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CÉSAR MORO. RECUERDO DEL POETA Y MI POEMA

Desde que tuve noticias de él (en los pasados años 70) me interesó sobremanera la figura marginal y marginada del peruano César Moro, un poeta básicamente surrealista (como Oquendo de Amat ) que escribió mucho en francés, vivió en París, pero que creo su mejor poesía es la escrita en español, en buena medida en México -donde se enamoró perdidamente de un chico llamado Antonio- antes de volver a Lima, como profesor de francés en el colegio militar “Leoncio Prado”, donde Vargas Llosa fue su alumno, y algo lo evoca afectuosamente en “La ciudad y los perros” (1963).

Alfredo Quíspez Asín, que firmó siempre como César Moro, nació en Lima en 1903, y ya en los años 20 estaba en París vinculado a su modo con los surrealistas, en libros tan bellos y ardientes como “Amour à mort”.  Al filo de la 2ª Guerra Mundial, Moro -como otros surrealistas- se va a México, y allí escribe uno de sus mejores libros de poemas, siempre apasionados, como “La tortuga ecuestre”. Muere en Lima en enero de 1956. La figura de ese gran poeta homosexual, lleno de calidad y fuego, y al que en vida no hicieron demasiado caso, entre otras cosas porque incomprensiblemente Francia -ahora con una cultura muy decaída- ha hecho poco caso, muy poco, a los extranjeros que a principios del siglo XX escribieron en parte en su lengua (pienso en Huidobro o en Gangotena), tampoco se cuidó de Moro, que al volver a América debió parecer extranjerizante. Lo mucho que estudié a César Moro y aprendí de él, me llevó a escribir este poema que está en mi libro “Como a lugar extraño” de 1990.

CÉSAR MORO

Se llegaría a hablar  -como de varios otros-

de una soledad desdeñosa y altiva.

Dirían muchos (con desprecio) que se creyó un genio,

porque acaso algún día jugó a serlo,

y desde luego nunca aceptó la confusión del gremio.

Fue inevitable hablar de su afán de distancia

y dandysmo.De su penuria.De sus muy malas rachas.

De su nunca estar a gusto. Y naturalmente

(siempre alimenta eso) de sus vicios no ocultos,

y de las vanas locuras a que un obrerito le condujo.

Y es cierto que fue rey y también miserable.

Que se aupó hasta el delirio, e íntimamente supo

que no valía mucho más que cualquier otro hombre.

Que se pensó divino soñando en liquidar el “yo”,

y padeció y sufrió porque la suerte quiso,

y porque él no aceptó (aunque dudase a veces)

destinos más oscuros.Centuplicó la apuesta,

sabiendo que el “croupier” no tenía fondos,

y ansió lo más alto, lo perfecto y lo noble,

no ignorando que sólo vuela el sueño,

y de fango y basura se levanta lo otro.

Supo que era tan hondo su fracaso

que procedía de antes aún de haber nacido.

Y pese a ser sólo un raro,un huidizo,

un huraño, un hombre antipático y engreído

(sin causa) y un maricón solemne,

triste, sin futuro, y tan eufórico a ratos;

a pesar de su hermoso vacío, de su historia frustrada,

de sus palabras bellas, perdidas en el viento,

y que los siglos volverán -como éstas- perdidas;

pese a tanta extrañeza y tanto horror,

y tanto hueco negro, y sima y disfortuna

(todo cuanto no oculta el porte digno

ni el aire escrupuloso, egótico y vampírico)

escribió: “Sé que amo la vida

misma,por el olor de la vida…”

Probablemente eso (en noches, tan visible)

ese tirón tan sólo de delicia y de cieno

le apartó del derrumbe, y le otorgó valor,

dignidad, honor, resistencia y belleza. Sólo eso.

 

Recuerdo para el gran César Moro.


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