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TUMBA DE MURASAKI SHIKIBU (poema inédito)

Como todas las tumbas japonesas es sencilla y elegante y en

la estela de piedra sólo se usan caracteres chinos, porque el

japonés solemne se escribe con “kanyi”, ideogramas chinos…

Sin embargo, en ese rincón de la dulce Kioto, hoy, es en verdad

difícil que esté la señora Murasaki, dama de remota Corte,

cuando la ciudad era Heian, sede del emperador y sus mil protocolos.

Murió el año 1016 de nuestra era, y su mundo no existe hace mucho.

Lo conocemos por múltiples diarios de aquellas más que refinadas

damas cortesanas y por la “Novela del príncipe Genji”, un hombre

seductor y hermoso. No es el tiempo en que el amor llegaba

a través de billetes de escritura-yerba o del timbre de voz

filtrada por cortina de seda. Hacer un poema sobre la vida, tan

fugaz como el rocío, no está al uso. Ni palpar la calidad de un brocado

ni entregarse mientras la nieve cae en un mundo remoto, donde la

belleza (difícil sentirlo hoy) era una categoría. Será cierto que tras

los muros de aquellos frágiles palacios, con el sonar del gong y de la

música del puro hilo, habría senderos apestados de enfermedad y

barro. La humanidad siempre ha sido espantosa. Si no nos fijamos

en los millones de desdichados sin culpa, no es por desdén o desprecio,

sino porque dentro del desastre del hombre, sólo el arte salva y redime.

Y Murasaki (aquí diz que enterrada) ya no es la mujer con el negro cabello

muy largo ni la señora de los amplios kimonos con las anchas mangas

violeta. Es el arte de Genji, el príncipe radiante, y esa leve tumba de piedra

que nos dice: El polvo en las alas de la libélula, los peces dorados del

estanque… ¡Qué bello cuanto escapa y huye! Amigo, quédate conmigo,

medita en las garzas y en la nieve! Lo bello sólo no es fugaz en nuestra

mente. La hierba que crece en las raíces de crisantemos en rojo tormenta.

 


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