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La estética disidente de un poeta pagano

por Juan Antonio González Iglesias

Leí los cuatro primeros libros de Luis Antonio de Villena cuando formaban ya un solo volumen de obras (provisionalmente) completas, a pesar de que su autor tenía poco más de treinta años. Los títulos eran espléndidos, y se ordenaban en una especie de escala que, según ascendía en la belleza, esbozaba un alto proyecto vital: Sublime solarium, El viaje a Bizancio, Hymnica y Huir del invierno. Cuando hablo de los cuatro primeros libros me refiero sólo a los de poesía. Ya entonces Villena mostraba su vocación inequívoca de escritor total, en una fuga interminable cuyo destino, me sigue pareciendo, siempre es la poesía. No hace mucho escribió: “soy —por encima de todas mis escrituras— poeta”.

Todo aquello tenía aires de irrealidad para un adolescente —ahora hablo de mí— que se disponía a ir a la universidad. No me refiero sólo a la veloz aventura de Villena (a los diecinueve años había publicado su primer libro de poesía, y a los veintiuno, el primer ensayo). Es que se mostraba distinto a los demás poetas. Hacía declaraciones sorprendentes, en las que resultaba difícil distinguir la cultura erudita de la frivolidad. Decía que Sublime solarium era un título tomado de una crónica latina medieval (sobre Abderramán II, que, viéndose cercado sin remedio, decidió morir subiendo a la terraza más alta). En un quiebro, Villena añadía que Sublime solarium también podía ser una marca de bronceador, y que así podía ser leído por quienes no comprendieran... Claro que la frivolidad era fronteriza con la provocación, y ésta con el dandysmo, del que Villena, en la estirpe de Wilde, hacía gala. Y el dandysmo está a un paso de la alta cultura. Ahora sé que la erudición es una forma de la sensualidad, y que, por tanto, aquellas dos actitudes no eran contrarias. Lo cierto es que aquella poesía no se parecía en nada a la que estudiábamos en clase. Sin embargo, el poeta dominaba y superaba los códigos complicados que nos transmitían los profesores. Ahí estaba lo desconcertante. Al mismo tiempo que en los libros, el poeta aparecía en la televisión, en la radio, en los periódicos y en las revistas (¿no apareció el poeta junto a una semidesnuda Agatha Lys en la revista La luna de Madrid?). Igual se le podía oír en Radio 2 que en Radio 3. Su voz —espectacular, teatral, radiofónica— se intercalaba entre la música clásica o entre la música alternativa. Alguna de ellas estaba escuchando yo, cuando irrumpió para celebrar (tan magníficamente que no lo he olvidado) una nueva traducción de la Eneida. Conciliaba dos adjetivos que parecían incompatibles: literario y mediático. La historia de la cultura constata que todo eso son síntomas de una época (la posmodernidad), de una década (los ochenta) o de ese cruce de ambas que en nuestra transición a la democracia vino a denominarse “movida”. La historia de la literatura señala esa mezcla de la tradición con la cultura pop como un rasgo de nuestros novísimos, en cuya nómina ampliada se inscribe Villena en calidad de joven heterodoxo. En esa fusión feliz de lo antiguo y lo rabiosamente nuevo precedieron a los novísimos los poetas de Cántico, y antes los del 27 y las vanguardias y los modernistas... Ya en el siglo I antes de Cristo los literatos más tradicionales llamaron poetae novi a Catulo y a su grupo.

Villena, eso sí, convertía todo en contemporáneo. Era un poeta con una temperatura diferente, capaz —por atenernos a lo concreto— de dedicar un libro de este modo: “Para Ángela García Arteaga, siempre / maravillosamente / contra el invierno”. Pensaba yo en la destinataria como una de sus compañeras de facultad, una amiga con la que compartía escapadas o sueños. Después supe que era su madre, cosa que, curiosamente, no contradecía el perfil general de mis suposiciones. Ese pequeño dato define muy bien a Villena. Por un lado “siempre contra el invierno” es casi un emblema moral que cifra su poesía y resume su vida. Por otro, pone ante los ojos del lector avisado a una de las protagonistas de su escritura. Protagonista intermitente, si pudiera decirse así, y creciente a medida que han ido avanzando los años y los libros.

Se perfilaba Villena como un contemplativo. Ese adjetivo, redundante para cualquier poeta auténtico, requería una precisión mayor: rayando el vértigo, aparecía como un contemplador apasionado de la belleza masculina, enamorado de los jóvenes apuestos, como lo fueron aquel Estratón o aquel Catulo a los que él entonces traducía. El homoerotismo literario singularizaba aún más al que ya era singular. Con más motivo apelaba en ese aspecto a la inmensa tradición antigua y a la minoritaria tradición moderna, invocando nombres que no voy a repetir aquí, porque a veces este asunto resulta fatigoso. Lo que cuenta es que también en esto conectaba Villena con la realidad viva, éxito difícil que los buenos poetas, por muy apartados que estén, consiguen fácilmente. Latía a la vez que su tiempo, cuando no por delante (nunca hemos de olvidar que hablamos de España). Generacionalmente, su mundo compartía espacios urbanos con los de la siguiente promoción literaria, la que se denominó “de la experiencia”: bares, discotecas, billares... Me queda la impresión, quién sabe si errónea, de que Villena destacaba por su afición a las piscinas y por una mayor presencia de los jardines dieciochescos —novísimo al fin, y modernista—, y hasta de los campus universitarios.... A pesar de tanta poesía urbana, hay en él un horacianismo constante, que añora la naturaleza y la vida en el campo y en las pequeñas ciudades. La línea general es una fuga mundi que pone su horizonte en el oriente y en el sur, es decir, en los exotismos propios de un romántico posmoderno, que vendría a ser la categoría provisional con la que podríamos describir a nuestro poeta. En el tiempo, la nostalgia es de cualquier pasado mejor —Grecia, Roma, en ocasiones la Edad Media, el XVIII, el XIX—. Es bueno recordar que estudió filología románica. Una vez le oí contar que pudo haber sido profesor. Desgranó a continuación una diatriba contra la existencia que él cree que llevan los profesores, pero no queda más remedio que lamentar el excelente —culto, ingenioso, imprevisible— profesor que ha perdido la universidad española. Quienes le han escuchado en conferencias y lecturas lo saben. A fin de cuentas, una presentación también debe contemplar lo que no es o lo que hubiera podido ser.

Se ha hablado mucho de la paganidad de Luis Antonio de Villena. Sus primeros libros se acogían a una helenidad cultural que básicamente era anterior al cristianismo. Entonces casi escribía como si fuera un griego o un romano de los que ni siquiera imaginaron lo que se les venía encima. En realidad, no eran paganos porque no sabían que lo eran. No se oponían al cristianismo. Había algo paradisíaco, edénico o adánico en esa ignorancia —ideal— de lo judío y de lo cristiano. Por algo los griegos son los jóvenes de nuestra cultura. Años después, la paganidad de Luis Antonio se vuelve efectiva. Consciente. Es la del que conoce bien el otro orden moral, emplea incluso su lenguaje. Es posterior al cristianismo. Protesta como un verdadero pagano: coexiste con los cristianos, lucha contra ellos. No obstante, hay un orden moral severísimo, que en algunos aspectos hereda la terminología cristiana. Hay pecado, pero es distinto y hasta contrario del que pretende la ortodoxia. Los libros en que cuaja esa heterodoxia son Asuntos de delirio, Celebración del libertino y Las herejías privadas. Otros títulos siguen esa vía: Poesía impura (para la completa) o Sonetos impuros (para el último avance publicado). Anticatólico, más que anticristiano, Villena se ha ido presentando como pagano, marginado, libertino, hereje, disidente, impuro... Alternativo, diríamos para resumirlo. Sólo que esas máscaras que tan rápidamente se intercambian vienen de una tradición interminable. Con disfraces diferentes ha acudido a menudo al carnaval y a la orgía dionisíaca. El Villena secreto, seducido por lo tenebroso (perversiones, satanismo...), proyecta una sombra cada vez mayor. Gradualmente se va acomodando a su nombre de infante exiliado y a su apellido de marqués nigromante. En fin: prefiere lo lunar, él, que fue tan solar.

Por tanto, nada de simplificar a un gran poeta, que tiene, como mínimo, un ritmo dual. Creo que se puede captar en el tiempo largo de esta antología. El dandy individualista cuya voz indagaba en los placeres selectos ha ido cediendo a una serie de perspectivas “sociales”. El ego ha cedido su idioma a los otros: marginados, mendigos, putas, viejos... El esteta decadente (que lo es) ha bajado de su torre para asumir un compromiso político directo. No ya en la poesía, sino en la vida. Lo hemos visto leyendo discursos en actos electorales de la izquierda que para él encarna la alternativa al orden. Afortunadamente, la poesía permite los matices infinitos de una voz extraordinariamente singular. Todo está conectado, y más en la trayectoria de un poeta. Estoy pensando en aquello que escribió Fernando Pessoa a propósito de Antonio Botto (con el homoerotismo al fondo): “no se trata de una simple cuestión de no haber nacido en el tiempo de Augusto”, porque el paganismo constituye un “acto de honestidad”. Éste es el punto en el que debe verse un asunto que se ha vuelto entre nosotros —los españoles o la mitad de ellos— más tabú que, por ejemplo, la homosexualidad. Me refiero a la propia España. O, por decirlo en términos antiguos, a la relación del poeta con su patria. Luis Antonio la ha abordado con decisión y sentimientos contrapuestos, en un poema de La muerte únicamente, “Patria mía” que soprendió en su momento a los lectores, aunque no debería hacerlo, porque era un tema ya cernudiano: “contradictoria madre... Yo que tanto anhelo renegar de ti / ... te deseo y te huyo / soy por ello, inconfundiblemente, marcadamente / privilegiadamente, Madre excelente y arisca / hijo tuyo.” Desde entonces es uno de sus temas. Tanto, que su último libro, Las herejías privadas lleva un subtítulo: Infancia y daño en un pequeño país oscurecido. Puede haber lecturas freudianas (léanse antes dos poemas de Hymnica: “Como en seno materno” y “El enigma de Edipo”). Y las lecturas psicoanalíticas pueden superponerse a las políticas, pero la valentía civil del poeta se ejerce en el lenguaje, y ahí queda.

Quizá más que ningún otro poeta contemporáneo, Luis Antonio ha cuidado los textos en prosa que acompañan a los textos poéticos (los paratextos de los teóricos). Sus prólogos y epílogos cambian constamente de nombre, y de pronto se llaman —ay— liminar o postfacio, pero siempre participan de la poesía. La anticipan, porque la capacidad de anticiparse es uno de los poderes de la belleza. En La poesía impura se suceden, casi en páginas consecutivas, el epílogo de La muerte únicamente y el prólogo de Como a lugar extraño. En aquél dice: “La imperfección es hiedra a lo perfecto”. En éste: “Pertenecemos al mundo, y no somos de él, porque ni nos cumple ni nos sacia. El mundo, la vida, es para nosotros un lugar extraño, porque existen imposibilidad y dolor, y entonces el deseo, la perfección, el anhelo de belleza, quedan, casi permanentemente, ajenos”. Varios años separan las fechas de estos dos textos, que sin embargo muestran una armonía de largo alcance. Dado que aquí no se representan, digamos que en esos prólogos y epílogos también hay poesía, pero algo, quizá el reposo, los vuelve más serenos que los poemas.

Es, como se ve, un poeta preocupado obsesivamente por iluminar su trayecto y por fijar en el tiempo los momentos de su escritura. Hasta sus famosas antologías —las colectivas— tienen, junto al interés crítico o histórico, un lado biográfico. La primera, sabiamente bautizada como Postnovisimos, incluía, bajo el nombre de Illán Paesa, inéditos de Villena Sus dos últimos libros deben verse, casi cinematográficamente como sendos flash backs. Uno en la historia. El otro, en el relato. El flash back histórico es el libro Syrtes, publicado en 2000 aunque escrito, según cuenta el poeta en su “Autorretrato con 20 años”, en 1971, entre Sublime solarium y El viaje a Bizancio. El joven Villena estudiaba chino, releía a Baudelaire, todavía no había tenido experiencias sexuales y ya se sentía decepcionado de la vida literaria. Un “viejo sabio”... “con 20 años no poco petimetrescos”. Hasta ahí, pocas sorpresas para el lector fiel, que sabe que aquel joven ya había publicado un libro y había sido incluido en aquella antología de nombre memorable: Espejo del amor y de la muerte. La sorpresa viene ante un Villena desconocido, perdido para siempre, que guarda su libro en un cajón porque se ha quedado sin editor y no sabe ni quiere buscar otro. En cambio, cuando saca el libro del cajón, lo da en una editorial nueva que lo sitúa, como si no hubieran pasado tres décadas, junto a la poesía joven y alternativa del milenio que empieza.

El flash back narrativo se remonta más en el tiempo: Las herejías privadas, libro de 2001, viene a relatar la niñez del poeta. Cubre, pues, el tiempo anterior a todo lo que hemos visto hasta ahora. La infancia, casi ausente de su poesía, se erige en obsesión central. “El que habla”, declara “es un niño adulto”, que da la mano al adulto niño que ahora es, para ahondar en lo borrado: “aceleré tanto los caballos lujosos de mi vida / que pude haber llegado más allá del olvido”. Reinventa su mundo, despojándolo de máscaras. Barrio pobre, pueblo, malos olores, orinales bajo la cama... Desliteraturizándose, se literaturiza más. Las citas de los poetas están reforzadas por otra de Sigmund Freud. No exagero si digo que el libro fue un acontecimiento en esa aldea local en que se ha convertido la literatura española. En el “Epílogo” del “Final” (Villena no dejaba de ser Villena) se anhelaba, por una vez, el término medio: “alguna vez lo ascendiste todo en exceso / (Y es bueno que muchas cosas sigan siempre elevadas) / Ahora no debieras, con simil r error, bajarlo todo en demasía”. El conjunto de la poesía de Luis Antonio de Villena, ya se ve, traza una original autobiografía literaria. Unitaria y constante (¿no están algunos poetas, y no precisamente los peores, escribiendo siempre el mismo poema?). Nunca monótona. Sus capítulos han sido hasta ahora radicalmente distintos, un mismo código genético en mutación continua. El próximo capítulo: Sonetos impuros, un libro del que sólo tenemos un anticipo, y parece retomar el camino elevado.

El hilo autobiográfico no sólo conecta los libros de poesía. También tiende puentes con las otras escrituras de Villena. La sola lista de sus traducciones o de sus ensayos bastaría como prueba: Catulo, Estratón, Cavafis, Byron, Wilde, el dandysmo, la contracultura, la estética disidente... La novela Ante el espejo dibujó una ficción que retorna como realidad en Las herejías privadas: “sueño mis lágrimas infantiles de aquel / verano de 1961, entre los cachorros naturales / de la Organización Juvenil Española”. También la poesía, aunque esto no se suele tener en cuenta, es el camino más corto entre el Villena mediático y el real. Ahora está prudentemente retirado de las televisiones, pero hubo un tiempo en que, como él mismo cuenta, era para los niños un personaje televisivo. ¿Cómo lo identificaban? Por sus gafas de llamativos colores. ¿Frivolidad otra vez? No. Otro poema de Las herejías privadas nos cuenta cómo una maestra joven le quitó “unas gafitas de sol de plástico verde, / de las que tengo un maravilloso recuerdo / porque yo apuntaba ya extravagante y coqueto”. El “sucio miedo” a los inquisidores empieza en la infancia y en los detalles más inocentes. Venganza o curación, la poesía ha ido entregando las claves de una vida.

Estas páginas pueden ser leídas de modos contrarios. Como triunfo de la vida o como crónica de un fracaso. Éste (el fracaso) es una de las categorías villenianas que suelen quedar eclipsadas por otras más deslumbrantes. Suena raro en un escritor que lleva probando el éxito durante décadas, pero quienes quieran profundizar en ello pueden acudir a su Biografía del fracaso, una suerte de autorretrato elíptico y múltiple. Crónica de un fracaso, sí. Eros y Tánatos libran en esta poesía un combate cuyo resultado sabemos de antemano, porque es un combate a muerte. En el individuo no queda otro remedio que asumir la derrota (“¡A qué extraña tensión vivimos sometidos, a qué continuo / y pertinaz desgaste, a qué lenta mutación poderosísima!”). En la especie, en la danza bulliciosa de las especies, el resultado de momento es distinto, y quién sabe si lo será para siempre, porque nada ni nadie puede con la vida: “todo dios es una exacta sucesión de muchos dioses”.

La ausencia arrasadora del amor en la escritura de Villena nos pone siempre en un borde arriesgado. No hay en él la certidumbre prodigiosa con que Quevedo se sobrepone a la muerte. Aquí (hablo del panorama, no del detalle) falta lo único que la vence: el amor. A cambio, puesto que la naturaleza aborrece el vacío, hay sobredosis de eros. Sobredosis de cuerpos, de cultura y de vida. Suelen decirnos que el término griego Eros debe traducirse por el latino Amor, pero no es cierto. Era El Deseo, como la productora de Almodóvar. Carente —mejor dicho: libre— de asideros metafísicos, ni siquiera el Villena platónico de los inicios va más allá de una trascendencia puramente literaria, aunque eso no sea poco en los tiempos que corren. Platón es para él otro poeta al que recurrir en los momentos de angustia. Crónica también del desamparo, toda esta poesía. Los cuatro primeros libros forman un extenso momento feliz, o así me lo parece cuando los veo agrupados en aquel volumen, radiante y compacto, como son los momentos felices. La inflexión llega casi como un escándalo con La muerte únicamente. La rotundidad verbal se multiplica en sus consecuencias literarias. A la sombra del manierismo se sitúa ese libro meditativo y amargo. De ahí parten los laberintos que ya hemos recorrido. Por lo demás, no hay nada nuevo o que no estuviera anunciado in nuce. “Siempre reconozco a los desamparados”, recordará en Celebración del libertino. Aunque el poeta y sus lectores fingieran olvidarlo, el Sublime solarium con el que comenzó todo no era en realidad un bronceador, sino el lugar al que subió para morir aquel rey derrotado. Y, dirá en otro libro, “si todo va mal, si al final todo es duro, / como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno. Todo estaba previsto desde el primer momento. He presentado desordenadamente una escritura que en este libro trazará de nuevo su propio orden. Volver a leerla toda junta ha sido como beber de golpe una copa excesiva. Entre los regalos intangibles que ofrece la literatura hay pocos que superen al de elegir una lista con los mejores poemas de un autor al que hemos seguido durante años. Cuando empecé a estudiar filología clásica, uno de mis compañeros —al que quise mucho— me pidió aquel primer ejemplar de la poesía de Luis Antonio de Villena. Me lo devolvió, con una pequeñas marcas hechas a lápiz: asteriscos que a mí me parecieron estrellas, para marcar sus poemas favoritos. Pasaron a ser los míos, y, veinte años después, se encuentran entre los de esta antología. Hay aquí poemas que sé de memoria y que me han demostrado la eficacia del lenguaje sobre el mundo, eso que habitualmente llamamos poesía. Los versos de Luis Antonio sirven para los viajes: “Y mientras, las carreteras desenvuelven / las alfombras azules de la madrugada”. Para el placer: “ ¿Oro tal vez? ¿Vehículos? ¿O me convierto en Mago? / De verdad no sé qué haría falta, pero cuando ayer / te volví a ver, (el cuerpo portentoso...)”. Para inaugurar el futuro: “acariciándole, susurró al oído: “Ya verás qué verano””. Y para aprender una arte de vida: “Vivir sin hacer nada y cuidar lo que no importa”. También para los ratos melancólicos, esos que fuera de la poesía se denominan depresión: “la tristeza me llena la cabeza de plomo”, dice en un poema que, por cierto, no he seleccionado. Por encima de todo es el poeta que ha ejercido una estética disidente y ha levantado un mundo distinto, donde la felicidad es posible. “La alegría del lenguaje, es nuestro único señor”. Por todo lo que he dicho es el poeta perfecto para pedir el amor verdadero: “Pido que fenezca este imperfecto mundo. /Que las ideas cobren la apariencia de cuerpos. / Que la luz sea tangible, pero que sea luz... / Nos pido a ti y a mí en la misma materia...”. Su audacia y su fuerza siguen resultando, a día de hoy, literalmente inauditas en nuestro idioma.

Juan Antonio González-Iglesias
Salamanca, octubre de 2003