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CASANOVA

Eran sus “Memorias”, esa “Histoire de ma vie” que leí

por primera vez en una edición que la antologizaba…

Hacia 1980. ¡Cuánto me apasionó el talante culto

del aventurero, su dulce galantear, sus infinitas conquistas,

su continuado atrevimiento en el amor y en la vida,

su parisino esnobismo, sus viajes contínuos, su permanente

curiosidad intelectual! ¡Cuánto lo admiré, deseando

que mi vida, en lo posible, se le pareciera! Cuerpos, libros,

rapé, buenos vinos…Me acuerdo del veneciano

que aseguraba no poder sacar los italianismos de su francés…

Pero ¿qué decir cuando llega la etapa final, los años

en el castillo de Waldstein, entre zopencos que nada saben

y ha muerto ya la famosa, la chispeante “alegría de vivir”?

¿Consuela saber que es una común estación final?

Olvidemos algunas vanas flores retóricas: Nada consuela

de la vejez, que es carroñera y odiosa. Nada consuela del

placer perdido, y uno espera morir antes que padecer…

La vejez no es bella ni dulce ni sagrada

y el viejo debe desear morir. Me lo dijo un amigo,

que también leyó a Casanova : Es muy importante

saber llegar, y más importante saber irse.

Más que cierto. En esa estación final sólo hay un cartel:

“Hermosa y dorada juventud, adiós. Amigos, nunca jamás”.

(El recuerdo de una piel sensual, la voz de un verso espléndido)


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