Decadencias
Vallejo: lenguaje y calor humano
Decir que el peruano César Vallejo (1892-1938) fue uno de los grandes poetas hispanos del siglo XX, rico en poetas de altura, debía ser ya más que un merendado tópico. Ocurre, me parece, que son muchos los que han leído a Vallejo a saltos o en cortas antologías –siempre con el espléndido soneto blanco “Me moriré en París con aguacero,/un día del cual tengo ya el recuerdo.”- cuando Vallejo necesita ser leído entero, no sólo para ver la evolución desde el tardomodernismo de “Los heraldos negros” hasta un mítico “sí mismo”, pues la final poesía de Vallejo prácticamente no admite comparación con nada, sino para calibrar, al hacerlo de cuerpo entero, la maravilla de un poeta mestizo, que vivió entre el corazón de la pura luz y el sápido corazón de la materia. La ocasión viene magnífica ahora a las manos con el sabio tomo de “Poesías completas” vallejianas que ha editado Visor –en bolsillo- en edición y con excelente estudio de Ricardo Silva-Santisteban. Es, de veras, la total poesía de Vallejo: sus libros conocidos (con el soberbio y final, “España, aparta de mi este cáliz”, hasta la casi infinidad de poemas sueltos que, desde su juventud, César Vallejo fue editando en múltiples revistas, cuando era amigo y protegido de dos grandes raros peruanos: José María Eguren y Abraham Valdelomar) Una edición, pues, bien digna de encomio. Claro que todos sabemos (más allá de su ardorosa juventud, más allá de que además de poesía, Vallejo escribiera novelas y libros de viaje, de carácter cada vez más comprometido con la izquierda revolucionaria de los años 30) que el gran Vallejo empieza en el ejercicio de impoluta y sabia vanguardia que es “Trilce” (1922) –aunque escrito en buena medida en 1919- y al final, entre una abundantísima obra en marcha, en esos poemas que a veces se han llamado “Poemas humanos” y “España, aparta de mi este cáliz”. Luego, Vallejo murió en París (con el dolor en el alma de la Guerra española) según había intuido. El Vallejo que amaron y respetaron Juan Gris, Picasso, Gerardo Diego, Vicente Huidobro, Pierre Reverdy, Tristan Tzara y Juan Larrea –que se dedicará a estudiarlo casi toda su vida, en la famosa revista “Aula Vallejo”- es el Vallejo del lenguaje y de la compasión. Un poeta en puro estado de tangencia, que en lenguaje luminoso, retorcía la sintaxis y el sentido, llamado a resplandor, con singulares constructos que sólo él ha hecho, uniendo la versatilidad del idioma con la cercanía coloquial al corazón prójimo y camarada: “Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza/ ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?” En otro poema: “Cae agua de revólveres lavados”. Sí, esta es la cosa mágica, archimágica: todo Vallejo fulgura ideas y sentidos inminentes, cercanos, y a la par Vallejo todo está henchido de una metafísica chamánica, que se vuelve lengua de tradición, saltos y volatines, sutil y honda, ingrávida y pesada benditamente de hermosos minerales… A veces, en los vaivenes y las modas de la poesía, buscamos grandes libros, altos poetas. Todos sabemos (o debiéramos saber) que son pocos, que no abunda el género, porque la poesía es don y ejercicio. Pero si ahora mismo buscas templar las manos frías en un poeta de verdad, sangre y ebriedad de poeta, no lo dudes: César Vallejo. “Quisiera hoy ser feliz de buena gana,/ser feliz y portarme frondoso de preguntas…” ¿Quién escribe desde esa fúlgura?
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