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Volver a Pompeya.

Decir que el hallazgo de las ruinas de Pompeya y Herculano, dos villas de placer, situadas cerca de Nápoles, fue uno de los grandes acontecimientos arquelógicos y artísticos de la Edad Contemporánea, no tiene nada de exageración. Es una afirmación de pura justicia. Lo que hoy sabemos sobre la vida y el arte de la Antigüedad sería acaso menos de la mitad sin Pompeya y Herculano, pues hallamos bajo las cenizas y la lava del Vesubio dos ciudades vivas, casi intactas, tanto que hasta se han conservado los grafiti –a menudo eróticos- escritos en sus paredes…

El día 24 de agosto del año 79 de nuestra era (tras unos días en que hubo temblores de tierra) el Vesubio entró en enorme erupción y cubrió de cenizas y lava aquellas dos ciudades, lugares de ocio y asueto para muchos romanos. Se calcula que, entonces, Pompeya tendría unos 20.000 habitantes fijos. Y se sabe que, al menos, 5000 de entre ellos perecieron en el primer día de la erupción. Los que se salvaron lo hicieron mayoritariamente por mar, aunque uno ilustre que tomó el sentido contrario, pereció. Plinio el Viejo, llamado también “Plinio el naturalista” se hallaba en Nápoles cuando vió explotar al Vesubio, entonces –como científico curioso- tomó un barco hacia Pompeya para saber qué ocurría. Nunca volvió.

Aquellas hermosas ciudades sepultadas fueron olvidadas muchos años. Hay que esperar hasta el siglo XVIII (cuando nace el interés por las ruinas) para que algunos piensen en Pompeya y Herculano. El futuro Carlos III de España –entonces rey de Nápoles- autorizó y patrocinó el inicio de las excavaciones que hallarían su apogeo en el siglo XIX. Herculano se encontró en 1738 y Pompeya –más importante- en 1748. El primer arqueólogo jefe fue el español Roque Joaquín de Alcubierre, aunque los métodos de excavación mejoraron con los años. Creando el “Gabinete secreto” Carlos III, de talante claramente liberal, logró salvar espléndidas piezas de escultura que los curas católicos juzgaban “obscenas”, como el fauno copulando con una cabra… Muy pronto nació un estilo, el “pompeyano”, que imitaba la decoración de los muy numerosos frescos que aparecieron en las paredes de burdeles y casas ricas… Todavía en 1943 los bombardeos aliados destruyeron casas que debieron ser reconstruidas. Pompeya con su lujo, su erotismo, su casa de iniciación a los misterios de Isis, su inmenso arte (pintura, escultura) es un tesoro inagotable. La lava preservó el vacío de los cadáveres que huían. Fue el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli el que, en 1860, sugirió llenar esos huecos con yeso, y así brotaron las imágenes que vemos hoy de los muertos.  La historia de Pompeya (no la real, la inventada) debe mucho a la novela histórica de un dandy inglés, Edward Bulwer Lytton, Lord Lytton, que publicó “Los últimos días de Pompeya” en 1834. Luego todos los artistas y escritores de Europa pasaron por esas ruinas espléndidas para ver un mundo romano voluptuoso y casi vivo e inspirarse.  El Museo del Canal de Madrid acaba de inaugurar una exposición sobre Pompeya, que abre el apetito para la que se abrirá en marzo en el British de Londres. No se puede no haber visto Pompeya. Así de simple.


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