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Crónica general de Don Enrique IV de Castilla

de Afrodita mercenaria

Solía el rey internarse en los bosques, solitario. No le gustaba que matasen animales salvajes. Es posible que buscase primitivismo, hordas agrestes bañándose en los ríos del otoño, brama de amor, un reino de compañeros que afilan a fuego el hacha... Todo canto triste le daba deleite, narra otro cronista. Era un hombre triste, tristemente feliz en su tristeza. Hundirse en la tristeza era dolor, pero placer ir excavando el yo, mirando más abajo, viendo facetas impensadas de la sensibilidad y de la inteligencia... No amaba a personas reales, buscaba pueblo, campesinos, putas, alegres vitalismos de cuando el cuerpo es materia de la vida... Le gustaban los salones moriscos, y la compañía de moros, lo que atraía la ira del obispo, que lanzaba truenos e hipotéticas excomuniones... Jayanes sarracenos, música de la guzla, montaraz apetito por sentirse lejos, solo, y rugir como una bestia que clama por la vida al fulgor de la luna... Acaso el rey Enrique aullaba en la alta noche... Tumbados sobre vellón merino, el guardia mahometano contaba sus lances con mujeres baratas, sus lances más tremendos con la espada y el sexo... y el rey reía. Un negro rascaba el rabel. Algo hacía el rey hurgando los senderos más agrestes de la vida... El rey Enrique era un degenerado, dictaminó el noble. Complexión sodomítica, corpachón wildeano, dijo el doctor. Quizá tuviera nostalgia de la muerte, loco y selenita. Mirándose a sí mismo encontró a muchos otros. Impotente, lujurioso, pacífico, salvaje, exquisito, morisco, el rey probablemente no sabía. Escribía páginas que no lograba entender. Por veces (como tú o como yo) Su Majestad Enrique IV, último Trastámara, decadente realeza, no lograba entender su propia letra... Dudaba, tanteaba, balbucía, gemía. No, no quiso esconderse.