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Borís Pasternak, redescubierto.

(Este artículo aparece hoy en el suplemento literario de El Norte de Castilla»).

“Días únicos. Antología poética”. Trad. José Mateo y Xénia Dyakonova. Visor, Madrid. 118 págs.

Borís Pasternak (1890-1960) es un viejo conocido del lector y del espectador español, especialmente por su novela “El Doctor Zhivago” publicada en Italia –en traducción italiana- en 1957, al no poderse publicar en la Unión Soviética de entonces. La novela conoció un enorme éxito internacional y fue llevada al cine por David Lean y rodada parcialmente en las nieves de Soria. La novela  fue, muy posiblemente, la impulsora del Premio Nobel que la Academia Sueca concedió a Pasternak en 1958 y que el poeta/novelista tuvo que rechazar por presiones del Gobierno soviético. Como muchos recordarán el doctor Zhivago, además de médico es poeta, y en la novela figuran unos “Poemas a Lara” que no sólo nos recuerdan que Pasternak era poeta, sino que en su etapa final, el difícil y exquisito Pasternak,se había vuelto –con igual calidad- un autor mucho más sencillo y legible, aunque no menos cincelado…

Pasternak (hijo de un pintor célebre y de una madre música, que se exilaron al llegar la Revolución) había publicado desde 1913 con el libro “El gemelo entre las nubes”. Es un acmeísta, presto a una poesía nueva en la que lo hermético jugará un papel que conciliará muy mal con el “realismo socialista” que impondrán los soviets. Sin embargo Pasternak permaneció en Rusia al llegar la Revolución de Octubre, y perseveró, pese a las muchas etapas de silencio y vigilancia que le impusieron las autoridades comunistas, como a su amiga Ajmátova, pese a que él había sido amigo de un poeta tan del partido, de entrada, como Maiakovski. El primer gran libro de Pasternak fue “Mi hermana la vida” publicado en 1922 aunque escrito el año mismo de la Revolución, 1917. El libro gustó incluso a poetas con los que Pasternak nunca tuvo excesivo trato, como Mandelstam o Tsvetáieva, que lo elogiaron sin ambages. Como no sé ruso, no puedo decir que esta antología bilingüe de su obra entera que ahora se publica (el título “Días únicos” es el del último poema antologado, del último libro del autor) está mejor o peor traducida, pero a juzgar por el cuidado del texto español, debo colegir que se trata de una antología sucinta pero más que pulcra.  Nos permite ver la evolución de un poema harto refinado y de sensibilidad extrema, que se basa mucho en el análisis de sus sentimientos y en el uso continuo de imágenes que provienen de la naturaleza, no siempre con un hilván lógico  (“Hoy mi hermana la vida se rompe a torrentes/ contra todos en ráfaga de primavera…”) hasta los más claros y cotidianos versos finales, nunca vulgares, los del libro de 1959, “Cuando amaine” (“¿Qué hora es? ¡Qué oscuridad! Seguro, ni las dos./ Y otra vez, claro, no podré pegar un ojo…”) pasando por su etapa más dura, entre el hermetismo y el silencio impuesto, en los años 30, con algún leve paréntesis en que –durante la 2ª Guerra Mundial- se permite que el poeta hable haciéndose eco, de algún modo, del sufrimiento de su pueblo (“El hálito fragante de la patria/ barre del aire la huella invernal…”, dice en un poema de 1944). No hay duda a mi ver –aunque la antología no es larga- Pasternak, amigo de Rilke, fue un poeta del autoanálisis puro, un poeta no para muchos (aunque probablemente hable más nítido en ruso que en español) que en los años postreros de su vida, cansado de la censura y de un comunismo equivocado, quiso hacerse más asequible, sin perder altura, aunque ello –junto a las polémicas políticas- le trajera algún injusto desdén literario, como el del reconocido intransigente Nabókov que lo llegó a tildar de “Emily Dickinson en pantalones” (a lo mejor no era tan malo el improperio) pese a los elogios que recibiera en su día de uno de los padres del formalismo ruso, Roman Jakobson, que escribió sobre Pasternak en 1935.

No puede caber duda, Borís Pasternak es uno de los mejores poetas rusos del siglo XX (lo que no es poco decir) que si, de alguna manera, quiso escabullirse de una política azarosa, represiva y terrible, está claro que a la postre decidió estar más cerca del corazón de la costumbre, pensando que Lara era el nombre genérico de muchas de las mujeres que reciben poemas de amor (“Y el día dura tanto como un siglo/ y no se acaba el abrazo”) y que quieren y deben gustarlos. Artista polémico y alto, recordemos que “El Doctor Zhivago” sólo se publicó en Rusia bastantes  años después de la muerte de su autor, al borde de los 70. Merece la pena.


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