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Madrid

Inédito, 1983

Acaso tendré que estar siempre aquí.
No moverme nunca.
Bajo el sol abrasador del estío
y la glacial ventisca de un invierno largo.
Sin apenas leyendas, ni mitos, ni mar.
Yo que desearía una villa en Luxor,
habitar las playas de Sousse mucho tiempo,
recorrer la India, instalarme en Italia,
la feliz, melancólica Italia...
Y saber que no seré allí sino un ocasional,
un remoto visitante, y que es esta inmensa
ciudad (alguno de cuyos barrios tan bien conozco)
la que me pertenecerá para siempre...
Sin apenas leyendas, ni mitos, ni mar.
Mas, con todo, tampoco me importa.
Porque la ciudad que habitamos,
con sus carencias y esplendores,
su ruindad y su orgullo,
con sus emociones y toda su fealdad,
las casas vetustas y los brillantes días,
esa ciudad, siempre nos gusta...
No es por el palacio recoleto de una esquina,
porque anduvo por acá Villamediana,
o porque en otra época (pasada)
la gente pareció feliz y absurda,
hambrienta y fulgurante.
Amas el horror y el breve fuego de tu ciudad,
porque es exactamente igual a tu vida,
exactamente (dirías mejor) como toda la vida;
un día te gusta mucho,
y la detestas, después, noventa y nueve.