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VOLVER A ALEJANDRO EL GRANDE

A mí me gustó bastante la película de Oliver Stone, “Alejandro el Grande”, que batió     -dicen en EEUU- récord de taquillas ese año, con el atractivo Colin Farrell. Era en 2004. Descubrí detrás de este filme la novela de Klaus Mann, no larga, “Alejandro” de 1928. Mientras, ciertos conservadores griegos (no sabemos si como parte de esa publicidad americana) no han cesado de asegurar que la película “Alejandro” calumnia al gran líder de la Antigüedad presentándolo como bisexual…

Echemos mano de un poquito de saber antes de volver a ver la película, o verla por vez primera. Desde luego es mucho mejor que la nada homérica, pero muy vistosa, “Troya” de Wolfgang Petersen. Espectáculo hay, porque ese ha sido siempre el pan fundamental y fundacional de Hollywood. Historia es, desde luego, otra cosa.

Es cierto que la Grecia actual, parte lógica de la Unión Europea, que se liberó del yugo otomano, sólo a mediados del siglo XIX, acepta el Imperio de Alejandro y sus seguidores –continuando la tradición bizantina –como parte de la Historia de Grecia. Pero lo recuerdo o traigo a colación porque hay dos singularidades en este hecho. Los griegos (o helenos) contemporáneos de Alejandro III de Macedonia, hijo de Filipo II y de Olimpíade u Olimpia, princesa del Epiro, no consideraban como griegos de todo derecho a los macedonios de entonces. De hecho, Alejandro se estrenó como general, a sus 18 años – en el 338 a. de C.- luchando, en la batalla de Queronea, contra la coalición griega formada por Tebas y Atenas. Para muchos griegos de la época, Macedonia impuso una dictadura militar al orbe griego. Pero cuando Alejandro y los generales que le continuaron se hicieron firmes defensores del helenismo – aunque no de la vieja democracia ateniense – los griegos, ya durante el Imperio Romano, y no poco ayudados por las leyendas fantásticas que se tejieron en torno a la figura de Alejandro – que murió en Babilonia, a los 33 años, acaso envenenado – terminaron aceptando al macedonio como parte de su historia. Y esto es curioso, porque la Grecia actual –lo vimos durante la hermosa presentación, en Atenas, de los Juegos Olímpicos de 2004 –aún excluye de su Historia casi diez siglos. Grecia – hoy, y no es buen ejemplo – no incluye en su  historia los años en que formó parte del Imperio Romano ( aunque su cultura no sufrió el menor deterioro, antes al contrario, en el Imperio Romano abundaron los helenizados y muchos escritores griegos como Luciano de Samosata, y los romanos mimaron el legado griego) ni tampoco los años –siglos – que formó parte del Imperio Otomano, de la Sublime Puerta turca, aunque el griego actual – pese a los puristas – conserve muchos elementos turcos y las costumbres del pueblo griego ( basta recorrer, aún hoy, el barrio ateniense de Plaka)  estén muy tocadas de orientalismo. Grecia, pues, ha aceptado a Alejandro Magno, pero sigue sin aceptar a romanos y turcos.

Por lo demás ( aunque la historia real de Alejandro se pobló enseguida de leyendas y magias como atestigua la “Vida de Alejandro” de Calístenes, que influyó en toda la Edad Media europea, creando un Alejandro o Alexandre fabuloso) es bien sabido que Alejandro – enterrado en Alejandría, la ciudad que fundó, donde aún el emperador Augusto llegó a ver su sepulcro, luego desaparecido – fue el más grande general de la Antigüedad, pues llevó  sus conquistas hasta la India. No en balde Plutarco, en sus “Vidas paralelas”, lo empareja con César, el romano. Alejandro soñó en los héroes de “La Ilíada”. Sabemos que durante sus conquistas llevaba con él un ejemplar de la epopeya homérica, y que a partir de la batalla de Iso, en la que venció al rey persa Darío, lo guardó en un precioso cofre que había pertenecido a los objetos privados del rey y que quedó abandonado en el campamento persa, tras la tremenda huida. Desde su primera juventud – Alejandro siempre fue joven – tuvo dos amigos íntimos, a los que honró como amantes: Clito (al que concluyó matando en Samarcanda, durante un banquete) y Hefestión, otro de sus jóvenes generales, que murió súbitamente en 324. Alejandro dedicó a Hefestión –sacándolo de la “Ilíada”- los mismos funerales que Aquiles dedicara a Patroclo. Se dice que, además, (en un amor menos griego o menos espartano) tuvo como amante a un castrado persa, Bagoas. Por supuesto hubo muchas mujeres en su vida, como Roxana, hija de una barón sogdiano, con la que se casó. Personaje excesivo y mítico, a nadie que conozca el mundo antiguo puede extrañarle la bisexualidad de Alejandro. Eso, desde luego, no es un invento de Oliver Stone. Ni siquiera de la novelista Mary Renault, la de “El muchacho persa”, que no fue en absoluto una ignorante del orbe helénico. La película es muy vistosa.

 

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