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ARTE Y LIBROS DE ARTE

(Este artículo se ha publicado en la revista Bonart)

He viajado mucho con el poeta valenciano Francisco Brines, ahora delicado y mayor. Es gran experto en pintura y como es hombre de temperamento pausado, en las visitas a los Museos (y más antes de la vacua moda de las colas) Paco solía estar hasta un cuarto de hora detenido, contemplando un lienzo. Así ocurrió en una visita al Metropolitan de Nueva York, allá en los finales 80. Yo soy más rápido en mis visitas -y adoro la pintura- pero sólo excepcionalmente estaría quince minutos inmóvil delante de un cuadro. Sin embargo Brines, terminada la visita, iba directamente a la calle, mientras que yo me demoro mucho en la librería del museo, mirando meticuloso catálogos o monografías que, a menudo, compraba. Aquella mañana del Metropolitan, yo llevaba un buen rato estudiando observador libros de arte, cuando Paco, acabada la visita, vino a recogerme. Me miró con sorna muy amistosa: ¡Ya sé cómo los novísimos hacéis los poemas!. Veis un momento el cuadro real, pero os empacháis de libros… Quizá tenía y no tenía razón. Los libros de arte muy ilustrados, los catálogos de muchas exposiciones o las mentadas y puntuales monografías, han alcanzado tal calidad técnica de reproducción y fotografía, que a menudo casi parecen sugerir (al estilo Warhol) que es más visible la imagen que el original.

Por supuesto, practico y creo que el original es insustituible, pero creo y practico asimismo, que repasar en casa un buen catálogo, bajo la luz de la lámpara, lento, meticuloso, completa y acrece la visión primera y primordial. Y ahora, en estos meses atroces del coronavirus, con los museos cerrados, los libros de arte se vuelven de primera necesidad.  Claro que, curiosamente, no ha mucho, un librero de viejo me comentaba que los grandes libros de arte, salvo notables excepciones, se venden mucho peor que años atrás. Y no parece difícil solventar lo que parece una contradicción y no lo es. Se trata de otro signo del cambio de los tiempos: Lo bueno y malo de las nuevas tecnologías. Si hoy quieres recorrer la obra completa o casi completa de Velázquez o de Dalí (que lo admiraba y se dejó el mismo bigote) se puede acudir a Internet, donde seguro está todo o casi. Internet es cómodo y ágil, en tanto que hay grandes libros de arte, magníficos, de amplio formato y un tanto incómodos de manejar. Me acuerdo, de repente, del tomo ancho sobre “El Greco” de uno de sus grandes expertos, Fernando Marías. Claro, en Internet está El Greco, pero no las apreciaciones de Marías. Es decir, si el libro de arte es sólo una colección de estampas, gana Internet, pero si hablamos de estudios con firma, sea el aludido sobre El Greco, o el anterior y básico estudio sobre Caravaggio de Roberto Longhi, el libro (por grande que sea) es insustituible.  Aprecio Internet -en su lado bueno- y valoro los libros de arte. La pintura real es lo primero, pero los libros ayudan a verla más, mejor, sin colas o multitudes vanas, y con mucho mayor detenimiento. No me cabe duda.


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