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RODRIGO

Es enormemente bello y está seguro de su belleza,

de esa apolínea perfección morena de veinte años,

surgida de no sé qué profundo estado del Brasil

pero canónica, suave, delicada, exacta…

Alguien le ha enseñado también al muchacho

que la belleza es un alto bien cotizable (aún no sabe

que fungible además, perecedero) y él usa esas

artes con el esplendor de un hieródulo joven

observado por la azulada clemencia de su dios.

La sonsisa se abre poco a poco, como la boca y la

recatada –sólo al inicio-lengua. El dulce cuerpo se va

aproximando al tuyo con todo el fulgor de su exactitud

y a medida que te abraza va siendo más caliente, más

tuyo, más ardoroso. Unos instantes quema como esmeralda.

Pero el mensaje es muy claro: No hemos hecho sino empezar.

Si quieres, si sabes, si te lo puedes firmemente permitir,

la preciosa orquídea selvática se abrirá más y más para ti

y todo será púrpura de volcán y nada estará vetado.

Si puedes, claro. Incluso haremos un viaje a París

y cuando entres conmigo en el salón o en el comedor,

cuando brillen los diamantes en mis lóbulos, cuando

me quite el abrigo de leopardo forrado en castor

y te bese (mi dulce dueño) y sepan todos que soy tuyo,

entonces dirán de verdad: El Arte es eso, señores. No más.