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Cementerio de elefantes

de La prosa del mundo (segunda edición)

Dicen los aventureros (el tiempo es otro) que en remotas colinas del África devastada y verde, los grandes y fabulosos paquidermos hallaban un lugar retirado, un inaccesible recodo -incluso para aquellos ávidos buscadores de marfil- donde esperar tranquilos la muerte bajo el sol, lejos del mundo, cerca de nada, porque el tremendo ser, el gran ser de la vida, estaba excesivo de costras, muy cansado ya… Padre de los Orichas, Ángel precioso del Sinfín del Tiempo, hermoso Gato polar del límite del mundo, yo te pido, humildemente nosotros los cansados te pedimos, un lugar así, semejante y lejos, un apartado rincón de la maleza, la cumbre altiva de un zigurat rojizo, una caverna de amatistas húmedas detrás y aún detrás del desierto, te pedimos ( nosotros te pedimos) un lugar para descansar, un rincón sin viento ni amargura, fuera del reloj y lejos del vaivén urbano, lejos de la madre, del auto, del negocio, lejos del desenfrenado apetito de la vida, un apartado lugar donde descansar, la manta sobre la cabeza y una música delgada y oreada sin ruido, un lugar donde decir: ya llegué. Déjame estar un rato. Sólo un rato. Gracias. Llegué ya.