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Ciudad límite

de La prosa del mundo (segunda edición)

Vuelve, a veces, ese viento amarillo. Amarillo y denso. Es más que polvo del desierto. Una sucia intuición de trastorno, de desorden, de espeluncas abiertas... ¿Bárbaros, dicen?. ¿Otros que andarían escondidos, más acá o más allá, mirándonos?. El polvo amarillo hace casi imposible ver. Y debes recordar, así, que los tules que ondean en aquella terraza, esos tules suaves en otra atmósfera, son de exacto color violeta. Violetas tules de brisa, en la terraza de una casa que ahora –con la densidad de este viento amarillo- prácticamente resulta invisible. Un viento amarillo que incomoda a los habitantes de la ciudad. ¿Qué haríamos?. El viento del desierto se ha ido espesando, sí. Ahora es más acre. ¿Va, vuelve?. Todos somos extranjeros para el viento amarillo. Hasta los tules de la casa violeta. O ellos, quizás, especialmente.