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Mi colegio

por Bernardo M. Briz

Tres veces ya no puede ser casualidad...Por tercer otoño consecutivo, Luis Antonio de Villena (1951) sacude el árbol de su biografía para dejar que caigan algunas hojas. Villena es demasiado original (y demasiado joven también) para ofrecernos un tocho de memorias al peso, y suponemos que prefiere hacerlo de este modo, aunque no nos extrañaría enterarnos de que no hay ni ruta planificada ni acaso siquiera una intención de que, al final, las partes acaben completando un todo. En los libros anteriores, el escritor madrileño daba cuenta de sus experiencias en un campamento de la OJE y en el servicio militar (Patria y sexo) y de sus felices días -más bien nocturnales- a mitad de los 70 (Los días de la noche). Y ahora, en Mi colegio, se ocupa, lógicamente, de "su" colegio; el pronombre posesivo no implicará aquí ningún tipo de afecto o cercanía, como quedará claro nada más abrir el libro y leer su subtítulo: Esplendor y tormento de un escolar adolescente. El colegio en cuestión es el de Nuestra Señora del Pilar, situado en el selecto barrio de Salamanca de la capital y regido por los maristas, muchos de los cuales eran religiosos pero no curas, llamados cuervos por ir vestidos completamente de negro. Fueron seis los años (del 62 al 68) que pasó en ese edificio neogótico el futuro escritor, letraherido ya desde su más tierna adolescencia, cuando "le insultaban al pasar (la célebre palabra abyecta) o le ponían la zancadilla entre risitas vulgares". También había algún profesor sobón, pero que nadie espere grandes truculencias: la tragedia íntima de este niño "diferente", coleccionista de rarezas y soledades, en un ambiente de nacionalcatolicismo y machismo va por otros derroteros. Fernando Savater ("mito colegial" de quien luego sería gran amigo), Luis Alberto de Cuenca e incluso un tal Aznar pasaron por aquellas aulas que conformaban un mundo cerrado y asfixiante en el que, en cierto modo, "el esteta salvó a la víctima". Villena se despidió de "aquella vida fea de bachiller pilarista" como triunfador, con un premio de poesía (que incluía la nada despreciable suma de veinticinco mil pesetas). Y pese al confesado resquemor, no se trata de una obra revanchista, sino del atinado y particular retrato de una época a partir de unas vivencias personales, que Villena aprovecha, una vez más, para seguir ofreciéndonos buena literatura.