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CLARICE LISPECTOR, POETA

(Este artículo se publica en El Norte de Castilla)

Este año se cumplen los cien del nacimiento en un pueblo de Ucrania          -Chechelnik- de una mujer singular y rara, una auténtica joya extravagante de las letras brasileñas: Clarice Lispector, cuyo nombre ucraniano que cambió al llegar a Brasil, era Chaya. Su familia de origen judío, decidió emigrar a Brasil, donde ya tenían un familiar. Por eso, aunque ucraniana de nacimiento, Clarice llegó a Brasil con poco más de dos años, y toda su formación fue en lengua portuguesa. Mujer atractiva, de aire enigmático, y no típico de Brasil, fue amiga del poeta Lêdo Ivo, natural de Maceiò, precisamente el primer lugar de Brasil donde se asentaron antes de Pernambuco los Lispector. De aire frío, de una mentalidad extraña y conflicitiva, Clarice que se casaría con un diplomático y viviría años lejos de Brasil, es como un ser atormentado o complejo, que libera su singularidad por la escritura. Nacida en 1920 (llegó a Brasil en 1922) murió en Río de Janeiro en 1977, un día antes de cumplir 57 años. De su marido , Maury Gurgel -del que tuvo dos hijos- se había divorciado en 1959. Peculiar, flor rara en el ámbito brasileño, Clarice no es sólo una mujer y una escritora moderna, sino una total innovadora, desde su primera novela (de 1944) “Cerca del corazón salvaje”. Escribió novelas, cuentos sobre todo -muy brillantes- literatura infantil, a veces firmada con pseudónimo, y muchas colaboraciones periodísticas. Entre sus novelas suele recordarse la primera y la última, publicada poco antes de su muerte, “La hora de la estrella”. Novelas que, a menudo, son inquietantes monólogos que se cruzan.

Pero hoy nos acercamos, de la mano de Nórdica Libros, con dibujos de Elena Odriozola y traducción de Alejandro Schnetzer a una Clarice, acaso menor pero muy singular y especial: “De natura florum” es una colección de poemas florales, que Lispector publicó en un periódico  en 1971 y que luego (corregidos) pasaron a su novela “Agua viva” (1973)  Los poemas llevan nombres de flores (crisantemo, orquídea, rosa, azalea, flor de cactus) y pareciendo que las describe, lo que hace Clarice es buscarles un sentido personal, masculino o femenino y simbólico casi siempre. Los juegos o los remates inesperados son muy propios de la autora: Parece poner pegas a la orquídea pero remata: “Miento: adoro las orquídeas”.  La estrelicia es “masculina por excelencia” mientras que Azalea es también el nombre de una amiga, con tantas cualidades como la flor.  La dama de noche, oscura, sensual y de esquinas en jardines cerrados “es peligrosa”.  Por supuesto que “De natura florum” -tan bien editado- es un libro menor. Clarice era poeta de su prosa propia. Pero acaso estos poemas algo circunstanciales, pero que la autora no desechó, inciten a algunos a conocer el fascinante universo narrativo, flor oscura, de esta singularísima escritora. La bondad de un cruce, ucraniano-brasileño.


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