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Walt Whitman en el ámbito hispánico

(Este artículo se ha publicado en francés en la revista «Europe» Octobre, 2011. Fue una petición del poeta Jacques Darras, con cierta limitación de espacio.)

En un libro en prosa muy célebre, «Españoles de tres mundos» (1949), el poeta Juan Ramón Jiménez dice: «Whitman, más americano que Poe, creo yo que vino a nosotros, los españoles todos, por Martí». Jiménez -que sería Premio Nobel en 1956- alude a los españoles de dentro y fuera de España (él se exiló cuando la guerra civil) y también a cuantos hablan y escriben español en América. En efecto, fue el gran poeta y prosista cubano José Martí, exilado en Nueva York a mediados de la decimonónica década de los ochenta, quien primero escribe en español sobre un Whitman vivo aún, lo lee y propone como ejemplo de renovación para la lírica americana. La crónica en cuestión, «Walt Whitman», se publicó  a fines de mayo de 1887 en «El Partido Liberal» de México, y está fechada en New York el 19 de abril de 1887. La misma crónica se volvió a publicar en varios periódicos de la América hispana, pero no en España hasta años después. Pues Cuba era aún colonia española, y los escritos del independentista Martí (uno de los padres del modernismo) no eran bien vistos en la metrópoli. En ella dice Martí, por ejemplo: «El lenguaje de Walt Whitman, enteramente diverso del usado hasta hoy por los poetas, corresponde, por la extrañeza y pujanza, a su cíclica poesía y a la humanidad de un continente fecundo en portentos tales, que en verdad no caben en liras ni serventesios remilgados». La crónica de Martí es magnífica (no suele faltar en las antologías de su prosa) y es la gran entrada de Whitman en el ámbito del español.

Muchos poetas del Modernismo (el parnasianismo-simbolismo en nuestra lengua) leyeron a Whitman en inglés y lo citaron como maestro. Es el caso del nicaragüense Rubén Darío -el gran poeta hispánico de la época-  quien, por ejemplo, en su famoso poema «A Roosevelt» (de «Cantos de vida y esperanza», 1905)  nota su cercanía con el yanqui: «Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,/ que habría de llegar hasta ti, Cazador…»

Esta nombradía de Whitman entre poetas de lengua española (acrecentada por la célebre «Oda a Walt Whitman» de García Lorca, de «Poeta en Nueva York», escrita en 1930) haría pensar, con cierta consecuencia, que la obra del norteamericano, su gran libro «Hojas de hierba», circulaba ya traducido para los lectores, y no era así. De todas formas la primera antología de Whitman que se publicó en español, fue también en América y aún dentro del ámbito modernista. Hablo del tomo «Poemas de Walt Whitman» que publicó en 1912, en Montevideo, el poeta uruguayo  Armando Vasseur. Este libro (varias veces reeditado) sólo contiene 83 poemas de los 389 que componen la edición completa y final de «Leaves of Grass», editada en 1892, el mismo año de la muerte de Walt.

León Felipe -poeta español del exilio en México, y que se sintió whitmaniano en su propia poesía, a menudo de tono existencial y social- publicó en México, y en 1941, su traducción del «Canto a mi mismo», también múltiples veces reeditada. A partir de ahí serán muchas (mejores o peores) las antologías de la poesía de Whitman publicadas en español,  desde la del chileno Gregorio Gasman «Saludo al mundo» (1949) hasta la muy difundida de Jorge Luis Borges «Hojas de hierba. Selección», editada en Buenos Aires en 1969 -muchos poemas se publicaron antes en revistas- por quien siempre se consideró (Borges) un devoto del poeta de Camden, sobre el que escribió algún poema espléndido…

La más amplia de las antologías whitmanianas en español -pues incluye también una parte de prosa- fue la que editó en Madrid, y en 1946, la poeta Concha Zardoya, que había sido ( aún joven entonces) lectora de español en una Universidad norteamericana:  «Walt Whitman. Obras escogidas, con un ensayo biográfico-crítico.» Zardoya traduce en su selección (como he dicho la más nutrida de todas)  150 poemas whitmanianos, entre largos y cortos… Fue un poco conocido musicólogo y poeta ecuatoriano,  Francisco Alexander, quien publicó en 1953 y en Quito – en la editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana- la primera traducción completa al español de los  389 poemas de «Hojas de Hierba». Esta magna y espléndida traducción -mucho tiempo olvidada- ha sido recientemente rescatada por la editorial española Visor, publicándola junto al texto inglés y poniendo algo al día la bibliografía que cerraba el prólogo de Alexander, ya fallecido: «Hojas de hierba», Visor, Madrid, 2006.  Este tomazo de 1133 páginas es por hoy, que yo sepa, el gran Whitman total, en español e inglés.

La suerte de Whitman en español es un tanto peculiar: Muy conocido de nombre y parcialmente desde muy antiguo, con un sinnúmero de pequeñas antologías de sus versos circulando por doquier, de México a la Patagonia, atravesando España  (recuerdo otras dos de esas muchas pequeñas antologías, «Walt Whitman, cantor de la democracia» del mexicano Miguel R. Mendoza, 1946; o «Los poemas de Calamus» del chileno Rodolfo Rojo, de 1984) su obra total era casi una incógnita guardada hasta hace muy poco en una pequeña editorial ecuatoriana. Algo así como un poeta al que todos conocen -nombradísimo- pero al que sólo parcialmente se ha leído, de la mano de León Felipe o de Borges, que evidentemente no son malas manos. Ahora ya circula (al fin) la versión completa.

Pero si empecé con Martí y con Darío (grandes poetas) debo terminar con otros dos grandes, que tanto han clamado por el nombre de Whitman entre hispanohablantes: Lorca y Borges, tan distintos, casi antípodas entre sí.  Escribe Lorca en su  famosa «Oda»: «Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,/ he dejado de ver tu barba llena de mariposas,/ ni tus hombros de pana gastados por la luna,/ ni tu voz de Apolo virginal…» (Para Lorca, Whitman es el poeta de una homosexualidad edénica, la de los bellos y rurales camaradas). Ese tema le interesaba poco a Borges, quien  en el magnífico soneto elisabetiano «Camden, 1892» -escrito en 1960- imagina a un cotidiano Whitman viejo, un hombre cualquiera, al borde de la muerte, porque el espejo divide al cantor y al individuo: «La turbia barba y la saqueada boca./ No está lejos el fin. Su voz declara:/ Casi no soy, pero mis versos ritman/ La vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.» Un nombre que nos sigue acompañando bien y  mucho.


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