. A mí me parece hortera hacerse rico e irse a Miami o a Los Ángeles, pero entiendo que no pagan en España. El caso del podemita Pablo Iglesias y de su mujer (que vive a su sombra) Irene Montero, llamó la atención, por el flagrante engaño -¡ha habido tantos!- y es que apenas dos meses después de decir que vivía muy feliz en un barrio madrileño de clase media baja, se compró y se instalaron de inmediato, en un gran chalé con piscina en forma de lago y sauna, en la zona norte, la más rica de la capital, llena de millonarios en euros. Dicen que pagó 800.000.  Resultó escandaloso, este año mismo. Pero aunque ya no hablen de «casta» porque ellos son parte (y de lo peor) de esa casta antes criticada, siguen vistiendo como estudiantes rebeldes, pero ganan un dineral, muy lejos de los verdaderos proletarios y aún de la sufrida clase media… El comunista de salón (un horror) es el autoproclamado comunista y rebelde y antisistema, pero que es millonario y vive mejor que bien. No quiero comentar sino mostrar cosas que indignan. ¿Por ser comunista ha de ser pobre? No, de ningún modo. Pero debe vivir con discreción y sin lujos, por coherencia con sus votantes y su ideología. El fenómeno (amplio) de los «comunistas de salón» es -creo- una señal más, llamativa, del fracaso y el descrédito de tantos políticos (hombres y mujeres, no hay diferencia con ellas) de ahora mismo. No gustan los «comunistas de salón». Y es muy lógico. Y el Partido ya no tapa con su antiguo prestigio porque está en total ruina.


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