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Familia

de La prosa del mundo

No podría compararme a ti. Aquella infancia terrible bajo los bombardeos y el atroz sinsentido de la guerra, aquella misérrima villa asediada, te llenaron de fuerza y de optimismo, es cierto, empujaron cruelmente tu vida hacia arriba, como el potente surtidor de un géiser, y aprendiste a luchar, a sobrevivir, a valerte espléndidamente por ti misma, resistiendo como un parapeto de roca viva. Supiste el valor de lo alto, lo singular de la escalada, y de aquel trágico mundo espantable y acre, derivaste, mamá, la excelencia del no caer, de no dejarte apartar, de jugar todas las cartas, pero tan sólo a los números potentes. Has sido una sólida roca de hierro y oro, y apenas la edad te ha hecho mella. No supiste lo que era retroceder ni temblar. Nunca te dio miedo la vida, y alguien mezcló en ti coraje indómito y elegancia. Yo resisto mal, carezco de empuje, y un extraño sortilegio me volvió solar hijo del pesimismo. Una educación aristocrática: ningún esfuerzo vale la pena, el medrador es miserable, y nada que no sea intrínsecamente tuyo vale el puño, la batida, cohorte de tunantes. Más que roca, me sé sangre tibia y débil, su manar pausado por el labio. Poseo un alma tísica y no sé resistir. La lucha por la vida, que en ti fue nobleza, yo la vuelvo oficio de malevos. Y más que hacer, deseo contemplar haciendo como el orientalista. Pensando –ay de mi- que el lujo se hereda (el lujo del alma) y no se pelea, como un dios con la pitón vulgar. No resistiré muchos embates, ni tengo trapío de batalla. Los daños del corazón –quién lo diría- arañan más hondo que los bombardeos franquistas. No sé luchar ni sé creer. Tiemblo, anhelo, espero y soy desesperanza. Tú supiste alargar la mano, con toda la inmensa tensión del músculo. No has conocido otra derrota que el tiempo, tan común. Yo dudo (y siempre dudé) de cualquier victoria. No valgo. Soy menesteroso, donde tú abundante. Soy noche, donde tú alba. Gato donde águila tú. Mis palacios son ocaso, los tuyos eran fulgor de cabalgadas en coraje. No llegaré a tu orilla. Desvalido, no sé ayudarte. Roca mía, ola gigante, raíz de alegría. No te alarme saber que sólo poseo cuando me es ofrecido. Amo el fulgor. Y me da miedo alcanzarlo. Miedo es mi voz. Vuelo la tuya. No aguantaré tanto. Saber caer quizá valga (de otro modo) tu temple, tu amor, tu valentía. Saber caer: ya sé, no lo has oído.