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Clasicismo y modernidad.

(Este artículo aparece en una guía básica del Museo Thyssen  con motivo de su 20º aniversario, coordinada desde la revista “Descubrir el Arte”.)

En los tumultuosos (en arte) principios del siglo XX, se creyó firmemente que “clasicismo” y “modernidad” eran términos enemigos. El clasicismo (más allá del orbe grecolatino) lo representaban pintores y escultores académicos, a menudo tocados de simbolismo –pienso en Bouguereau- que se solían  inspirar en los mitos griegos… Por el contrario, la modernidad o “lo moderno” (y pensaban hacer caso a Rimbaud) eran los vanguardistas en sus facetas distintas y parecidas, de Tzara a Marinetti, de Kandinsky a Modigliani, pasando por Picasso… Este tándem entre clasicismo/ modernidad duró incluso durante los años triunfales del surrealismo, aunque ya entonces hubo pintores (figurativos) que contaron con el clasicismo, no sé con qué grado de conciencia. Pienso en Paul Delvaux o en Giorgio de Chirico, sin esforzarme…

A partir de los años 40, los críticos más agudos empezaron a plantear que si cada tantos años, no muchos, debía aparecer un nuevo “ismo” (aunque fuera después del surrealismo,el “neosurrealismo”), no podía caber duda de que la modernidad se  estaba volviéndo una tradición, esto es, una forma de clasicismo. Acaso en literatura (Pound o Eliot) se percataron aún antes que en el arte, aunque no hablemos de fenómenos distintos. Desde Pound a la transvanguardia –incluso en arquitectura- se empieza a ver poco a poco, y a saltos discontínuos, que la tradición, usada con una conciencia distinta a la del siglo XIX, puede prestar muchos apoyos a la modernidad. Desde los poemas de Pound basados en los fragmentos de la lírica griega arcaíca, hasta la llamada “etapa neoclásica” de Picasso, con sus Minotauros que persiguen ninfas… No era ya muy difícil (aunque no debamos prescindir de la general sorpresa original) decir con Octavio Paz, como corolario a alguno de sus escritos, que si la vanguardia se había vuelto una tradición, sin duda la tradición –alguna forma de clasicismo- podía al revés y complementariamente, volverse una forma de la modernidad. Y en ese cruce de caminos (desde luego con más polémicas, incluso terminológicas) nos situamos en el arte más contemporáneo, desde la transvanguardia  o la postmodernidad hasta donde se quiera, que aún el camino está a ratos embrollado… Quizá lo más positivo de esta historia con menos contradicciones que las que semeja, es que toda novedad     (toda modernidad) necesita conocer la tradición, el clasicismo, hasta empaparse de él, aunque lo rompa luego o lo adore… No se ha ido hoy más adelante.


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