Decadencias
Vicente Núñez, comediante y sabio
La cuidada colección malagueña “Ciudad del Paraíso” (eso sí, mal distribuida) acaba de editar una poesía reunida de Vicente Núñez con el título de “Plaza octogonal” –la tan querida plaza ochavada de su pueblo- con prólogo de Miguel Casado. No es poesía completa, pues ya se ha publicado por entero su libro póstumo “Rojo y sepia” y no sabemos si algo suelto quede por ahí, poco según su sobrina Vicenta. Falta, ello sí, por recoger cabalmente su final obra aforística (sus sofismas, sus entimemas) que le ponen al nivel de personajes y honduras como la del argentino Antonio Porchia. Por consejo de Pablo García Baena –el gran amigo de Vicente- lo incluí el año pasado, por primera vez, en mi antología del grupo “Cántico”, “El fervor y la melancolía”. Vicente Núñez (Aguilar de la Frontera, Córdoba, 1926-2002) fue un gran poeta singular y atípico, lleno de fecundas contradicciones, que en él florecían. Carlos Castilla del Pino, psiquiatra y amigo suyo, lo sabe muy bien. Por eso no terminan de entrar en Vicente Núñez, meritorio amigo Casado, ni los que lo quieren escorado a un lado ni los que lo buscan al opuesto, esa híspida y fea manía de la simplicidad española que habla de aquel pueblo cabruno que fastidiaba a Cernuda y a muchos otros… Refinado y paleto, sin apenas querer salir de su pueblo pero profundamente abierto al mundo, borracho en bares de madrugada y sentencioso como un Gracián, a menudo con más ingenio. Provocador de su condición homosexual (que le llevaba a jugar al “loqueo”) y al tiempo hondo enamorado que creía en el futuro resplandor de los cuerpos gloriosos, Vicente Núñez –recoleto y exhibido- no es un poeta de palabra clara o de soniquetes meramente andalucistas, pero tampoco es el rígido postmallarmeano que otros quieren ver –en exclusiva- sacando agua de ignotos manantiales castálicos. ¿Tan difícil resulta entender que Vicente Núñez no era ni A ni B, sino conjuntamente A y B y aún puede que otras letras más? Vicente amaba la carne, el dislate que ahonda (“Lo malo de todo borracho es que se vuelve borracha”) pero también sabía, con la magia del íntimo solitario, que la poesía abre cauces y explora caminos con distintos lenguajes. ¿Porqué sus últimos –y quizá no conclusos- “Himnos a los árboles” habrían de ser más, aunque el proyecto motor sea muy otro, que “Teselas para un mosaico”? Magnífico poeta y pensador lírico, todavía ha de subir muchos puestos en el escalafón de nuestra lírica, aunque hubo en él cierto afán de no cerrarla de no concluir del todo su obra. Pero el hombre hondo, no está reñido con el que recitaba a Bécquer haciendo “show” (“yo soy ardiente, yo soy morena”) o el que ante Carmen Romero le dijo a Octavio Paz, acentuando su punto cordobés: “Tú ere mu gueno, Octavio. Pero Pablo –García Baena- e mejó”. Octavio, que no sabía quien era aquel señor (todo ocurría en Sevilla) se quedó raramente perplejo, mientras que algunos amigos –también lo éramos de Octavio- teníamos que contener la risa. Manadero de contradicciones, opuesto a las romas batallitas literarias, amigo de sus amigos, cultísimo, hondo, sin miedo alguno a la palabra “maricón”, porque la había sufrido y domado, Vicente es un lujo de todos, que espera unas cabales obras completas. Un genio campero y cosmopolita que se gozaba del moriles, del chiste fino, del estilete a fondo y del verso suculento, sencillo o prieto: “¡El amor le resbalaba!/ Hoy vendo heridas de ayer…/¿Quién es quien amaba, quién?”
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