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Los delirios salvadores (a propósito de la poesía de Luis Antonio de Villena)

por Eduardo Mendicutti

Ser amigo de un poeta es algo parecido a convivir, por ejemplo, con alguno de los pastorcillos a los que se les aparecía la Virgen de Fátima. Yo me imagino a quienes conocían bien a Lucía, Jacinta y Francisco, aquellos chiquillos portugueses, o a Bernardette Soubirous, la vidente de Lourdes, y comprendo muy bien la mezcla de estupefacción, incredulidad, desconfianza, envidia, fascinación y complicidad que despertaría en ellos el relato, radicalmente poético (no podía ser de otra forma), que aquellas criaturas hicieran de sus experiencias sobrenaturales. Lo comprendo muy bien porque a mí me pasa algo parecido con los poetas que son amigos míos, y me pasa, sobre todo, con Luis Antonio de Villena, con quien alimento una amistad que se mantiene, fundamentalmente, en los márgenes de lo cultural, en las afueras de lo poético, en los territorios de lo vital: es una amistad de momentos siempre a salvo de cualquier tipo de corsé académico y, desde luego, academicista. Para mí, que no soy poeta, la poesía de mis amigos tiene siempre algo de intrigante revelación celestial, y en el caso de Luis Antonio de Villena, que es el poeta con el que más trato tengo, aunque sea a horas nocturnas y casquivanas y en escenarios poco propicios a los diálogos sesudos y a los tortuosos o sutiles ejercicios de introspección, la poesía – su poesía – me conduce a enigmas, intuiciones y emociones cuya simple consideración me produce muchas veces el mismo efecto que si descubriera, de pronto, que no soy hijo de mi padre y de mi madre, sino del rey de Persia y la reina de Saba, o que soy hijo, si opto por paternidades más próximas - pero no menos legendarias, inverosímiles e incluso anacrónicas -, de Ava Gardner y Mario Cabré, o de alguna miss Venezuela y el gimnasta ruso Alexei Nemov, que siempre me parecerá, recordado en sus días de esplendor, el hombre más guapo del mundo. Así de turbadora y entretenida me resulta, libro a libro, la poesía de Luis Antonio.

Debo advertir que jamás se me habría ocurrido intentar un análisis de la obra de cualquier poeta, incluido Luis Antonio de Villena. Y además es justo y necesario por mi parte manifestar que conozco sobre todo los libros de poemas que ha publicado Luis Antonio desde que soy amigo suyo (siempre nos mandamos mutua y puntualmente nuestros libros, afectuosamente dedicados), aunque desde luego tengo noticias, no sé si incompletas y deformadas (tópicas, estereotipadas), del carácter de sus primeros poemas, arrebatados de culturalismo, saturados de lujos eruditos y refinamientos verbales, empapados de visiones radiantes y anhelos sobrenaturales, y traspasados siempre, intuyo, de fe en la capacidad redentora de la Belleza. Y digo que intuyo la apuesta por la Belleza como salvación que era el motor de aquellos primeros libros, porque esa misma apuesta es lo que mueve y nutre, en definitiva, sus poemarios más recientes, los versos de Como a lugar extraño, Asuntos de delirio, Marginados, Celebración del libertino y Las herejías privadas. En todos estos poemarios cuyos títulos acabo de citar, el poeta rinde también siempre tributo, directo o indirecto, a la Belleza, aunque en muchas ocasiones, dado el fuerte y desapacible ingrediente testimonial y la dolorosa carga autobiográfica que se puede rastrear en muchos de esos poemas – o, dicho de otro modo, dado su insoslayable carácter terrenal y su proximidad a los daños que produce la vida – la apuesta se acaba fijando en los consuelos que puede proporcionar – que ojalá proporcionase – la Belleza imaginada, la Belleza soñada, la Belleza recordada, la Belleza inventada. En ese anhelo por compensar el dolor y las humillaciones de la vida, por apaciguar las heridas de la experiencia, el poeta busca a veces el calor y la armonía del artificio, deja que se le vaya la cabeza y entra, consciente y desafiante, en el vistoso y provocativo territorio del delirio. En Asuntos de delirio, como su propio título indica, hay memorables ejemplos de esa representación alucinada de anhelos disconformes, melancolías incurables y paraísos imposibles.

Cuando uno conoce a un poeta – quiero decir, cuando uno toma copas, habla de política y a veces de literatura, comenta las virtudes visibles y menos visibles de algunos jóvenes ejemplares de la noche, e intercambia cotilleos y preocupaciones personales con un poeta –, lo “ve” inevitablemente en sus poemas, siempre que esos poemas no sean herméticos hasta la desesperación. Los de Luis Antonio de Villena no lo son. Los poemas de Luis Antonio de Villena – al menos, los que mejor yo creo comprender – tienen un lado, digamos, figurativo, un componente realista de intención muchas veces testimonial – en el sentido de que quieren dejar constancia de una realidad, por lo común, desapacible, inquietante, desoladora, trágica – y hasta una vertiente narrativa, incluso teatral – en ocasiones - que los hace muy visuales, muy reconocibles como espejos del mundo en que vivimos, de la vida que nos aflige y que también, de pronto, nos reserva goces intensos, raros, efímeros. Esos poemas, evidentemente, tienen el “otro lado”: un lado hondo, una dimensión reflexiva, una cualidad enigmática, intrigante, que supongo que es el distintivo de la poesía verdadera, aquella que trasciende sus dominios formales y sus virtuosismos verbales y se adentra en los asombrosos territorios del misterio. Cuando yo leo esos poemas de Villena llenos de recuerdos de muchachos hermosos o de premoniciones de bellezas devastadas, de herejes de la decencia convencional y de las emociones consabidas, de seres anhelantes de apasionadas inconveniencias y de despojos de adoradores de placeres impertinentes, veo también la disidencia radical de Luis Antonio, la singularidad absoluta de su compasión – una compasión nada ñoña, una compasión dura e intransigente, si se me admite la paradoja –, veo la singularidad de su mirada sobre lo que le rodea y sobre sí mismo. Veo, por decirlo de una vez, su rareza.

Un joven amigo mío, búlgaro por más señas, está desde hace años fascinado por la rareza de Luis Antonio. Por su rareza exterior, quiero decir; no sé si alguna vez tuvo también ocasión de fascinarse por sus rarezas interiores... Ahora yo veo poco a ese joven amigo búlgaro, y él hace tiempo que no ve a Luis Antonio – al menos estando yo presente – y, por tanto, hace tiempo que no tengo ocasión de asistir al risueño espectáculo de mi joven amigo búlgaro encomiando los raros complementos externos de nuestro poeta: sus peinados, sus gafas, sus camisas y camisetas, sus foulards, sus sortijas... Siempre he sabido que ese chico búlgaro intuía que tanta rareza no es un simple disfraz lleno, eso sí, de personalidad y apuesta por lo diferente. Intuía que esa apuesta por lo inusual es la traducción de un espíritu disconforme, de un carácter que ha hecho del cultivo de lo distinto un camino hacia la nobleza vital, una vía de compensación orgullosa y culta de los sufrimientos con los que en algún momento tuvo que pagar el simple hecho de ser diferente. Esa apuesta por la rareza redentora, o el conflicto con la adocenada normalidad que esa apuesta provoca en la vida cotidiana, encuentra su representación poética en la composición de algunos de los más sorprendentes poemas de libros como este Asuntos de delirio. Poemas en los que lo insólito y lo delirante no es sino la representación, en términos sublimes o literalmente dramáticos, y a veces irónicos, de la necesidad de transformar en salvación las viejas condenas.

A pesar de todo lo que parece haber cambiado, en los últimos años, la “representación” externa del hombre y la mujer con los que nos cruzamos a diario en la calle, Luis Antonio de Villena quizás disfrute todavía de una cierta fama de atrevido, de inusual, de distanciado, de extravagante. Es cierto que él cultiva la diferencia y el elitismo vital, pero también lo es que eso supone, paradójicamente, un acercamiento profundo a la vida y al ser humano, puesto que es un acercamiento libre de convencionalismos y de moralismos pazguatos, reñido con cualquier gregarismo, a salvo de la corrección política y de la sumisión social. Su cacareado dandismo es, como todo dandismo fetén, una garantía de independencia de criterio y de disconformidad intelectual y emocional, y su cuidado de la rareza, tan evidente en tantos de sus poemas, un recurso para sobrevivir, para intentar la conquista de, como dice uno de sus versos, “vivir sin el daño de la vida”.

Otro de los lugares comunes en torno a Luis Antonio de Villena sería la de un hombre y un poeta entregado de tal modo al refinamiento que queda lejos de la experiencia común, de la realidad más cruda y dolorosa, incluso de la carnalidad y la sexualidad más palpable y verdadera. Pero basta con leer cualquiera de los poemas de sus últimos libros, y desde luego cualquiera de los poemas de Asuntos de delirio, para comprobar que se trata de un tópico completamente desnortado. En los poemas de los últimos libros de Luis Antonio la carnalidad está omnipresente – cierto que como representación de aspectos más hondos de la condición humana –, y esa carnalidad se ofrece en dos extremos: iluminada por el deseo, detenida por la contemplación o la añoranza de la Belleza, sublimada por la devoción – es decir, una carnalidad solar, una carnalidad llena de armonía y ligereza como en los cuadros de David Hockney, si bien con menos piscinas, aunque haberlas, haylas – o bien una carnalidad piadosamente castigada – y perdón otra vez por la aparente contradicción en los términos –, una carnalidad agrietada y oscura, como en los desnudos de Lucien Freud, o desenfocada hasta conseguir efectos desasosegantes, como las figuras humanas pintadas por Francis Bacon. En cualquier caso, en la combinación de esas dos expresiones opuestas de la “materia” humana, en su convivencia en los poemarios de Villena, reside en gran medida el efecto perturbador y provocativo de unos poemas de, por otro lado, gran intensidad lírica. Me interesa señalar, también, que la misma carnalidad, la misma potencia sexual de muchos de los poemas de los últimos libros de Luis Antonio, se detecta en su obra en prosa, en su producción narrativa, en muchos momentos singularmente cargada de sexualidad explícita no exenta, nunca, de afán indagatorio y reflexivo. Luis Antonio suele decir, cuando habla de sus novelas, que son novelas de poeta, y eso es cierto, no sólo porque se construyan, con todas sus exigencias narrativas, sobre unos cimientos poéticos en la mirada y en los recursos verbales del narrador, sino porque reflejan una absoluta coherencia con su condición de poeta: en sus temas, en sus enfoques, en su expresividad. El que todo ese culto a la Belleza, todo ese deseo insatisfecho al que conduce el aprecio de la Belleza en su plenitud, toda esa aflicción por la Belleza perdida, y todo el conflicto vital que los poemas recogen, cristalice y se desarrolle en estímulos, imágenes y situaciones homosexuales no hace sino reforzar la actitud disidente de quien opta por mantenerse, pese a todos los riesgos que ello pueda conllevar, en un lugar propio, en “lugar extraño”.

Sólo me queda por señalar que, para mí, Luis Antonio de Villena es un poeta radicalmente moderno. No en vano he citado antes, al acudir a comparaciones de la poesía de Villena con la obra de algunos artistas plásticos, a pintores inconfundiblemente modernos: Hockney, Freud, Bacon. Desde luego que podría, y quizás debería haber citado, en ese diálogos entre las artes en la obra poética de Villena, a los pintores simbolistas, esa recreación del clasicismo con intención embellecedora y sensibilidad contemporánea, pero realmente estoy convencido de que uno de los mayores atractivos de la poesía de Villena para cualquier lector de hoy es precisamente su modernidad. Y ahí creo que puede estar una de las claves para los libreros, benditos intermediarios entre autores y lectores, a la hora de promover la lectura de esta poesía. Porque la mirada del poeta sobre sí mismo y sobre el mundo es la mirada de un hombre de hoy, y el resultado de esa mirada es un retrato, interior y exterior, de lo que somos, de lo que nos rodea, de lo que ahora estamos viviendo. Incluso es muy moderno su enfoque del homoerotismo, libre siempre de corsés que pudieran reservarlo sólo para adictos, siempre más allá de todas las fronteras, en ese lugar en el que todos podemos reconocernos en todos. Por eso el lector de hoy identificará en estos poemas, sobre un fundamento clásico, muchas de las constantes temáticas y de los rasgos formales característicos de los creadores actuales, y sé que más de un nuevo lector de la poesía de Luis Antonio se sorprenderá de lo cercana que le resulta, a pesar de su aparente y cultivada rareza. A mí, desde luego, nunca deja de sorprenderme. Como si fuera una aparición, ya digo.

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