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El paso de la laguna Estigia

de La muerte únicamente

A un lado del bosque -por la orilla- veía extraños fuegos y gritos espantosos. (Digo bien: Veía gritos, porque nada oía). Era el aire melancólico y sombrío. y lo cruzaban pájaros de color ceniza. No puedo decir que sufriera exactamente, era una sucesión de agobio, pesadumbre, angustia, como queriendo llorar y sintiéndote solo. Al otro lado del agua (un agua esmeraldina, profunda, portentosa) se distinguía apenas otro bosque, y una ignota claridad desconocida. A la vera del agua (sin rumor, pero móvil) había un viejo desnudo, con crespa barba blanca. Le dije: ¿Cuál es la verdad, dime; qué debí haber hecho? ¿Retirarme de todo, vivir remoto al mundo, en la paz de las sierras? ¿O arder en las batallas y zozobras, intrigar, morder ansia, escalar arduamente, herir al semejante con ponzoña enconada? ¿O simplemente entregarme a la carne, hundirme entre los cuerpos día a día mientras seca la lengua siente un vacío instante? ¿Qué debí haber hecho? ¿El poder, la soledad, el amor, el triunfo? ¿A cuál dedicarse? Y el viejo no se inmutó aunque yo temblase. Respondió: Cualquier cosa que hicieras, es lo mismo. No hay verdad aquí. Nada es verdad segura. Si buscaste el sosiego -sólo eso- y es mucho... Esta es la única verdad, siguió. Y me mostró una barca. Esta de ahora es la sola verdad de cuanto existe. Y me tendió un vaso de agua clara. Toma, añadió. Me cogió la mano. Y sentí un blando frío en los pies, al mojarme, subiéndome a su barca. Al fondo, un raro sol, como violeta y rojo, que no daba calor, parecía la sangre cuando mana.