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APUNTES DE UN MES EN COLOMBIA

He estado casi todo el agosto en Colombia. Iba a ser un viaje esencialmente turístico con sólo una parada de letras en la ciudad de Pereira, pero ha sido mucho más. Colombia es un país espléndido (pese a sus problemas de violencia, que no ves pero sientes) con una gente a veces primitiva, otras muy europea y siempre con enorme fuerza interior. Si Europa es cada vez un continente más muerto, Iberoamérica está más que viva. Yo había estado ya en Colombia tres veces anteriores, pero muy lejos de esta inmersión afortunada. Visité Cartagena de Indias con mi mamá (haciendo un crucero por el Caribe, desde Miami) en el lejano verano de 1974. Recuerdo la Cartagena colonial –magnífica- y uno de los calores húmedos más duros de mi vida.  Fue una mirada corta. No volví (con algunos poetas españoles) sino en septiembre de 2003 pero sobre todo a Bogotá. Allí leí ya en la Casa Silva –donde habitó elpoeta modernista y uno de los centros de la poesía en Colombia- y no conocí por sólo meses a María Mercedes Carranza, que había sido su directora y se acababa de suicidar. Yo sabía mucho de ella por Juan Luis Panero que había sido su amigo o más que amigo y que me dejó algún libro suyo. Estuve con Darío Jaramillo Agudelo que aún era un jefazo del Banco de la República (no lo olvido, me regaló un libro de Gómez Jattin, uno de mis poetas colombianos favoritos, dedicado a él) y estuvo más amable que nunca. Con Ana Rossetti visité el pueblo de Sopó –a unos cien kilómetros de Bogotá- donde en la vieja iglesia hay una espléndida colección de siete arcángeles de factura colonial barroca, muy bellos. También estaban Giovanni Quessep y Harold Alvarado Tenorio, hombre muy culto y de excelente corazón, pero brusco y duro,por lo que bulle (y sigue en ello) de amigos y enemigos. Fue un viaje hermoso pero muy bogotano y muy literario, aunque Ana acompañaba mis huidas, pues nunca me apetece en exceso el gremio. Dos años después di un curso en la Universidad de Bogotá para graduados, pero el secreto motivo de ese viaje ideal fue encontrarme con un amor colombiano, un encantador joven de 22 años, veterinario y precioso. Son difíciles los amores de lejos y sé que Claudio está ahora en Nueva York.

Este viaje último nació de la invitación de un poeta de Pereira (en la zona cafetera) Giovanny Gómez –al que había conocido en Madrid- para participar en el Festival poético de la ciudad. Le dije que no me gustan los festivales –es verdad- y que además esa última semana de agosto debía estar ya en Madrid. Generosamente Giovanny buscó un motivo (como un prólogo al Festival) para que yo fuera a Pereira a leer poemas y a hablar antes. Me alegró mucho y se lo agradezco porque lo que vi anunciado del festival –y se lo dije- me gustó poco. Pero insisto, no me gustan los Festivales de poesía acaso porque en el pasado fui a unos cuantos. Llegué directo en avión de Madrid a Cali, una ciudad conflictiva, bella y cálida, porque quería descansar un poco y estar con mi amigo Marlon, un joven algo bohemio, pintor y dibujante excelente. Gracias Marlon, por todo, incluido el dibujo de un desnudo. A la noche de Cali me llevó Harold. Según él había sitios muy peligrosos aunque yo (inocente) no lo notara o apenas. Vi una vida de diversión, en parte gay, animada y algo antigua, como era en España, digamos hace treinta años. Muy viva, claro. Mucha belleza y bailes y mucha sensación de cosas distintas, otras voces, otros ámbitos.  De Cali fuimos en un microbús a Medellín. Se trataba no sólo de ver un paisaje fascinante, sino de encontrar a la gente colombiana que no viaja en avión. El viaje (muy cansado, muchas curvas) fue espléndido, cruzando el río Cauca, entre personajes extraños y esas piedras en los cauces como huevos de dinosaurio que decía García Márquez. Gabo era un gran narrador pero en parte –pensaba yo- el “realismo mágico” se lo pudo dar la mera observación de tierra y gentes. Resultó chocante que yo quisiera parar a tomar el té junto al río…  En Medellín (que tengo por ciudad bullente y caótica) lo mejor fue la larga velada con tragos en casa del poeta Jaime Jaramillo Escobar, poeta y hombre excelente y por ello sin vanidades hueras. Es uno de los mejores poetas colombianos. Le acompañaban dos chicos, su amigo Freddy atentísimo de 27 –Jaime tiene 83 años- y un joven despierto y muy culto, Alejandro Arias, gran conocedor de la poesía de su país, que prepara o ultima una gran tesis sobre Jaime y que me acompañó en mi último día bogotano, también visitando librerías de viejo. De Medellín a Manizales, ciudad tranquila y alta, donde tuve lecturas y charlas en la Universidad. Allí vive ahora Harold Alvarado que me atendió en su casa y me presentó encantadores amigos. El clima de Manizales (por la altura) es perfecto. En Cali, Medellín y Pereira tiende a hacer calor. En auto –y con un chofer obseso sexual- fuimos de Manizales a Armenia, otra población tranquila donde leí en la Universidad  en un acto magníficamente preparado por los profesores de allá, con alumnos que habían trabajado mi poesía y mis libros bien visibles en una librería principal.  De allá, de nuevo en auto a Manizales, pasando por Pereira donde apenas nos detuvimos entonces. De nuevo la diversión y las noches largas, muy largas en Manizales. Yo salí de allí con el mismo chófer sexoadicto que me llevó a Pereira. Al Hotel de la plaza Bolívar, pero toda Colombia está llena de plazas Bolívar.  Allá me esperaban Giovanny Gómez y su mujer y parte de su equipo, muy cordial. Una charla sobre poesía como prólogo (digamos) al Festival que sería una semana más tarde y una lectura con Giovanny al otro día, en la Alianza francesa. Por gentileza de mi invitador yo era el exótico –sortijas, sombrero, largos pañuelos- protagonista. El día concluyó en la hermosa vivienda de un conocido arquitecto –amante de la poesía- en las afueras de la ciudad. De Pereira, cálida y bullente, fui en avión a Bogotá, apenas media hora, pero ocho en carro, por las curvas…

En Bogotá me atendió muy bien Pedro Alejo Gómez (de vago aire valleinclanesco) director de la Casa Silva ahora e hijo de un gran narrador colombiano, Pedro Gómez Valderrama a quien yo había conocido en Madrid. También otro poeta mayor Eduardo Gómez que me regaló una antología suya que acababa de salir, “Ciudad antes del alba”. Me hospedaba en un precioso hotelito en La Candelaria, la parte antigua de la ciudad. Bien la lectura, presentada por un crítico conocido, Luis Fernando Afanador que estuvo inteligente. Pedro Alejo me regaló varias raras ediciones de cuentos de su padre. Luego apareció Alejandro Arias y su afán (entre otros) muy libresco. Encontramos (y compré) una traducción de Wilde hecha por uno de nuestros escritores preferidos de la Colombia secreta, Bernardo Arias Trujillo (1903-1938) autor entre otras de una hermosa novela de homosexualidad y negritud, “Risaralda”… Esto es un pobre bosquejo antes del largo avión de retorno. Colombia –que he conocido mejor- es un país lleno de fuerza y vitalismo que merece muchas bondades sin perder su esencia. Ojalá. Ahora ya puedo decir que el viaje ha sido estupendo pero que de momento callo la mitad o más aún que esa previsible mitad…


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