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UNA NOCHE CON PACO BRINES

Conocí a Francisco (enseguida Paco) Brines en 1971, poco después de que apareciera “Aún no”, que compré. Pero la amistad pudo ser superficial hasta 1974. Entonces salió la primera compilación de su poesía, “Ensayo de una despedida, en Plaza& Janés con amplio prólogo de Carlos Bousoño, con quien en ese momento -noches de “Oliver”- yo tenía casi más relación que con Paco. Escribí una larga reseña (apareció en “Ínsula”, “De luz, de tiempo, de palabras, de hombres. Sobre la poesía de F. B.”) y quise que él la leyera antes de dársela a José Luis Cano. Estuvimos mucho rato una tarde, en un pub cercano a Ríos Rosas; comentando el artículo. Como dato curioso retengo que el texto le gustó mucho a Paco -nuestra amistad floreció a partir de ahí mismo- pero me pidió, sólo, que no empezara con una cita de Schopenhauer. Humildemente, no le hice caso. Y nada dijo después. Esa tarde y las confesiones íntimas que nos hicimos, dieron inicio a una espléndida y honda amistad que nos llevó -porque ninguno de los dos trabajábamos- a vernos casi a diario, larguísimas e intimísimas noches durante cerca de 30 años. Mi amistad con Paco continúa exacta, nunca hemos tenido problemas (de pocos amigos puede decirse) y sólo ha ocurrido distancia geográfica, cuando Paco -después de la muerte de su madre- se mudó definitivamente a Valencia y poco después a su querida Elca, tras acondicionar esa casa, que inicialmente fue casa de verano. Sé por testigo, mil historias con Paco pero le prometí -y ahí están mis memorias- que en vida de él no las contaría, porque prefiere lo discreto. Y la promesa sigue.

A la casa madrileña de Paco (un piso alto) íbamos casi siempre por otros motivos. Pero alguna vez nos quedamos un rato conversando y Paco me mostraba poemas -inéditos- o libros. Vi el manuscrito original de “Heraklés” de nuestro amigo Juan Gil-Albert, antes de que se publicara, porque Paco hizo las gestiones. Me mostró muchas fotos de su famoso verano en Grecia (a principio de los 60) y muchos de sus libros inéditos anteriores a “Las brasas”, con no poco sabor juanrramoniano. Paco me confesó que tiraría esos libros, que no los quería conservar por prematuros, pero no sé si lo habrá hecho. Y me mostró también (con más detalle) poemas de diversos ciclos que no había querido editar. Recuerdo “El umbral de Oliver” -de la época de “Aún no”- acaso en exceso explícito. Pero al mostrarme otros más antiguos, apareció “Anécdotas en la tumba de Dante Alighieri” que reproduciré al final. El poema con Byron en la tumba de Dante en Rávena, me gustó mucho y le dije a Paco que debía publicarlo. Me contestó (era hacia 1979) que no cabía en lo que estaba haciendo. Pero me dijo: Te prometo que el día que publique ese poema te lo dedico. Pasó mucho tiempo, y yo nunca le dije nada; pero Abelardo Linares, editor y amigo de Paco, le pidió algo singular y entonces, expurgando entre los inéditos de atrás, Paco formó el tomito “Poemas excluidos” que se editó en 1985. En ese librito -y sin que yo recordara- iba el poema de Dante y Byron, y estaba dedicado a mí. Luego (para otras obras completas) me pidió que escogiera otro poema “mejor” para dedicarme y elegí, “Versos épicos” de “Palabras a la oscuridad”.

Ahora Paco -viejo ya, delicado, muy delicado- se rodea de amigos valencianos que o aún no existían en mi época o que eran menos íntimos amigos de lo que ahora pregonan. Esto pasa mucho en el mundillo de la literatura. Sólo añadiré (antes del poema “excluido”) que cuando yo empecé a ser muy amigo de Brines, sus grandes, grandes amigos, eran José Olivio Jiménez (a quien me presentó Paco) y Carlos Bousoño, con quien al fin se impuso una involuntaria lejanía. Esos fueron los grandes amigos de Paco, ya fallecidos. Luego -sobre todo en el plano de la intimidad- vinimos Abelardo Linares y yo mismo. Basta por ahora. Este es el poema reencontrado una noche lejanísima:

“ANÉCDOTAS EN LA TUMBA DE DANTE ALIGHIERI

Para Luis Antonio de Villena

(En Ravenna Lord Byron visitó, en uniforme de gran gala, la                         tumba de Dante).

 

En Ravenna, Lord Byron

amó a Teresa Guiccioli, condesa.

Turistas soñadores visitan el palacio.

 

Un poeta español, de ávidos ojos,

recorre la ciudad;

junto a la tumba de Alighieri

un árbol hay, y un gato en él,

y dulce criatura acariciándolo.

“Oh, Teresa, ¿me esperas?” “¡Espera, Beatriz!”

Ah, miseria del tiempo: no hay condesas,

y desviada está naturaleza.

La estancia fracasó:

ya en el andén, y en tierna despedida,

don Juan obtuvo un beso repentino.

 

Bajo los senos de Teresa Guiccioli, condesa,

un gato de piel fina se adormece;

debajo de otro pecho, tan plebeyo,

siete sacan sus uñas.

 

¡Adiós, adiós!, ya me voy, sin remedio;

pienso desconsolado: acaso,

vistiendo el uniforme de gran gala,

pudo llevarse Byron a Inglaterra

al pequeño Vittorio.”

 

(Gracias por tanto, querido Paco.)


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