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Luis Antonio de Villena regresa a Grecia

por Luis Artigue

El tiempo avanza pero, periódicamente, la humanidad retrocede. Aún así en toda época histórica hay seres humanos a la contra, que no se pliegan ni confunden entre la manada, que no siguen por inercia los usos y criterios que les impone el momento y el espacio en el que han vivido. Son infiltrados, agitadores éticos con algo de pioneros y mucho de bohemios. Distinguirlos es como mirar el mundo desde fuera. Rescatarlos del pasado equivale a recuperar lo distinto y constructivamente transgresor que ha tenido la Historia. Recordarlos ahora bien pudiera parecerse también a imbuirnos del motor de la Historia.

Hombres dionisíacos, seres borrachos de vida que no se conforman con lo aburrido de la dominante normalidad. Seres únicos, que hacen gala de su existencia desmesurada y específica, que ahondan en el exceso frecuentemente sin saber que están abriendo nuevos caminos.

Hay quien mira el pasado con nostalgia, y hay quien observa toda la Historia con nostalgia. Quien sabe que los seres excepcionalmente vitales (llamados vividores) aparecen en todo momento, con mayor o menor fortuna, y dejan constancia apoteósica de su paso por el planeta.

Y hablando de apoteosis, hay algo de la Grecia Clásica en todos estos creativos personajes -los dandis de todos los tiempos- como también hay algo de la Grecia Clásica en toda la cultura occidental. Por eso no resulta extraño saber que, de la mano de un romano hijo de un liberto que llega por méritos propios a la nobleza, se puede hablar de todos los libertinos masculinos que en el mundo han sido como quien hace un tratado de Literatura Comparada. En todo país, en todo tiempo, ha habido muchachos griegos. Y amantes de los muchachos griegos.

Acaba de ver la luz la última novela de Luis Antonio de Villena titulada “La nave de los muchachos griegos” (Ed. Alfaguara), que viene a ser parecido a decir que el mundo, el ámbito moral que nos circunda, tiene otro instrumento para ensancharse. Se trata de una obra ecléctica –a un tiempo erudita y underground- construida en fragmentos independientes en los que está insertada una trama principal. Ésta narra la última parte de la vida de Petronio, un gobernador romano “demasiado griego”, coleccionista de libros, anillos y chicos, enamorado del ocio y el arte, hedonista escritor de la época clásica más epicúrea, hombre extravagante, “refinado vividor” como exponente de “la pureza extrema de lo masculino”.

Alrededor de esa trama y de ese personaje van insertados capítulos temporalmente aleatorios que configuran en conjunto un mundo diferente, excéntrico, alternativo; secuencias luminosas de “la vida maravillosamente brutal que sólo quiere ser vida”. Se combinan así intencionadamente, entre la parte dedicada a Petronio, anécdotas deshilachadas que tienen que ver con William Burroughs, Julián del Casal, William Beckford, Maurice Sachs, Edward Carpenter, Oscar Wilde, un mafioso caribeño que quiere poner un burdel de chicos en Barcelona, y otros. Son fragmentos insertados transgrediendo la concepción clásica de novela, subvirtiendo la dictadura lineal del tiempo, protestando contra el Orden y la Tradición tanto con la temática como con la estructura narrativa de esta obra pretendidamente diferente. “La diferencia siempre es más narrable”, escribe el autor.

Sin embargo sorprende, aún más que la estructura, la documentación meticulosa, la intertextualidad, el profundo rigor histórico y filológico al que está supeditada la imaginación formando una bella simbiosis. En medio –entre hondas reflexiones sobre lo caduco de la idea convencional de Orden y Bien, sobre la sobrevaloración de la amistad, el poder, y el placer como opción vital inteligente- impactan las escenas de erotismo homosexual explícito, crudamente lírico a veces, sin complejos ni concesiones siempre. Esos pasajes no sólo educan y amplían los valores morales y la cosmovisión de cualquier lector, sino que deleitan a los paladares más exquisitos por la atmósfera exótica y el tono repleto de contrastes, clasicista a pesar de todo, narrado con una prosa referencial, politonal y rica en recursos. El motivo común de ese erotismo es la figura del “hijo-amante”, que sirve para mostrar, desde un prisma libresco y comprometido, “el extraño fuego de lo masculino, desafiando al mundo”.

He aquí una novela transgresora, argumentada, tan diferente que destaca entre la homogeneidad narrativa imperante en el mercado actual. Una obra que defiende con inteligencia, en mi opinión, cierta heterodoxia moral muy necesaria en estos tiempos nuestros tan inclinados al pensamiento único. He aquí la literatura del Contrapoder: “El contrapoder (qué nombre se le dé no es pertinente al caso) es algo por entero necesario. Absolutamente. Una compensación , como mínimo, al desorden del orden.

Fragmentos abiertos, ventanas, puentes en esa máquina del tiempo que es “La nave de los muchachos griegos”. A quien le guste la innovación y la sorpresa, a quien eche de menos un mundo menos cuadriculado, a quien no tenga miedo de la diversidad refinada e incluso sienta que ésta enriquece la existencia y hace avanzar la civilización, le recomiendo la última novela de Luis Antonio de Villena.