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CÉSAR GONZÁLEZ-RUANO, DE NUEVO

Sigue siendo muy extraño que un autor polémico, atractivo, con personalidad y personaje como César González-Ruano (1903-1965) no tenga aún una cabal biografía con sus no pocas luces y sus al parecer muchísimas sombras, siempre aludidas, sugeridas -más cada vez- pero nunca aclaradas nítidamente: El marqués ful, el pertinaz señorito golfo. Tantas cosas de rara sexualidad o de delitos (con arte al menos) en el París ocupado por los nazis, que Ruano vivió  -y pisó la cárcel- en el único tiempo de su vida en que no se dedicó a la literatura. Porque César fue periodista esencial, renovador del artículo como género, pero además poeta, novelista y sobre todo autor de memorias, diarios  y semblanzas que son, acaso, lo mejor de su obra en líneas generales: “Caras, caretas y carotas” o “Mi medio siglo se confiesa a medias”.  César González-Ruano fue un prosista notable en la crónica y un personaje que llenó una época (antes y después de la Guerra Civil) y que no ha dejado de despertar interés y curiosidad. No es un grande, pero sí un inquietante muy notable. Marino Gómez-Santos, viejo  periodista hoy, que de joven fue amigo de Cela y de César en el Café Gijón, publica en Renacimiento “César González-Ruano en blanco y negro”, un libro ameno y lleno de anécdotas, pero donde tampoco se atreve -sólo insinúa-  las sombras singulares de Ruano. César corresponsal en Berlín y en Roma, aventurero en París con el pintor Viola, bohemio en el Sitges de postguerra, escritor de fibra que llega, sigue llegando mucho. González-Ruano merece que se lo investigue más y sin prejuicios. En otros países ya se habría hecho. El libro de Gómez-Santos no llena. Deja con ganas de mucho más. Pero es necesario, muy necesario, porque no hay mucho donde escoger: “De la moral (dice el autor del libro) hizo (César) una esterilla para limpiarse los pies”. No sería mal inicio.


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