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VIGOR DE CLÁSICOS GRECOLATINOS

Acaso varios nos hemos percatado  de que desde  que el latín y el griego han desaparecido (casi totalmente) de los planes de estudio y con ellos el mundo de las humanidades y esas literaturas a menudo fundacionales, vinculadas a tales lenguas, el interés del público lector por el mundo grecolatino, tan secretamente muchas veces añorado en toda Europa, ha crecido.  Yo lo comprobé con el éxito de mi “Biblioteca de clásicos para uso de modernos”, editada por Gredos, culta y emblemática editorial, asimismo casi desaparecida de facto. El libro trata del vigor de los clásicos grecolatinos. De ese renovado interés dan cuenta también reediciones no raras, como las que acaba de poner a la venta Alianza Editorial (Bolsillo) de dos muy distintas y distantes obras griegas: La “Historia de Roma” de Polibio y “Dafnis y Cloe” de Longo. Polibio fue un político griego que llega a Roma el año 167 antes de Cristo, al ser deportado desde Megalópolis, una ciudad del Peloponeso. Polibio fue uno de esos tantos hombres que vio, de algún modo, truncada su vida y su carrera, por los horrores de la guerra y sus secuelas. Claro que ese desastre dejó abierta la puerta a un historiador, que se interesó por la historia de Roma, en sus albores como gran potencia, y escribió su abundoso tomo, aunque sólo se conserven V libros y fragmentos del VI. Polibio es uno de los grandes historiadores  griegos (con Heródoto y Tucídides) que escribe ya en la “koiné” helenística, en una prosa eficaz, sobria, algo repetitiva en sus cláusulas, acaso monótona, que un helenista alemán de inicios del pasado siglo (Norden) tildó de “lengua cancilleresca”, es decir una lengua pulida, sabida y quizás un tanto oficial, lo que puede intuirse en el inicio de su “Historia”: “Si por acaso hubiesen omitido el elogio de la historia misma quienes con anterioridad a nosotros pusieron por escrito las empresas políticas, quizá sería necesario hacer una exhortación  para que todos acojan con disposición favorable ese tipo de obras, pues nada hay más adecuado para la instrucción del hombre que el conocimiento de las gestas pasadas.”  Historiador griego que escribe de Roma, Polibio es un magnífico autor al narrar sobrio y al indagar en las luces y abundantes sombras del corazón de la historia y  sus protagonistas. Polibio estuvo en Hispania (durante la III Guerra Púnica) junto a Escipión Emiliano, pero sabemos que pudo terminar su vida en aquella Megalópolis, abandonada obligadamente años atrás, mudando la dirección de su vivir. (La edición que comento es obra de José María Candau Morón.) Grecolatinos.

Más de tres siglos separan a Polibio de Longo, autor del siglo II de nuestra era -ya en un mundo donde rondaba el cristianismo, aunque en este texto nada haya de eso- al que se le supone natural de la isla de Lesbos, porque es en ella y en esa luminosidad mediterránea, donde sitúa sus “Pastorales”, un idilio en bella y delicada prosa  “como ofrenda a Eros, a las Ninfas y a Pan”, y que canta y cuenta el descubrimiento del amor y del sexo, por parte de una pareja de bucólicos adolescentes, Dafnis y Cloe, en la primorosa tradición de Teócrito y de Virgilio, pero con una belleza propia donde nada se cela, pero todo rebosa suaves galanura y primor.  Longo vivió con probabilidad al menos una parte del reinado de Adriano, lo que ayudaría a entender su clara exaltación pagana.  Grecolatinos. Dafnis y Cloe se aman sin pudor pero con una absoluta y trascendental inocencia. En traducción de Jorge Bergua y con prólogo de Carlos García Gual, estamos ante otra versión de este idilio pastoral que nunca ha dejado de cautivar.  En España ya hubo una antigua y bella versión (1880) de don Juan Valera, tan devoto del orbe grecolatino.. Elogiable en general, a Valera le traicionó el pudor de la época, ya que puso en femenino algunos nombres masculinos, para evitar (suprimir) esos rasgos abiertamente homosexuales, tan comunes en la otra época original. Entre las menos esperables influencias de un clásico tan delicioso como “Dafnis y Cloe”, está la novela de Yukio Mishima, “El rumor de las olas”.  Lo que a veces asustaba a los puritanos del paganismo vivo, hoy nos enternece; del modo mismo que de la historia (y más cuando se cuenta a lo grande, como en Polibio) nos asombra que los hombres necios sigamos sin aprender de ella, según quería Cicerón asimismo.  ¿No es encantador el final que Longo pone a su historia? “Dafnis y Cloe, desnudos en la cama, se abrazaban y se besaban, y se pasaron aquella noche más despiertos que lechuzas; Dafnis hizo lo que Licenion le había enseñado y entonces Cloe comprendió por vez primera que lo que había pasado en el bosque no eran más que juegos de pastores.”

 

 


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