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La gaviota

de La prosa del mundo

Al despertarse súbitamente, en medio de la noche, sintió la presencia de Antón Pávlovich. Silencioso le preguntó: ¿por qué soñabas eso? ¿Eso? Una inmensa llanura, azotada por la nieve (una nieve resplandeciente) en la que se perdían caballos y jinetes, escitas, tártaros, cosacos, en medio de la vasta oscuridad nevada, como si no existiera nada más que un viaje hacia delante, sólo ese viaje interminable, bajo las fulgentes, magníficas ventiscas de nieve… *   *    *

El viejo poeta (oías detrás, en el cuarto pequeño, la voz fina y estridente de la diminuta hermana, charlando con las amigas, la hora del moscatel) me dijo: Soñé en la muerte. No, no era nada espantoso. Sólo –digámoslo así- era muy largo. Yo iba sentado en un avión. Muy confortablemente. Y me dormía, o me quedaba mejor en un entresueño… Las nubes se hacían y deshacían debajo. Llovía a ratos, con metálico estridor. Y al fondo, siempre alumbraba muy tenue un sol crepuscular, carmesí, sanguíneo… Entonces tuve la sensación de que aquel trayecto no tendría fin nunca. Sería infinito, casi eterno, en la bienandanza de lo nunca alcanzable. Y me pregunté (sí, eso fue de veras lo que me pregunté): ¿Dónde están las almas de los muertos? ¿Por qué no veo yo a todos los muertos?

*   *   * Benévolo y triste, hay un atardecer eterno. Desde el jardín, pensamos que dura un rato (según la estación) pero dura siempre. Se van, nos vamos, se desdibujan, se deshacen, los árboles, el regato, la niebla, los alerces… Querido Antón, todo se va. Lo que hicimos, lo que quedó a medias, la voluntad, el hueso, la bruma, el rubí del broche perdido… Somos tiempo y el tiempo es un castigo. Muy pronto no existirá este jardín, ni la finca tampoco, ni la morera que el poeta creyó cubierta de oro…¿Sabe lo único que perdurará? La nieve y la noche. La inmensa llanura con el sol más poniente, siempre más poniente, cruzada por silenciosos jinetes, que son guerreros escitas, soldados del zar, fusileros  cosacos, tártaros cubiertos de gastadas pieles… El té se habrá quedado frío, Antonsha. ¿Sabe? Bueno, por supuesto que lo sabe (¿ve qué hermoso atardecer?) esos jinetes, cualquiera de esos solitarios y remotos jinetes, somos nosotros. Siempre nosotros, querido, y no alcanzamos a oír qué dicen. Si es que algo dijesen… A mi entender son todos mudos. ¿Le sirvo?