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CÉSAR BORGIA, ENTRE AYER Y AHORA

No hace aún muchos años, el cine español se atrevió con un tema tan difícil como nuestro: la familia Borgia (o Borja) de origen valenciano y una de las cumbres –altas o bajas aún está por dirimir- del mejor Renacimiento italiano. Del mejor Renacimiento. En la película –demasiado superficial, temo que ya casi olvidada- “Los Borgia” de Antonio Hernández, el papel de César lo hacía (creíble por juventud y braveza) Sergio Peris Mencheta, que tampoco podía sacar de donde no había. Por cierto notable en aquel momento y también ahora desaparecido hasta donde me alcanza… Hubo después una serie televisiva británica, “Los Borgia” de Mark Ryder. El papel de César resultaba muy atractivo.

Pasé buena parta de un antiguo mes de agosto dando cuenta del tomazo de José Catalán Deus –madrileño de 1949, del que siento no haber leído nada más- “El príncipe del Renacimiento. Vida y leyenda de César Borgia” (Debate). No es una novela, es más no hay pizca de novelería, sino sucinta historia bien contada, comentada y cimentada.

Hablar de César Borgia (1475-1507) es hablar de su familia, pero sobre todo del papa Alejandro VI, su padre, natural de Játiva, y de su hermana, la hermosa Lucrecia, retratada por Pinturicchio en las ricas estancias vaticanas de la familia, cada vez más valoradas. ¿Fueron –como quiere la leyenda que procede de su propio tiempo- unos desalmados y facinerosos los Borgia, envenenadores, lujuriosos, nepotistas y para colmo incestusosos? Catalán Deus, analiza despacio: fueron como tantos de su tiempo, lleno de trampas y falsas amistades (como hoy), pero eso sí, donde todo se hacía más a las claras. Rodrigo Borja –luego papa- no fue el primer cardenal que tuvo hijos y queridas y que procuró situar bien y con dinero a su familia. La lujuria no era rara en la iglesia romana de aquel tiempo ilustre, donde las más célebres y elegantes cortesanas eran invitadas a las cenas papales. Algo ha perdido la gran Iglesia Católica. El gran misterio es el propio César, que murió con 31 años en campos de Viana (en el atrio de esa iglesia está enterrado) porque tanto los Reyes Católicos como el rey francés le odiaban. Culto, refinado, gran y astuto guerrero, ansioso de poder más que de sexo –aunque tuvo muchas mujeres y probablemente un romance homoerótico con el muy guapo adolescente Astorre Manfredi, señor de la conquistada Faenza- César fue cardenal, luego varias veces duque y gonfalonero mayor de los ejércitos de la Santa Sede. Todo muy normal en un tiempo saturado de vitalismo híspido. El pecado de César fue acaso su desmedida ambición y su afán tan hermoso de vivir por encima de los límites. Ayudó a sanear los maltrechos Estados Pontificios, pero como duque de Romaña, quiso además crear, en el centro de aquella Italia dividida, y por tanto débil, un estado Borgia. Eso es lo que no le perdonaron a base de panfletos y de infundios. Fue como muchos de entonces (incluso sobrellevó su sífilis, el nombre de una ninfa) pero quiso ir más lejos sin temor, de ahí su lema famoso “Aut Caesar aut nihil”: O César o nada. Hasta que lo sacaron fuera de la iglesia de Viana “para que lo pisotearan los hombres y las bestias” (¡qué obispo tan bruto ese de Calahorra!) su epitafio decía: “Aquí yace en poca tierra/ el que todo le temía,/ el que la paz y la guerra/en su mano la tenía./ ¡Oh tú, que vas a buscar/dignas cosas de loar!/ si has de alabar al más digno/ aquí para tu camino/ no cures de más andar”. Un mito de su tiempo e incluso de ahora mismo.

Esta nueva biografía tiene la virtud de decirnos que no somos mejores que entonces, sino más hipócritas, y al situar a César en su tiempo convulso, verlo como lo que fue, un hombre melancólico, audaz y extraordinario. Una clase de hombre que hoy no hay. Hay hoy arteros y avaros zorros y ratas (muchas ratas) pero leones, reales leones, casi han desaparecido…


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