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La poesía de Luis Antonio de Villena

por José Andújar Almansa

Al releer estos días la poesía de Luis Antonio de Villena en su conjunto, más allá de lo que había venido suponiendo la lectura puntual y aislada de sus últimas entregas, tengo la impresión de que la perspectiva global revela al lector una significación más amplia y compleja, más profunda y cohesionada de su mundo poético, donde los diferentes libros que lo integran no sólo evidencian hacia dónde querían ir, sino, y esto es más importante, hacia dónde realmente han ido.

Claro que este no es el lugar ni el momento de dar una explicación íntegra totalmente satisfactoria de ese universo poético, al menos con el detenimiento que el rigor crítico aconseja y que la importancia de su autor sin duda demanda. Por este motivo mi tarea esta noche debería limitarse a un simple trazado de frontera, a una somera incursión por ese territorio no solo literario, sino también vital que conforman los poemas de Luis Antonio.

En cualquier caso sí me gustaría comenzar afirmando algo que se desprende como pura evidencia, según ya he dicho, al considerar su obra en conjunto. Me refiero al hecho de que la poesía de Villena sea representativa desde su primer título, en 1971, de las distintas encrucijadas, de los diversos debates e itinerarios recorridos por la lírica española durante los últimos 30 años. Ocurre así desde la suntuosidad culturalista y vanguardista de Sublime Solarium (1971), Syrtes (escrito en 1972 aunque publicado en 2000) y El viaje de Bizancio (1978), que deja paso, al borde de la década siguiente, a una nueva la lectura de las diversas tradiciones poéticas preteridas por la vanguardia, y, en consonancia con esto, a una depuración lírica -y cito al propio Villena- que incluye "la apertura hacia valores hasta allí tenidos en menos: la poesía de la experiencia, el coloquialismo expresivo, la construcción más racional del poema, etc.". En este sentido el protagonismo de Luis Antonio de Villena me parece decisivo en el viaje protagonizado por la poesía española durante la década de los 80. Sobre todo por el nuevo enfoque en su obra la práctica de un culturalismo que propicia una reflexión sobre el individuo y la historia desde una perspectiva más vital y humanista, transformándose, en su caso, en una reelaboración muy personal de las tradiciones clásica y romántica, que va a producir sus mejores frutos en Hymnica (1979), Huir del invierno (1981) y La muerte únicamente (1984). Estos libros constituyen, a mi juicio, el centro mismo de su obra, su núcleo ético a la vez que estético, pues el esteticismo de Villena es siempre un esteticismo transcendido, como intentaré explicar más adelante. Los libros siguientes, desde Como a lugar extraño (1990) hasta Celebración del libertino (1998), el último hasta la fecha, suponen, en este sentido, una revisión como una profundización; modos diversos y coherentes de completar, dentro de esta última década, los caminos abiertos anteriormente por su poesía.

He señalado hace un momento el hecho de que Villena haga una recreación fértil de la tradición clásica y romántica. En realidad lo correcto sería afirmar que realiza una lectura de lo clásico desde la visión impuesta a partir del romanticismo por la modernidad. Me quedo por ello con el título empleado por el poeta para encabezar una pequeña antología en la revista Litoral en 1990: "El paganismo nuevo". Ese paganismo, no como suceso histórico distintivo, sino como talante ético, conforman de manera obligada el substrato sobre el que se asienta es recuperación de lo clásico en la poesía de Villena. El signo de ese paganismo admite distintas y variadas interpretaciones, como la que ensaya el propio Luis Antonio, dentro del último final de siglo, en torno a términos y actitudes como "mítico amor a la vida, pasión, moral abierta, apetito de belleza, o renovación (y aún destrucción) de la vida burguesa creada por el cristianismo". Se puede hablar de sentimiento de nostalgia hacia una norma de vida y de cultura que connota su sesgo de rastro sensible para buena parte de la lírica moderna, comenzando por sus orígenes románticos (Hölderlin, Leopardi, Keats, Nietzsche) y pasando por autores como Carducci, Valèry, Cavafis, hasta llegar a nuestras letras contemporáneas de la mano de Cernuda, Gil-Albert, Colinas, Brines y nuestro poeta de esta noche. De ahí esa simbólica geografía que encontramos en libros como Hymnica o Huir del invierno: la evocación del sur como emblema del deseo. La presencia de la Grecia clásica o del Magreb, no como referentes exóticos o escapistas, sino como búsqueda o reencuentro que adquiere tintes de una nostalgia más ontológica que culturalista.

En esa búsqueda de un nuevo paganismo se encontrará Villena también con otra de las tradiciones vivas de su fin de siglo, la de la literatura modernista, de la que resulta además uno de sus más atentos estudiosos y conocedores. Muchos de los más característicos iconos finiseculares: malditismo, decadentismo, esteticismo transgresor se muestran recurrentes en su obra, y, al igual que ocurriera con los autores simbolistas o modernistas, dichos temas son en realidad expresión de inquietudes espirituales, de desasosiego existencial y de búsqueda de una realidad otra. Esta actitud me parece relevante sobre todo en esa concepción del erotismo o del sentimiento amoroso que descubrimos en Villena y que lo acerca a una teoría del amor y la belleza de raíz neoplatónica. Expresiones como "metafísica de lo real", "carnalidad angélica" y "gozo de la carne psíquica", que leemos en algunos de sus poemas, nos hablan de una decidida voluntad de transcender la belleza de los cuerpos juveniles en afán de una perfección más alta. O como dice el autor en postfacio a La muerte únicamente: "Indagar en las apetencias y pasiones de la intrarrealidad, manteniendo el goce de los sentidos y la palpitación -algo falaz- de la apariencial materia [...] Mas, por supuesto, caminar hacia el interior, anhelar que se transponga el horizonte, levantar el velo". Desde este punto de vista la poesía es de por sí puro acto de reminiscencia, pues hace intuible esa verdad que se oculta tras el velo, esa realidad absoluta y distinta ante la que el mundo semeja enorme caverna platónica.

Culturalismo, vitalismo, humanismo, idealismo finalmente, representan, por tanto, una misma cosa para Villena, una misma apuesta por la intensidad frente a la heladora metáfora que el invierno despliega. Desde ese invierno y desde un norte, antítesis de todo sur, nos llega la apagada confesión del viejo Erasmo de Rótterdam en el poema titulado "El sueño del humanista". Su monólogo, uno de los más logrados de Villena en este tipo de composiciones que tanto abundan en su obra, resulta sintomático de esa visión de un culturalismo que deviene estéril cuando no se ve refrendado en la osadía de vivir lo leído, de apurar el júbilo y la belleza de lo cantado.

El fracaso final de Erasmo, atrapado en la frialdad teológica de la erudición, corre paradójicamente paralelo al de aquellos otros personajes históricos o ficticios (pienso, por ejemplo en "Gustavo Sendón" de Celebración del libertino) que pueblan los poemas de Villena y que, al cobrar orgullosa conciencia de su final, convierten su esteticismo en un desafío (personajes caídos y reflexivos como Diáguilev, Cavafis, Villamediana, Marlowe, Luis II de Baviera, cuya existencia - éstas sí- significó una entrega absoluta a la belleza, al arte, al placer o al lujo). Su lucidez frente a la derrota nos habla de esa plenitud transformada en ruina del deseo y las ilusiones, herida por el tiempo y sus desórdenes, derrotada por la mediocridad de la norma. Es la tentación de Ícaro, la biografía del fracaso que subyace en el mito del poeta moderno desde el romanticismo: "¿Caer? ¡Qué importa caer! El impulso es la vida./ Morir al acercarse al sol, tocarlo con las manos". Es el "Honor de los vencidos", por decirlo en palabras de Villena. No la claudicación ante la realidad sino conciencia lúcida de esa realidad, autoconciencia que es la enseñanza más provechosa del romanticismo. De ahí esa frivolidad de la máscara, tan villeniana, tan usual en nuestro autor, y que no es sino la expresión de aquella ironía trágica capaz de convertir al poeta en "el más desgraciado de los hombres, porque aspira con amor a la contradicción suprema": a "morir de sed junto a la fuente".

Se entenderá ahora por qué utilizaba anteriormente la expresión de esteticismo transcendido, pues en realidad en Luis Antonio de Villena el despliegue del lujo y la belleza connota siempre un rasgo de autenticidad ética, de rebeldía moral, que hace de la entrega a lo absoluto, de la existencia sin concesiones una verdad irrenunciable. Son numerosos los poemas que insisten en esa verdad heroica del poeta, textos como "En la muerte del poeta", "Honor de los vencidos" o "Paiderastein", y es sobre todo el tramo de su obra que va de La muerte únicamente a Como a un lugar extraño donde encontramos la expresión más clarificadora de aquel ideal de exigencia absoluta que el poeta identificará con la muerte. La muerte como puerta de una "diferente realidad perfecta", fuera de las imperfecciones del tiempo y sus elementales desastres, del cambio, del azar, de las ruinas de los cuerpos. Y la vida, a su vez, como lugar extraño, pues ella coexisten la imposibilidad y el dolor, la desdicha que condena al poeta, como ser anfibio, a subsistir entre la realidad y el deseo.

Que nadie interprete esta actitud como refugio en algún tipo de fe o trascendencia religiosa. Menos aún crea entender una renuncia ascética del mundo (para éstos últimos recomiendo la lectura de un poema como "Et omnia vanitas"). La muerte es aquí metáfora o símbolo de esa realidad otra, permanentemente anhelada, pero intuible tan sólo en los datos de la realidad inmediata: en el sueño del amor, en las instancias del deseo, en la hermosura juvenil, en la geografía del sur, en la poesía... A todo esto lo ha llamado Luis Antonio de Villena Belleza impura, título que reúne en 1996 el conjunto de su obra poética. Belleza impura que podría ser también belleza memorable.

José Andújar Almansa
(14-15 de octubre, 2001)