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ANTONIO PÉREZ

Tengo delante una muy buena reproducción de su retrato. Pero

¿debemos hablar del pintor, del oscuro rey Felipe o del personaje?

A un hombre docto le cumple todo y hasta puede querer relacionar

las partes. ¿Quién somos yo o tú para decirnos ni aprendices de docto?

Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II, retrató con esmero

a casi todos los protagonistas del drama general. A la refinada y floral

Isabel Clara Eugenia, la hija favorita del monarca, y también al joven

don  Sebastián, el rey portugués, a cuya muerte algo loca, el rey español

heredó los dominios lusitanos, él fue el primer “Rey Planeta”…

En medio de estos sones se sistro renacentista y sedas recamadas,

en  medio de un mundo solar que fue lentamente entenebreciéndose

¿qué nos dice el retrato, algo artero semeja, del secretario Antonio Pérez?

¿Y tú lo preguntas, querido, tú que amas a los excomulgados y malditos?

A mi, en realidad –seguí- me hace soñar el primer tiempo del poderoso

secretario, el que tenía un hermoso palacio en Madrid lleno de grandes

lienzos (un Correggio entre ellos) y era amigo de la princesa de Éboli…

Estaba casado, pero hay quien lo hace secretamente sodomita, por

refinado… Vamos, vamos, dijeron muchas cosas de él, casi el padre

de la “leyenda negra”, al servicio del rey francés y de aquella piraña llena

de afeites que fue Isabel de Inglaterra… Las “Relaciones” de Pérez (tanto

tiempo prohibidas en España) editadas en París,  en Ginebra o en Milán

-en español, claro- son la defensa de un hombre culto y acorralado

que (bueno es recordarlo) murió en la miseria junto al Sena frío…

Hay que saber –suena bien tu voz doctoral- que la Historia suele ser

un entramado de negruras y no ha mudado. Felipe tuvo envidia de

su hermoso hermanastro. Felipe (como todo gran poderoso) tuvo

miedo de casi todo, vivía rodeado de sombras y ciertamente (estarás

conmigo) no inventó el crimen de Estado. Antonio Pérez lo apoyó

pero él mismo pasó a ser amenazador fantasma cuando D. Juan de Austria

resultó honesto y más, casi radiante. Al enfrentarte a Antonio Pérez

-que jugó la baza de la autodefensa hasta la última estocada-

mira a un hombre elegante, de fina gorguera y ágil pluma en el

sombrero de velludo; hombre acostumbrado al lujo, a las galas y

a la mundanidad, pero no un frívolo: sus ojos de zorro lo dicen.

Es agudo, perspicaz, letrado, conoce la belleza y las triquiñuelas

del poder, por naturaleza pútrido. Dime: fue una voz contra el rey

de España, pero ¿no sería esa misma voz (pasados los siglos) una

voz idéntica en pro de la grandeza española?  Míralo así: Cierto,

enredos que dan pavor, pero también enredos que iluminan potencia.

Suene una vaga vihuela en honor del secretario de Felipe, el culto

Antonio Pérez, cuya tumba saquearon las huestes revolucionarias

de París, en 1789. El mal (o el bien) ya no tendrían escondrijo. ¿No?

“Habla la rosa de lo que amó y mató” Y el macilento, postrimero cirio.


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