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Rómulo Augustulo

de La prosa del mundo

Querido maestro: Sobre él poco sé decirle. Acaso sea Nadie como casi todos nosotros, fantasmas de fantasmas. Y la vaga idea de lo mucho que pudo ser, de un reino que ni sé si llegó a imaginar, se le diluye en sueños y en catástrofes, en días de paz y moradas raspaduras de incendio. Aquí en la torre de Nápoles contempla a menudo el mar, como si su mudanza fuera lo único continuado cierto. Y tal vez sea verdad. Los que viajan cuentan de muertos y calamidades, arcos rotos entre escoria en los que viven manadas de perros con hambre. Algunos afirman que existe alguna villa remota en Sicilia donde no saben nada o intentan no saberlo. ¿Saber? Que nada queda de lo que fuimos y que las bibliotecas y los hombres cuerdos hablan a necios, ciegos o sordos. El oro brilla sin pulir pues no se estima el pulimento, sino el lingote. Los jefes se tratan como filibusteros y todos maldicen de todos. Si hay Averno no dará abasto para tanta sanguinaria calaña. El más noble es el más cruel, el más feliz el más servil. Un cuello no vale nada y tampoco una mente. Los templos yacen saqueados y las estatuas cubiertas de grafitos vulgares u obscenos. ¿Ovidio? ¿Qué malparido es ese?, gritan quienes trafican con todo al fondo de la taberna. Sucio el mundo y sucia la vida, también las paredes están sucias como el mar y el aire, prietos de incendios y degollina. ¿Esto es el mundo? ¿Esta bazofia, esta cochiquera, este burdel sin belleza, donde todo es horror y ruido, y a unos salvajes suceden otros más áridos y peores, más ineptos y con la voz más alta y más rota? Maestro, incluso en las almenas de un castillo de olvido es arduo seguir. Nadie entiende lo que hablamos. Él sabe quien es. Quizá recuerde el día en que Orestes, su padre, le sentó en un trono de oro, junto a las viejas águilas y con el calzado bordado de pequeñas perlas. Recuerda que una mujer anciana alabó entonces su delicada belleza mientras los hérulos reían por lo bajo. Sabe que perdió el mundo como todos y que ya no es un muchacho, ni mucho menos. Lleva su propia moneda en un saquito, y a veces me dice, cuando le leo viejas historias a la luz de los candiles: ¿Esto es el mundo, Otón? ¿Esto la vida, el reino, el placer, la ceniza? ¿Para qué habré venido? Y yo no sé responder. No conozco otra respuesta que el sol y la marina. Pero sé que no bastan ni a él, ni para mí siquiera. El desconsuelo es el íntimo hábito de los que no existimos. El año 476 e incluso este opaco 511 se repetirán y repetirán toda la vida. Fantasmas entre desconchadas piedras. Fantasmas. ¿Para qué habré venido?